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Pasion y Poder Novela Completa

6759 palabras

Pasion y Poder Novela Completa

Ana se recargó en el ventanal de su penthouse en Polanco, con la ciudad de México brillando como un mar de luces bajo sus pies. El aroma del tequila reposado flotaba en el aire, mezclado con el perfume de jazmines que adornaban la terraza. Hacía años que dirigía su imperio inmobiliario con puño de hierro, pero esa noche, algo en su pecho latía diferente. ¿Cuánto tiempo sin sentir esta hambre? pensó, mientras sorbía su copa.

La puerta se abrió con un chasquido suave, y ahí estaba él: Diego, el arquitecto que había contratado para el nuevo proyecto en Santa Fe. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara que gritaba trouble en cada curva de sus labios. Vestía una camisa negra ajustada que marcaba sus pectorales, y sus ojos cafés la devoraban sin disimulo.

—Jefa, ¿interrumpo tu sesión de conquista urbana? —dijo con ese tono juguetón, acercándose con pasos felinos.

Ana giró, arqueando una ceja. —No soy tu jefa esta noche, wey. Entra y sírvete un trago. Pero no me vengas con cuentos de planos y presupuestos.

Se sentaron en el sofá de piel italiana, el roce del material contra sus muslos desnudos bajo el vestido rojo fuego enviando chispas por su piel. Hablaron de todo y nada: del pinche tráfico de Reforma, de cómo el mole de su abuela era lo mejor del mundo, de sueños que se habían pospuesto por el poder. Diego la miraba como si fuera el único trofeo que valía la pena cazar.

Este carnal sabe lo que quiere, y neta que me prende. Pero yo mando aquí, siempre he mandado.

La tensión crecía como el calor de un comal al rojo vivo. Sus rodillas se rozaron accidentalmente —¿o no?— y Ana sintió el pulso acelerado en su garganta. Él extendió la mano, rozando su brazo con dedos callosos de tanto dibujar sueños en papel.

—Ana, desde el primer día en la junta, supe que eras fuego puro. Pura pasion y poder.

Ella rio bajito, un sonido ronco que vibró en el aire cargado. —¿Y tú qué, arquitecto? ¿Vienes a derribar mis muros?

Acto seguido, sus labios se encontraron en un beso que sabía a tequila y promesas rotas. Lenguas danzando, manos explorando. Diego la atrajo hacia él, su erección presionando contra su vientre, dura como el acero de sus construcciones. Ana jadeó, el sabor salado de su piel invadiendo su boca mientras le mordisqueaba el cuello.

Se levantaron, tambaleantes de deseo, camino al cuarto. El pasillo olía a su aroma combinado: sudor fresco, perfume caro y esa esencia primal de excitación. Ana lo empujó contra la pared, sus uñas arañando su camisa hasta rasgarla. Mía esta noche, todo mío.

—Quítate eso, pendejo —susurró ella, voz ronca de mando.

Diego obedeció, ojos brillantes de sumisión juguetona. Su torso desnudo brillaba bajo la luz tenue, músculos tensos como cuerdas de guitarra. Ana se despojó del vestido en un movimiento fluido, quedando en lencería negra que abrazaba sus curvas generosas. Sus pechos subían y bajaban con cada respiración agitada, pezones endurecidos rozando la tela.

La cama king size los recibió con sábanas de hilo egipcio que crujieron bajo su peso. Diego la tumbó con gentileza dominante, besando cada centímetro de su piel expuesta. Sus labios en el valle entre sus senos olían a menta y hombre. Ana arqueó la espalda, gimiendo cuando su lengua trazó círculos alrededor de un pezón, succionándolo con hambre.

—Qué rico, Diego... no pares, cabrón.

Él bajó más, manos grandes abriendo sus muslos. El calor de su aliento contra su sexo la hizo temblar. Esto es poder de verdad, entregarse sin perder el control. Sus dedos separaron los labios húmedos, explorando con delicadeza experta. Ana olió su propia excitación, almizclada y dulce, mientras él lamía despacio, saboreándola como un postre prohibido.

El sonido de sus lengüetazos húmedos llenaba la habitación, mezclado con sus gemidos ahogados. —¡Órale, sí! Ahí, wey... —suplicó ella, caderas moviéndose al ritmo de su boca.

La tensión subía como el volcán Popo en erupción. Diego introdujo un dedo, luego dos, curvándolos para rozar ese punto que la volvía loca. Ana se mordió el labio, gusto metálico en la lengua, mientras oleadas de placer la recorrían. Pero quería más. Lo quería todo.

—Adentro, ahora —ordenó, tirando de su cabello para atraerlo.

Diego se posicionó, su verga gruesa y venosa pulsando contra su entrada. Entró despacio, centímetro a centímetro, el estiramiento delicioso haciéndola gritar de placer. Qué chingón se siente, llenándome completa. Sus paredes lo apretaron, cálidas y resbaladizas, mientras él gemía bajito contra su oído.

Empezaron un ritmo lento, piel contra piel chocando con palmadas suaves. El sudor perlaba sus cuerpos, goteando entre sus pechos. Ana clavó las uñas en su espalda, dejando marcas rojas que olían a sexo crudo. Él aceleró, embistiendo profundo, el sonido obsceno de sus cuerpos uniéndose ecoando en las paredes.

Pura pasion y poder novela completa en esta cama. Esto es mi vida, mi regla.

Cambiaron posiciones: ella encima, cabalgándolo como una reina en su trono. Sus caderas giraban en círculos viciosos, sintiendo cada vena de su polla rozando sus paredes sensibles. Diego amasaba sus nalgas, un dedo juguetón rozando su entrada trasera, enviando chispas extras. Ana lanzó la cabeza atrás, cabello negro cayendo en cascada, mientras el orgasmo se acercaba como tormenta.

—¡Me vengo, Diego! ¡Chíngame más fuerte!

Él obedeció, embistiendo desde abajo con fuerza controlada. El clímax la golpeó como un rayo: espasmos violentos, jugos calientes empapando sus uniones, un grito gutural rasgando el aire. Diego la siguió segundos después, gruñendo como animal, su semen caliente llenándola en chorros potentes.

Colapsaron juntos, respiraciones entrecortadas sincronizadas. El cuarto apestaba a sexo satisfecho, a sudor y fluidos mezclados. Ana se acurrucó en su pecho, oyendo el trote galopante de su corazón. Sus dedos trazaban patrones perezosos en su piel húmeda.

—Neta que fue épico, jefa —murmuró él, besando su frente.

Ella sonrió, satisfecha, poderosa. Esto no termina aquí. Pasion y poder, novela completa apenas empieza. La ciudad seguía brillando afuera, testigo muda de su unión. Mañana volvería al mando diurno, pero esta noche, el poder era compartido, dulce y ardiente.

Se durmieron entrelazados, el amanecer tiñendo el cielo de rosa, prometiendo más capítulos en su historia privada.

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