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La Pasión por el Trabajo Ardiente

6630 palabras

La Pasión por el Trabajo Ardiente

En la torre de oficinas de Polanco, con las luces de la Ciudad de México parpadeando como estrellas traviesas allá abajo, yo, Ana, me quedé hasta tarde una vez más. Era la pasión por el trabajo la que me mantenía clavada en mi escritorio, rodeada de reportes y laptops zumbando como abejas enfurecidas. El aire acondicionado susurraba fresco contra mi piel, pero el calor de la deadline próxima me hacía sudar bajo la blusa de seda blanca que se pegaba un poquito a mis curvas. Olía a café recién hecho, mezclado con el perfume cítrico de mi colonia favorita, esa que siempre atrae miradas.

Javier entró al cubo de trabajo con su típica sonrisa pícara, el wey traía la camisa arremangada mostrando unos antebrazos fuertes, marcados por horas en el gym. "Órale, Ana, ¿todavía aquí? Neta, tú y tu pasión por el trabajo me vas a matar de envidia", dijo mientras dejaba dos tazas humeantes en el escritorio. Su voz grave retumbó en el silencio de la oficina vacía, enviando un cosquilleo por mi espina dorsal. Lo miré de reojo, notando cómo su mirada se demoraba en el escote que mi postura dejaba ver. ¿Era mi imaginación o el aire se cargaba de algo eléctrico?

"Pinche Javier, siempre tan dedicado. ¿Por qué carajos me pone tanto verlo concentrado?"
pensé, mientras tomaba un sorbo del café. Estaba negro, amargo como mis noches solitarias, pero calentito, igual que la forma en que su rodilla rozó la mía bajo la mesa accidentalmente. O no tan accidental.

Empezamos a platicar del proyecto, números volando de un lado a otro, ideas chocando como chispas. Él se inclinó cerca, su aliento fresco con menta rozando mi oreja. "Mira esto, Ana, si cambiamos el enfoque aquí... boom, el cliente se va a volver loco". Sus dedos tocaron los míos al señalar la pantalla, y juro que sentí un pulso acelerado en mi yema, como si mi cuerpo gritara ¡tócala más! El olor de su loción, madera y especias, me invadió, haciendo que mis pezones se endurecieran contra el encaje del bra.

La noche avanzaba, el tráfico de Reforma ya era un murmullo lejano. Terminamos la presentación, pero ninguno se movía para irse. "Celebremos, ¿no?", propuso él, sacando una botella de tequila de su mochila. "¡Eres un genio, wey!", reí, mientras él servía en vasos de plástico. El líquido dorado bajó ardiente por mi garganta, despertando un fuego en mi vientre. Nuestras risas se volvieron confidencias: de cómo la pasión por el trabajo nos había costado noviazgos, de noches en vela soñando con ascensos. Sus ojos oscuros se clavaron en los míos, y sentí su mano posarse en mi muslo, suave al principio, como preguntando permiso.

"¿Y si esto es lo que necesitaba? No solo trabajo, sino él, aquí, ahora."

Mi piel ardía bajo su palma, el calor subiendo por mi falda. Lo miré, mordiéndome el labio. "Javier... neta, me gustas desde el primer día que te vi en la junta". Él sonrió, esa sonrisa de pendejo encantador, y me jaló hacia él. Nuestros labios chocaron, su lengua explorando mi boca con hambre, saboreando a tequila y deseo. Gemí bajito, el sonido ahogado por su beso, mientras sus manos subían por mi espalda, desabrochando el sostén con maestría. El roce de sus dedos callosos contra mi piel suave era puro fuego, enviando ondas de placer hasta mi centro húmedo.

Me levantó sobre el escritorio, papeles volando como confeti. El mármol frío contra mis nalgas desnudas contrastaba con su cuerpo caliente presionando contra mí. "Eres preciosa, Ana", murmuró, bajando besos por mi cuello, lamiendo el sudor salado que perlaba mi clavícula. Olía a su excitación, ese aroma almizclado que me volvía loca, mientras sus manos amasaban mis senos, pellizcando pezones duros como piedras. Yo arqueé la espalda, gimiendo su nombre, mis uñas clavándose en sus hombros anchos. La pasión por el trabajo se transformaba en esto: pura, cruda lujuria compartida.

Le quité la camisa, besando su pecho velludo, saboreando el salado de su piel. Bajé la cremallera de sus pantalones, liberando su verga tiesa, palpitante en mi mano. "¡Qué chingona está!", exclamé juguetona, acariciándola de arriba abajo, sintiendo las venas latir bajo mis dedos. Él gruñó, un sonido animal que vibró en mi clítoris hinchado. Me abrió las piernas, su aliento caliente sobre mi monte de Venus depilado. "Déjame probarte", suplicó, y su lengua se hundió en mis pliegues mojados, lamiendo mi néctar dulce y salado. Gemí fuerte, el sonido rebotando en las paredes vacías, mis caderas moviéndose solas contra su boca experta. El placer subía en olas, mi cuerpo temblando, oliendo a sexo puro.

"No pares, cabrón, me vas a hacer venir ya."
El clímax me golpeó como un rayo, jugos chorreando en su barbilla mientras gritaba, piernas flaqueando.

Pero no paró. Me penetró despacio, su grosor estirándome deliciosamente, llenándome hasta el fondo. "¡Sí, así, Javier!", jadeé, mientras él embestía rítmico, el escritorio crujiendo bajo nosotros. Sudor nos unía, piel contra piel resbaladiza, sus bolas golpeando mi culo con cada estocada profunda. El slap-slap de carne contra carne, mezclado con nuestros jadeos roncos, llenaba el aire. Lo monté entonces, cabalgándolo como una amazona, mis tetas rebotando frente a su cara. Él las chupó, mordisqueando, mientras yo giraba las caderas, frotando mi clítoris contra su pubis púbico.

La tensión crecía, mis paredes internas apretándolo como un puño, ordeñándolo. "Me vengo, Ana... ¡juntos!", rugió él, y explotamos al unísono. Su leche caliente inundó mi interior, pulsos calientes que me llevaron a otro orgasmo cegador. Colapsamos, respiraciones entrecortadas, el olor a semen y sudor impregnando todo. Besos suaves ahora, lenguas perezosas, cuerpos entrelazados en el desorden del escritorio.

Después, recostados en el suelo alfombrado, con la ciudad brillando afuera, platicamos bajito. "Neta, Ana, la pasión por el trabajo nunca fue tan buena como esta", bromeó él, acariciando mi cabello revuelto. Yo reí, sintiendo su semen escurrir entre mis muslos, un recordatorio pegajoso y satisfactorio. "De ahora en adelante, trabajaremos más juntos", respondí coqueta, sabiendo que esto era el inicio de algo chido: carrera y pasión entrelazadas.

Nos vestimos despacio, robándonos besos, el amanecer tiñendo el cielo de rosa. Salimos tomados de la mano, listos para conquistar el día. La pasión por el trabajo ardía más fuerte que nunca, ahora con fuego en la piel y alma.

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