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Mi Pasión Letra de Fuego

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Mi Pasión Letra de Fuego

El sol de la tarde se colaba por las cortinas de mi depa en Coyoacán, pintando todo de un naranja chido que me ponía de buenas. Yo, Ana, sentada en el sillón viejo pero cómodo, con mi cuaderno en las manos. Ahí estaba mi pasión letra, garabateada con tinta negra, palabras que me salían del alma, del cuerpo, de ese fuego que a veces me quema por dentro. Neta, escribir era mi vicio, pero esa letra en particular... ay, wey, era puro deseo crudo, como si cada sílaba fuera un roce en la piel.

La puerta se abrió de golpe y entró Marco, mi carnal, con esa sonrisa pícara que me deshace las rodillas. Traía una bolsa de chelas frías y un ramo de cempasúchil que olía a fiesta de muertos, pero en el buen sentido, a vida vibrante. ¡Órale, mi reina! ¿Qué traes ahí? ¿Otra rola pa' tu banda? dijo, dejando todo en la mesa y viniéndose a sentar a mi lado. Su olor a loción barata mezclada con sudor fresco me golpeó como una ola, y sentí ese cosquilleo familiar en el estómago.

No mames, Marco, esta es especial. Se llama mi pasión letra. Léela, a ver qué te parece. Le pasé el cuaderno, y él lo abrió con cuidado, como si fuera un tesoro. Sus ojos cafés se clavaron en las líneas, y vi cómo su pecho subía y bajaba más rápido. Carajo, Ana... esto es... neta, me estás prendiendo con palabras. 'Tu piel como miel caliente, derramándose en mi boca...' ¿De dónde sacaste esto? Su voz salió ronca, y puse mi mano en su muslo, sintiendo el calor que ya se acumulaba ahí debajo de los jeans.

El aire se sentía pesado, cargado de ese aroma a jazmín del jardín de abajo y al tequila que saqué de la alacena. Le serví un trago, y mientras bebía, le recité la letra completa, mi voz bajita, casi un susurro que rozaba su oreja.

Mi pasión letra de fuego,
quema en tu mirada negra.
Tus labios como tequila,
ardiente en mi garganta seca.
Cada curva tu cuerpo escribe,
versos en mi piel que tiembla.
Marco dejó el vaso, su mano grande cubriendo la mía, y me jaló hacia él. Nuestros labios se encontraron suaves al principio, saboreando el agave en su lengua, ese toque salado que me hacía gemir bajito.

La tensión crecía como tormenta en el Popo, gradual, inevitable. Sus dedos se colaron por debajo de mi blusa, rozando mi ombligo, subiendo despacio hasta mis chichis que ya estaban duras como piedras. Qué chingón se siente esto, pensé, mientras mi cuerpo se arqueaba contra el suyo. ¿Quieres que te cante más? le pregunté, mordiéndome el labio. Él rio, ese sonido grave que vibra en mi clítoris. No, mi amor, quiero vivir tu pasión letra.

Lo empujé al sillón, montándome a horcajadas. Sus manos en mis caderas, apretando la carne suave, guiándome en un ritmo lento. Me quité la blusa, dejando que mis tetas rebotaran libres, y él las tomó como si fueran suyas, lamiendo un pezón con la lengua áspera, chupando hasta que grité de placer. El sonido de su boca húmeda, succionando, mezclado con mi jadeo, llenaba la habitación. Olía a nosotros ya, a ese sudor dulce que precede al clímax.

Pero no quería prisa. Bajé la mano a su bragueta, sintiendo su verga tiesa, palpitando bajo la tela. Mira lo que me haces, pendejo, le dije juguetona, y él gimió cuando la saqué, gruesa y caliente en mi palma. La piel suave sobre el músculo duro, venas marcadas que latían con su pulso acelerado. La apreté despacio, arriba y abajo, viendo cómo sus ojos se ponían vidriosos. Esto es poder, neta, me dije, disfrutando cómo se retorcía debajo de mí.

Nos movimos al cuarto, tirando ropa por el camino. La cama crujió bajo nuestro peso, sábanas frescas contra mi espalda ardiente. Marco se hincó entre mis piernas, besando mi panza, bajando hasta mi chocha que ya chorreaba. Su aliento caliente me erizó la piel, y cuando su lengua tocó mi clítoris, vi estrellas. Lamió lento, círculos perfectos, saboreándome como si fuera el mejor pozole de la abuela. Sabes a gloria, Ana, murmuró contra mi carne húmeda, y yo enredé mis dedos en su pelo negro, empujándolo más adentro.

La intensidad subía, mis muslos temblando, el corazón retumbando en los oídos. Pensaba en mi pasión letra, cómo esas palabras ahora eran reales, grabadas en jadeos y roces. No pares, cabrón... así... le rogaba, y él metió dos dedos, curvándolos justo ahí, en ese punto que me hace explotar. El sonido chapoteante de mi humedad, sus labios chupando, mi voz rompiéndose en gemidos altos. Me vine primero, un orgasmo que me sacudió entera, olas de placer que me dejaron temblando, el sabor salado en mi propia piel cuando me mordí el brazo.

Pero él no había terminado. Me volteó boca abajo, suave pero firme, y sentí su verga presionando mi entrada. ¿Estás lista, mi reina? preguntó, y asentí, arqueando la espalda. Entró despacio, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. Qué rico, esa presión deliciosa, su calor pulsando dentro. Empezó a moverse, embestidas profundas, el slap-slap de piel contra piel, sus bolas golpeando mi clítoris. Agarré las sábanas, oliendo nuestro sexo mezclado con el perfume de las flores que había traído.

Esto es mi pasión letra hecha carne, pensé mientras él aceleraba, su aliento en mi nuca, mordisqueando mi hombro. Sudor goteando de su pecho al mío, resbaloso y caliente. Me volteó de nuevo, cara a cara, para vernos en los ojos. Eres todo para mí, gruñó, y yo envolví mis piernas alrededor de su cintura, clavando las uñas en su espalda. El clímax nos tomó juntos, él hundiéndose profundo, yo apretándolo con mis paredes, chorros calientes llenándome mientras gritábamos al unísono. El mundo se disolvió en blanco, pulsos latiendo en sincronía, sabores de besos salados y sudor.

Caímos exhaustos, enredados como raíces de ahuehuete. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón calmarse. El cuarto olía a sexo satisfecho, a promesas cumplidas. Tu letra... es la neta, Ana. Me voló la cabeza, dijo él, trazando círculos en mi piel con el dedo. Yo sonreí, besando su frente. Y tú la hiciste viva, Marco. Mi pasión letra ahora es nuestra.

Nos quedamos así, en el afterglow, con la noche cayendo suave por la ventana. Afuera, el bullicio de Coyoacán empezaba, mariachis lejanos y risas de la plaza. Pero adentro, solo existíamos nosotros, conectados en ese fuego que no se apaga. Neta, qué chido es cuando las palabras se convierten en caricias eternas.

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