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El Color de la Pasion Capitulo 19 Fuego en la Piel

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El Color de la Pasion Capitulo 19 Fuego en la Piel

La noche en la playa de Cancún envolvía todo con su manto cálido y salado. Ana sentía el arena tibia bajo sus pies descalzos mientras caminaba hacia la cabaña privada que compartía con Javier. El aire traía el olor a mar y a jazmín silvestre, mezclado con el humo lejano de alguna fogata en la costa. Hacía días que no se veían bien, con el trabajo en la Ciudad de México jalándolos en direcciones opuestas, pero esta escapada era su refugio. El color de la pasión capítulo 19, pensó Ana con una sonrisa pícara, recordando cómo bautizaban sus encuentros intensos como capítulos de una novela erótica que solo ellos escribían.

¡Órale, mi reina! —gritó Javier desde la terraza, su voz ronca cortando la brisa. Estaba recargado en la baranda, con una cerveza fría en la mano, el torso desnudo brillando bajo las luces tenues de la cabaña. Sus ojos oscuros la devoraban, recorriendo las curvas de su vestido ligero que se pegaba a su piel por la humedad del aire.

Ana se acercó, sintiendo un cosquilleo en el estómago. Hacía falta eso, su mirada que la hacía sentir como la mujer más deseada del mundo. Subió los escalones de madera crujiente, el sonido de las olas rompiendo a lo lejos como un ritmo hipnótico.

—Te extrañé, wey —murmuró ella, lanzándose a sus brazos. Sus cuerpos se pegaron al instante, piel contra piel. Javier olía a sal, a protector solar y a ese aroma masculino que la volvía loca, como tierra mojada después de la lluvia.

Él la besó con hambre, sus labios gruesos capturando los de ella en un beso que sabía a tequila y promesas. Las manos de Javier bajaron por su espalda, apretando sus nalgas con posesión juguetona.

Neta, no sabes las ganas que tenía de esto —susurró contra su cuello, mordisqueando la piel sensible—. Tu piel, tu olor... me tienes loco, Ana.

Ella rio bajito, un sonido gutural que vibró en su pecho. El deseo ya latía entre ellos, una corriente eléctrica que hacía erizar su vello. Pero no querían apresurarse; esta noche sería como siempre, un lento desatar de tensiones acumuladas.

Entraron a la cabaña, iluminada solo por velas que parpadeaban en las mesas de mimbre. Javier la llevó a la cama king size, cubierta de sábanas de algodón egipcio suaves como una caricia. Se sentaron frente a frente, las rodillas tocándose. Ana lo miró, viendo el fuego en sus ojos, ese color de la pasión que tanto les gustaba nombrar.

¿Por qué siempre es así con él? Cada vez que nos vemos, es como si el mundo se redujera a nosotros dos, a este calor que nos quema por dentro.

—Cuéntame del trabajo, carnal —dijo Javier, pero su mano ya trazaba círculos en su muslo, subiendo despacio bajo el vestido.

Qué hueva, prefiero contarte lo que soñé anoche —respondió ella, inclinándose para lamerle el lóbulo de la oreja. Sintió cómo él se ponía tieso, su erección presionando contra los shorts flojos—. Soñé que me atabas a la cama y me hacías tuya toda la noche.

Javier gruñó, un sonido animal que la hizo mojar al instante. La tumbó suavemente sobre las almohadas, su peso delicioso sobre ella. El beso se profundizó, lenguas danzando en un duelo húmedo y caliente. Ana saboreó la sal en su boca, inhalando su esencia mientras sus dedos se enredaban en su cabello negro y revuelto.

Las manos expertas de Javier desabrocharon el vestido, dejando al descubierto sus senos plenos. Los miró con adoración, rozando los pezones con los pulgares hasta endurecerlos como piedras preciosas.

Eres tan rica, mamacita —murmuró, bajando la cabeza para succionar uno, lamiendo con la lengua plana, lento y tortuoso.

