Dinora de Pasion de Gavilanes
Dinora caminaba por los amplios corredores de la hacienda Los Gavilanes, con el sol del mediodía derramándose sobre su piel morena como miel caliente. El aire olía a tierra húmeda después de la lluvia matutina, mezclado con el aroma dulce de las bugambilias que trepaban por las paredes de adobe. Llevaba un vestido ligero de algodón blanco que se pegaba a sus curvas generosas, marcando el vaivén de sus caderas como un llamado silencioso. Yo soy Dinora de pasión de gavilanes, pensó, recordando el apodo que le habían puesto los peones por su fuego indomable, ese que encendía a cualquier hombre con solo una mirada.
Desde niña en este rancho en las afueras de Guadalajara, había aprendido a domar caballos salvajes y a manejar el deseo como un látigo. Pero hoy, el deseo era mutuo. Jiménez, el capataz nuevo, alto y fornido como un roble tapatío, la esperaba en el establo. Lo había visto esa mañana, con su camisa abierta dejando ver el pecho velludo perlado de sudor, y algo se había removido en su vientre, un cosquilleo caliente que no la dejaba en paz. Órale, wey, se dijo a sí misma, este pendejo me va a hacer sudar de lo lindo.
Al entrar al establo, el olor a heno fresco y cuero la envolvió, junto con el relincho suave de los caballos. Jiménez estaba allí, clavando un clavo en una viga, sus músculos flexionándose con cada golpe del martillo. El sonido rítmico resonaba como un tambor en el pecho de Dinora, acelerando su pulso. Él se giró, sus ojos oscuros la recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en el escote donde sus pechos subían y bajaban con la respiración agitada.
—¿Qué pasa, Dinora? —dijo con voz grave, como grava bajo las botas—. ¿Vienes a inspeccionar el trabajo o nomás a calentar el ambiente?
Ella sonrió, ladeando la cabeza, y se acercó contoneándose. El calor de su cuerpo ya se sentía a metros, y el roce de su falda contra las piernas la erizaba la piel.
—Neta, Jiménez, tú sabes que soy Dinora de pasión de gavilanes. No vengo a jugar al ranchero. Quiero ver si aguantas mi fuego.
Él dejó caer el martillo, que retumbó en el suelo de tierra, y en dos zancadas la acorraló contra una pila de heno. Sus manos grandes tomaron su cintura, atrayéndola con fuerza pero suave, como si pidiera permiso con cada roce. Dinora sintió el bulto duro presionando contra su muslo, y un jadeo se le escapó. Qué chingón está este morro, pensó, mientras sus dedos se enredaban en su cabello negro y lo jalaba para un beso feroz.
Los labios de Jiménez eran calientes, con sabor a tabaco y sal del sudor. Su lengua invadió su boca, bailando con la de ella en un duelo húmedo y ansioso. Dinora mordió su labio inferior, tirando suave, y él gruñó, un sonido gutural que vibró en su pecho y le llegó directo al centro de su placer. Sus manos bajaron por su espalda, amasando sus nalgas redondas bajo la tela fina, apretando hasta que ella arqueó la espalda, presionando sus pechos contra él.
—Carajo, Dinora, me traes loco desde que llegué —murmuró contra su cuello, inhalando su perfume de jazmín y mujer en celo.
El beso se profundizó, sus respiraciones mezclándose en jadeos entrecortados. Ella deslizó las manos por su pecho, sintiendo los latidos acelerados bajo la piel áspera, y bajó hasta desabrochar su cinturón con dedos temblorosos de anticipación. El establo parecía girar a su alrededor, el calor subiendo como una fiebre, el olor a animales y deseo animalesco impregnando todo.
Jiménez la levantó con facilidad, sentándola en el borde de una manta de heno. Sus rodillas se separaron instintivamente, invitándolo. Él se arrodilló, besando su interior de muslos, la piel sensible erizándose bajo su aliento caliente. Dinora echó la cabeza atrás, gimiendo bajito cuando su boca alcanzó el borde de sus bragas de encaje.
Ay, Diosito, este wey sabe lo que hace. Me va a volver loca antes de empezar, pensó, mientras él lamía despacio, saboreando la humedad que ya empapaba la tela.
