La Pasión de Muhammad Ali
Entré al gimnasio de la colonia Roma con el corazón latiéndome como tambor de lucha libre. El olor a sudor rancio mezclado con linimento Vick y cuero de costales me golpeó de lleno, neta que me prendía. Yo, Karla, 28 años, profesionista de día en una oficina pendeja del centro, pero de noche, guerrera en el ring. Hacía meses que boxeaba para soltar el estrés, y ese día, el lugar estaba más vivo que nunca. Golpes secos retumbaban contra las bolsas, ¡thud thud!, y el aire vibraba con gritos de "¡Dale, cabrón!".
Ahí lo vi. Alto, moreno, músculos tallados como si Dios hubiera usado un cincel afilado. Se movía por el ring como un fantasma danzante, esquivando golpes con esa gracia felina que solo los grandes tienen. Órale, pensé, parece sacado de un video viejo. Sus compañeros lo llamaban "Ali", por Muhammad Ali, el más grande. Yo me quedé clavada, sintiendo un calor subirme por las piernas mientras lo observaba saltar cuerda, el sudor chorreándole por el pecho lampiño, brillando bajo las luces fluorescentes.
¿Y si me acerco? Neta que se ve chido, pero ¿y si es un mamón? No, Karla, tú puedes con esto. Imagínate esos brazos envolviéndote...
Me puse los guantes, empecé con el costal. Cada jab era para él, imaginándolo frente a mí. De reojo, noté que me veía. Sonrió, esa sonrisa pícara que dice "te voy a comer con los ojos". Terminó su ronda y se acercó, toalla al cuello, oliendo a hombre puro, a testosterona y esfuerzo.
"¿Qué onda, jefa? ¿Quieres sparring?" dijo con voz grave, ronca como gravel de cantina. Se llamaba Marco, pero todos lo conocían como El Ali. Nació en Iztapalapa, pero su estilo era puro Muhammad: rápido, poético, letal.
"¡Claro, wey! Pero no me des chance," le contesté, guiñando el ojo. Subimos al ring. Sus ojos cafés me taladraban, y cuando nos tocamos guantes, sentí la electricidad. ¡Pam! Empezó el baile. Él esquivaba mis hooks, yo bloqueaba sus uppercuts. Sudábamos como locos, el ring olía a nosotros dos, a deseo crudo. Cada roce de brazos era fuego, cada mirada un reto. "¡Eres buena, carnala!" gritó entre risas, y yo sentí mi panocha humedecerse con el impacto de sus palabras.
Al bajar, exhaustos, me ofreció agua de su botella. Nuestros labios casi se rozan al beber. "¿Vienes seguido? Mañana hay función de La Pasión de Muhammad Ali, un docu en el cine de la Condesa. Sobre el carnal ese, el boxeador." Su aliento cálido en mi oreja. La Pasión de Muhammad Ali. El título solo ya me erizaba la piel. Asentí, "Ahí estaré, Ali."
Acto primero del deseo: la cita. Llegué al cine oliendo a perfume de jazmín mezclado con mi loción de boxeo. Vestida con falda corta que rozaba mis muslos, blusa escotada mostrando el sudor de anticipación. Marco estaba ahí, camisa ajustada marcando pectorales, jeans que prometían maravillas. Nos sentamos atrás, la sala oscura, el proyector zumbando. La película empezó: Ali en su prime, bailando, sudando, conquistando. Yo sentía la mano de Marco rozar mi rodilla. ¿Casual? Ni madres.
Su piel es áspera, callosa de golpes. Quiero que me toque más arriba, que me haga suya como Ali a sus rivales.
La tensión crecía con cada escena. Ali besando a su esposa en un clip, y Marco se inclinó: "Esa es la pasión que traigo yo." Su boca capturó la mía en la oscuridad. Beso hambriento, lenguas enredadas como cuerdas de ring. Sabía a chicle de menta y cerveza light. Sus manos subieron por mis muslos, yo abrí las piernas instintivamente. Gemí bajito cuando sus dedos rozaron mi tanga empapada. "Estás mojada, morra," murmuró contra mi cuello, mordisqueando. El cine olía a palomitas y nuestro arousal, corazones tronando más fuerte que la banda sonora.
