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El Diario de una Pasión Cuevana 3

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El Diario de una Pasión Cuevana 3

Querido diario, hoy arranco la tercera entrega de El Diario de una Pasión Cuevana. Neta que no puedo creer lo que me ha pasado esta semana. Todo empezó en esa fiesta en la Condesa, con el aire cargado de humo de cigarro y reggaetón retumbando en las bocinas. Yo andaba con mi amiga Lupe, las dos vestidas con esos escotes que nos hacen sentir como diosas mexicas, pero con tacos altos que me estaban matando los pies. Olía a tequila y perfume barato, y el sudor de la gente bailando se pegaba a la piel como una promesa de algo sucio y delicioso.

Ahí lo vi. Se llamaba Marco, un morro alto, moreno, con esa barba de tres días que raspa justo bien y ojos cafés que te clavan como si ya te estuvieran desnudando. Llevaba una camisa negra ajustada que marcaba sus pectorales, y cuando se acercó a pedirme un trago, su voz grave me erizó la piel. "Órale, güeyita, ¿me das chance de invitarte un shot?" dijo, con esa sonrisa pícara que grita problemas. Yo le seguí el rollo, sintiendo ya ese cosquilleo en el estómago, como mariposas cabronas que se volvían fuego bajando a mi entrepierna.

Mi cuerpo ya sabía lo que quería. Esa cueva mía, húmeda y palpitante, clamaba por atención. ¿Cuánto tiempo sin un hombre que me haga temblar de verdad?

Platicamos un rato, riéndonos de pendejadas. Él era de aquí de la CDMX, trabajaba en una agencia de diseño, y neta que su plática era chida, no como esos tontos que solo hablan de fut. Tocó mi brazo casualmente, y su piel cálida contra la mía fue como una descarga eléctrica. Olía a colonia masculina mezclada con sudor fresco, ese aroma que te hace cerrar los ojos y morderte el labio. La tensión crecía con cada mirada, cada roce accidental. Al rato, Lupe me guiñó el ojo y se largó con su conquista, dejándonos solos en la barra.

Acto uno cerrado: el anzuelo estaba puesto. Caminamos hacia su depa en Polanco, no muy lejos, con el viento nocturno fresco lamiéndonos las piernas. Sus manos rozaban las mías, y yo sentía mi panocha hinchándose, mojada ya bajo las panties de encaje. "¿Vienes a mi cueva?" bromeó él, y yo reí, pensando en lo perfecto que encajaba con mi diario pasional.

Llegamos a su penthouse minimalista, luces tenues y una vista brutal de la ciudad brillando como estrellas caídas. Me sirvió un mezcal ahumado que quemó dulce en mi lengua, y nos sentamos en el sofá de piel suave. Sus dedos jugaban con mi cabello mientras hablábamos de deseos reprimidos. "Siempre quise una mujer que no tenga miedo de lo que siente", murmuró, acercando su rostro al mío. Su aliento cálido olía a mezcal y menta, y cuando sus labios tocaron los míos, fue suave al principio, explorando, luego feroz, lenguas enredándose con hambre.

Lo besé de vuelta, mis manos bajando por su pecho firme, sintiendo los músculos contraerse bajo mis uñas. Gemí bajito cuando mordió mi cuello, ese punto sensible que me hace arquear la espalda. "Estás rica, cabrona", susurró, y yo respondí apretando mi muslo contra su entrepierna dura como piedra. El sonido de nuestras respiraciones agitadas llenaba el cuarto, mezclado con el zumbido lejano del tráfico. Desabotoné su camisa, lamiendo su piel salada, saboreando el sudor que perlaba su abdomen marcado.

Mi mente gritaba: "¡Ya era hora! Esta pasión cuevana que llevo dentro necesita salir, explotar."

Me levantó en brazos como si no pesara nada, y me llevó a la cama king size con sábanas de algodón egipcio que olían a limpio y a él. Me quitó el vestido despacio, besando cada centímetro de piel expuesta: el valle entre mis senos, el ombligo, el borde de mis panties empapadas. Sus manos grandes masajeaban mis nalgas, apretando con fuerza que dolía rico. Yo tiré de su pantalón, liberando esa verga gruesa, venosa, palpitante en mi palma. La apreté, sintiendo su calor pulsante, y él gruñó profundo, un sonido animal que me mojó más.

La escalada era imparable. Me puse de rodillas, oliendo su masculinidad almizclada, y lo lamí desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado. Él enredó sus dedos en mi pelo, guiándome sin forzar, solo animando. "Chúpamela así, mi reina", jadeó, y yo lo hice, tragándomela hasta la garganta, el sonido húmedo de mi boca llenando el aire. Mis pezones duros rozaban sus muslos, enviando chispas a mi clítoris hinchado.

Me tumbó boca arriba, abriéndome las piernas con reverencia. Su lengua encontró mi cueva empapada, lamiendo lento mis labios mayores, chupando el clítoris con succiones que me hicieron gritar. Olía a mi propia excitación dulce y agria, y él gemía como si fuera el mejor manjar. Introdujo dos dedos gruesos, curvándolos contra mi punto G, mientras su boca no paraba. Mi cuerpo se convulsionaba, caderas alzándose, sudor resbalando entre mis senos. "¡No pares, pendejo, dame más!" le supliqué, y él aceleró, mi primer orgasmo explotando como fuegos artificiales, jugos salpicando su barbilla.

Pero no paró ahí. Me volteó a cuatro patas, su verga rozando mi entrada resbaladiza. "¿Quieres que te coja?" preguntó, voz ronca de deseo. "¡Sí, métemela toda, carnal!" respondí, empujando contra él. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena, cada pulso, llenándome hasta el fondo. El slap de sus bolas contra mi clítoris, el squelch de mi humedad, sus gruñidos y mis gemidos formaban una sinfonía sucia.

Me cogía fuerte, manos en mis caderas, jalándome contra él. Sudor goteaba de su pecho a mi espalda, pieles chocando con calor abrasador. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como amazona, mis tetas rebotando, uñas arañando su pecho. Él pellizcaba mis pezones, enviando descargas directas a mi coño. "Eres una diosa cuevana", jadeó, y yo aceleré, sintiendo el orgasmo build-up en mi vientre.

Esta era mi pasión pura, sin filtros, solo carne y alma entrelazadas.

El clímax llegó juntos. Él se hinchó dentro de mí, gritando mi nombre mientras eyaculaba chorros calientes que me llenaban, desbordando por mis muslos. Yo me corrí temblando, visión borrosa, pulsos retumbando en oídos, olor a sexo impregnando todo. Colapsamos, cuerpos enredados, respiraciones sincronizadas.

En el afterglow, yacíamos pegajosos, sus dedos trazando círculos en mi vientre. "Eso fue épico, ¿verdad?" murmuró, besando mi sien. Yo asentí, sintiendo una paz profunda, esa conexión que va más allá del físico. Hablamos de volver a vernos, sin promesas locas, solo deseo mutuo. Me fui al amanecer, piernas flojas, sonrisa boba, el sabor de él aún en mi boca.

Querido diario, esta tercera entrada sella mi adicción a estas pasiones cuevanas. Mi cueva late aún, recordándome que la vida es para vivirse a full, con todo el fuego que traemos adentro. ¿Qué vendrá en la cuatro? Solo el tiempo y mis ganas lo dirán.

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