Con un tirón juguetón, Jiménez quitó las bragas, exponiendo su concha rosada y brillante. El aire fresco la rozó, haciendo que sus caderas se movieran solas. Él sopló suave, provocándola, y luego hundió la lengua, lamiendo desde el clítoris hasta la entrada, saboreando su néctar salado y dulce. Dinora gritó, agarrando su cabeza, sus uñas clavándose en su cuero cabelludo. El placer era eléctrico, oleadas que subían por su espina, haciendo que sus pezones se endurecieran contra el vestido.
—¡Más, cabrón! ¡Chúpame rico! —exigió ella, voz ronca, mientras él obedecía, chupando y succionando con maestría, introduciendo un dedo grueso que curvaba justo en su punto G.
El sonido húmedo de su boca contra su sexo llenaba el establo, mezclado con sus gemidos ahogados y los relinchos curiosos de los caballos. Dinora sentía el orgasmo construyéndose, una tensión deliciosa en su bajo vientre, como un resorte a punto de saltar. Sus muslos temblaban, apretando la cabeza de él, y cuando explotó, fue como un rayo: su cuerpo convulsionó, chorros de placer mojando su barbilla, un grito largo y gutural escapando de su garganta.
Jiménez se levantó, lamiéndose los labios con una sonrisa lobuna, y se quitó la camisa de un tirón. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando con necesidad. Dinora la miró, lamiéndose los labios, y la tomó en mano, sintiendo el calor y la dureza de terciopelo sobre acero. Esta madre va a destrozarme de lo buena, se dijo, mientras la masturbaba lento, viendo gotas de precum brillar en la punta.
—Ven, mi gavilán —lo invitó, guiándolo a su entrada resbaladiza.
Él empujó despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Ambos jadearon al unísono, el sonido de carne contra carne empezando suave. Dinora envolvió sus piernas alrededor de su cintura, clavándole los talones, urgiéndolo más profundo. Jiménez embestía con ritmo creciente, sus pelotas golpeando su culo, el sudor chorreando por su espalda y goteando sobre sus pechos.
El establo olía a sexo crudo ahora, almizcle y sudor, el heno crujiendo bajo ellos con cada arremetida. Ella arañaba su espalda, dejando marcas rojas, mientras él mordía su hombro, gruñendo palabras sucias al oído:
—Estás tan chingona, Dinora, tu panocha me aprieta como puño. Te voy a llenar, ¿eh?
Sí, lléname, hazme tuya, respondía ella en su mente, perdida en el vaivén hipnótico. Cambiaron posiciones: ella encima, cabalgándolo como a un semental, sus tetas rebotando libres ahora que se había quitado el vestido. El sol filtrándose por las rendijas iluminaba sus cuerpos unidos, sudorosos y brillantes. Sus caderas giraban, moliendo su clítoris contra su pubis, persiguiendo otro clímax.
Jiménez la sujetaba por las nalgas, ayudándola a subir y bajar, su verga golpeando profundo. El placer era abrumador, sensorial: el roce áspero del vello contra su piel sensible, el sabor salado cuando lo besaba, el olor embriagador de su unión. Dinora sintió la liberación venir de nuevo, más fuerte, y gritó su nombre mientras se corría, sus paredes contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo.
—¡Me vengo, carajo! —rugió Jiménez, y con un último embiste, se vació dentro de ella, chorros calientes inundándola, su cuerpo temblando en espasmos.
Se derrumbaron juntos sobre el heno, jadeantes, piel pegada a piel. El aire se enfrió un poco, trayendo el aroma de la tierra y flores distantes. Dinora apoyó la cabeza en su pecho, escuchando el latido calmándose, sintiendo su semen escurrir lento por sus muslos.
Qué chido fue esto. Dinora de pasión de gavilanes acaba de encontrar su nido.
Jiménez la besó en la frente, suave ahora, trazando círculos en su espalda con dedos perezosos.
—¿Y ahora qué, mi reina? —preguntó con voz ronca.
Ella levantó la vista, ojos brillantes de satisfacción y picardía.
—Ahora, wey, nos limpiamos y repetimos en mi cuarto. Esta pasión no se apaga con una sola corrida.
Se rieron bajito, el eco resonando en el establo como promesa de más noches ardientes bajo el cielo de Jalisco. Dinora se sentía plena, empoderada, dueña de su fuego y de quien lo avivara. La hacienda Los Gavilanes nunca había visto tanta vida.