No aguantamos la película. Salimos a media función, riendo como pendejos, tomados de la mano. Su depa estaba cerca, en la Narvarte, un loft chiquito pero chulo, con posters de boxeadores y una cama king size que gritaba "fóllame". Apenas cerramos la puerta, nos arrancamos la ropa. Su cuerpo desnudo era poesía: abdomen de acero, verga gruesa y venosa erguida como un título mundial. Yo me quité todo, tetas firmes saltando libres, nalgas redondas listas.
"Eres mi champ," dijo, levantándome contra la pared. Sus manos amasaron mis pompis, dedos hundiéndose en mi carne suave. Bajó la cabeza, lamió mis pezones duros como piedras. ¡Ay, cabrón! El placer era relámpago, chispas bajando directo a mi clítoris hinchado. Lo empujé al piso, montándolo como amazona. Su verga entró en mí de un jalón, llenándome hasta el fondo. "¡Sí, Ali, así!" grité, mientras cabalgaba. El slap slap de piel contra piel, su sudor salado en mi lengua cuando lo besé. Olía a macho en celo, a la pasión de Muhammad Ali viva en carne propia.
Acto dos: la escalada. Cambiamos posiciones como rounds. Me puso a cuatro, embistiéndome desde atrás con fuerza controlada, cada thrust un uppercut al alma. "¡Más duro, pendejo!" le exigí, arqueando la espalda. Sus bolas chocaban contra mi clítoris, enviando ondas de éxtasis. Introdujo un dedo en mi ano, lubricado con mis jugos, y yo exploté en mi primer orgasmo. Grité como loba, paredes contrayéndose alrededor de su polla, jugos chorreando por mis muslos. Él gruñó, "¡Qué rica estás, Karla!", pero no se vino. Me volteó, misionero feroz, piernas sobre sus hombros. Nuestros ojos locked, almas conectadas en el vaivén. Sudor goteaba de su frente a mis tetas, yo lamí cada gota, salada y adictiva.
Esto es más que sexo, es guerra santa. Su mirada me dice que soy su ring, su victoria. No quiero que acabe nunca.
La intensidad subió. Me comió el cuño con hambre de lobo, lengua danzando en mi botón como Ali esquivando golpes. Chupaba, sorbía, metía dedos curvados tocando mi punto G. Olía a mí, a sexo puro mexicano. Volví a correrme, temblando, mordiendo su hombro para no gritar tan fuerte. Él se levantó, yo de rodillas, mamada experta: labios envolviendo su glande hinchado, lengua girando, garganta profunda hasta las arcadas placenteras. "¡Voy a..." avisó, pero lo detuve. "Adentro, mi amor."
Acto tres: el clímax y la gloria. De nuevo en la cama, él encima, embestidas brutales pero tiernas. Nuestros cuerpos resbalaban de sudor, el colchón crujiendo en protesta. Sentí su verga palpitar, mis paredes ordeñándolo. "¡Córrete conmigo!" jadeé. Explotamos juntos: él llenándome de leche caliente, chorros potentes que me desbordaron; yo convulsionando, uñas clavadas en su espalda, visión borrosa de placer infinito. Gemidos se fundieron en un rugido primal, el cuarto oliendo a semen, sudor y victoria.
Afterglow: yacimos enredados, pulsos calmándose como boxeadores en la lona. Su cabeza en mis tetas, dedos trazando mis curvas. "Eres la pasión que Ali soñaba," murmuró. Reí bajito, besando su frente. Neta, pensé, esto fue épico. Afuera, la ciudad ronroneaba, pero en su cama, éramos campeones eternos. Mañana, más rounds. La pasión de Muhammad Ali no muere; se enciende en nosotros.