Ana arqueó la espalda, un gemido escapando de su garganta. El placer era un rayo que bajaba directo a su entrepierna, donde el calor palpitaba insistente. Sus uñas rasguñaron su espalda, dejando marcas rojas que él adoraba.

Pero Javier era paciente, un maestro en el arte de la anticipación. Bajó besos por su vientre, deteniéndose en el ombligo para meter la lengua, haciendo que ella riera entre jadeos. El vestido se fue al piso, quedando Ana en tanga de encaje negro. Él se arrodilló entre sus piernas, inhalando profundo.

—Hueles a miel y a pecado —dijo, con voz grave. Sus dedos apartaron la tela, exponiendo su panocha hinchada y húmeda. Ana sintió el aire fresco contra su calor, un contraste que la hizo temblar.

El primer toque de su lengua fue eléctrico. Javier lamió desde la entrada hasta el clítoris, saboreándola como si fuera el néctar más dulce. Ana gritó, sus caderas elevándose. ¡Qué chido! Su boca es puro fuego, pensó, mientras él chupaba el botón sensible, metiendo dos dedos gruesos dentro de ella, curvándolos para rozar ese punto que la volvía loca.

¡Sí, así, Javier! No pares, pendejo —suplicó, usando el apodo cariñoso que siempre lo encendía más.

Él aceleró, el sonido obsceno de su succión llenando la habitación, mezclado con sus jadeos y el rumor del mar. Ana sentía el orgasmo construyéndose, una ola gigante acercándose. Sus muslos temblaron, apretando la cabeza de él. Cuando explotó, fue como un volcán: chorros de placer la recorrieron, su cuerpo convulsionando mientras gritaba su nombre.

Javier no la dejó caer del todo. Se quitó los shorts, liberando su verga dura y venosa, palpitante de necesidad. Ana la miró, lamiéndose los labios. Era gruesa, con la cabeza brillante de precúm.

—Ven, mi amor —lo jaló hacia ella—. Quiero sentirte dentro.

Él se posicionó, frotando la punta contra su entrada resbaladiza. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Ambos gimieron al unísono, el sonido crudo y primal. Javier se hundió hasta el fondo, sus pelotas golpeando su culo.

Estás tan apretada, tan caliente —gruñó, empezando a moverse con embestidas lentas y profundas.

Ana envolvió las piernas alrededor de su cintura, clavando los talones en su espalda. Cada thrust era una promesa, un choque de pieles sudorosas que olían a sexo y pasión. El sudor perlaba sus cuerpos, goteando entre senos y abdomen. Ella mordió su hombro, saboreando la sal de su piel.

Esto es el color de la pasión, capítulo 19 de nuestra historia. Cada vez más intenso, más nuestro.

El ritmo aumentó, Javier la follaba con fuerza ahora, la cama crujiendo bajo ellos. Ana sentía su verga golpeando profundo, rozando su G-spot una y otra vez. El placer era abrumador, sus paredes internas contrayéndose alrededor de él.

Me vengo, Javier... ¡juntos! —jadeó ella.

Él rugió, sus embestidas volviéndose erráticas. El orgasmo los golpeó como un tsunami: Ana se deshizo en espasmos, ordeñando su polla mientras él se vaciaba dentro, chorros calientes llenándola hasta rebosar.

Colapsaron juntos, jadeantes, envueltos en el olor almizclado de su unión. Javier la besó suave, limpiando el sudor de su frente con besos tiernos.

—Te amo, Ana. Esto es lo que me mantiene vivo.

Ella sonrió, trazando patrones en su pecho con el dedo. El mar seguía cantando afuera, testigo de su capítulo 19. En el afterglow, sintieron una paz profunda, sabiendo que vendrían más noches así, más colores de pasión por descubrir.

Se durmieron entrelazados, con la promesa de amanecer en brazos del otro, listos para el siguiente capítulo.

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