Relatos
Inicio Erotismo El Color de la Pasión Remake El Color de la Pasión Remake

El Color de la Pasión Remake

7461 palabras

El Color de la Pasión Remake

Daniela abrió la puerta del penthouse en Polanco con el corazón latiéndole a mil. El aroma del mole poblano que Miguel había preparado flotaba en el aire, mezclado con el perfume fresco de las gardenias que adornaban la mesa. Llevaban meses planeando esta noche, una especie de remake de su propia historia de pasión, inspirados en esa telenovela que tanto les gustaba: El Color de la Pasión. Ella se quitó los tacones altos, sintiendo el mármol fresco bajo sus pies descalzos, y sonrió al verlo en la sala, con una camisa blanca ajustada que marcaba sus pectorales y un vaso de tequila reposado en la mano.

—¡Órale, mi amor! —dijo Miguel con esa voz ronca que la derretía—. Llegaste justo a tiempo. Mira, acaban de anunciar el remake de El Color de la Pasión. Vamos a hacer el nuestro esta noche, ¿va?

Daniela se acercó, rozando su cadera contra la de él al pasar. El roce fue eléctrico, como siempre. Se dejó caer en el sofá de piel italiana, cruzando las piernas enfundadas en una falda lápiz negra que subía peligrosamente.

¡Dios, cómo lo deseo! Cada vez que me mira así, siento que mi piel arde.
Tomó un sorbo del tequila que él le ofreció, el líquido quemándole la garganta con un sabor ahumado y dulce que le recordaba las noches en Oaxaca.

La tensión inicial era palpable. Habían estado separados por trabajo —ella en un congreso en Guadalajara, él cerrando tratos en Monterrey—, y ahora, solos en esa vista panorámica de la ciudad iluminada, el deseo bullía como un volcán a punto de estallar. Miguel se sentó a su lado, su muslo musculoso presionando el de ella. Puso la tele, pero ninguno prestaba atención real a la pantalla. Sus manos se encontraron, dedos entrelazados, y él trazó círculos suaves en su palma.

—Recuerdas la escena donde la protagonista seduce al galán en la hacienda? —murmuró él, su aliento cálido contra su oreja, oliendo a tequila y hombre—. Tú eres mi Rebeca, y yo tu Alonso. Hagamos nuestro remake, pero con todo el fuego que ellos no mostraron en la tele.

Daniela sintió un cosquilleo subirle por la espina dorsal. Asintió, mordiéndose el labio inferior, mientras su mano libre subía por el muslo de él, sintiendo la dureza creciente bajo los pantalones. El sonido de la ciudad lejana —coches pitando, risas en la calle— se mezclaba con sus respiraciones aceleradas. Ella se inclinó, besándolo con hambre contenida. Sus labios se fundieron, suaves al principio, luego urgentes, lenguas danzando en un tango húmedo y caliente. Saboreó el tequila en su boca, mezclado con el salado de su piel cuando bajó a besar su cuello.

La escalada fue gradual, como el hervor lento de un café de olla. Miguel deslizó la cremallera de su blusa, exponiendo el encaje rojo de su brasier. Sus dedos ásperos, de tanto manejar en el desierto, rozaron sus pezones endurecidos, enviando ondas de placer que la hicieron arquear la espalda. Qué chingón se siente esto, pensó ella, mientras él lamía el valle entre sus senos, inhalando su perfume de vainilla y jazmín. Ella no se quedó atrás: desabrochó su camisa botón por botón, revelando el pecho velludo y bronceado, besándolo con mordiscos juguetones.

—¡No mames, Daniela! Me traes bien puesto —susurró él, voz entrecortada—. Eres una diosa, mamacita.

Se levantaron, tambaleantes de deseo, y él la cargó hacia la recámara como un trofeo. La cama king size, con sábanas de algodón egipcio, los esperaba bajo la luz tenue de las velas de cera de abeja que perfumaban el aire con miel. La dejó caer suavemente, pero ella lo jaló encima, rodando para quedar a horcajadas. Sus caderas se mecían contra la protuberancia en sus jeans, frotándose con ritmo lento, sintiendo el calor irradiar a través de la tela. El sonido de sus gemidos bajos llenaba la habitación, como un corrido apasionado.

En el clímax de la tensión, Miguel despojó la falda de ella, dejando al descubierto las ligas que sujetaban sus medias.

¡Ay, cabrón, cómo me mira! Como si fuera lo único en su mundo.
Besó el interior de sus muslos, subiendo hasta el encaje húmedo de sus panties. El olor almizclado de su excitación lo enloqueció; lo inhaló profundo antes de arrancárselas con los dientes. Daniela jadeó, clavando las uñas en su espalda, mientras su lengua experta exploraba sus pliegues resbaladizos. Saboreó su néctar salado y dulce, lamiendo con devoción, chupando el clítoris hinchado hasta que ella tembló, ondas de placer recorriéndola como un terremoto.

—¡Sí, así, mi rey! —gritó ella, voz ronca, mientras sus caderas se elevaban involuntariamente.

Pero no la dejó terminar aún. Se puso de pie, quitándose los jeans con prisa. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitante de necesidad. Daniela la tomó en su mano suave, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel aterciopelada, y la lamió desde la base hasta la punta, saboreando la gota perlada de presemen. El gemido gutural de él fue música para sus oídos. Lo succionó profundo, garganta relajada por práctica, mientras sus bolas se contraían contra su barbilla. Él enredó los dedos en su cabello negro ondulado, guiándola con ternura firme.

La intensidad psicológica crecía con cada roce. Esto es más que sexo, pensó Daniela. Es nuestra pasión renacida, nuestro remake perfecto. Lo empujó sobre la cama, montándolo despacio. La punta de su verga abrió sus labios vaginales, estirándola deliciosamente. Bajó centímetro a centímetro, gimiendo al sentirlo llenarla por completo, sus paredes internas apretándolo como un guante caliente y húmedo. Comenzaron a moverse en sincronía, ella rebotando con fuerza, senos saltando, él embistiendo desde abajo con manos en sus caderas.

El sudor perlaba sus cuerpos, goteando entre pechos y abdomen, haciendo la piel resbaladiza. El slap-slap de carne contra carne resonaba, mezclado con jadeos y palabras sucias: —¡Cógeme duro, pendejito! —le rogaba ella. —¡Eres mi pinche adicción, Daniela! —respondía él. El olor a sexo impregnaba el aire, almizcle y sudor, mientras sus corazones latían al unísono.

La liberación llegó como una ola en Playa del Carmen. Daniela se tensó primero, su concha contrayéndose en espasmos alrededor de él, un grito ahogado escapando de su garganta mientras el orgasmo la atravesaba, estrellas explotando detrás de sus párpados cerrados. Miguel la siguió segundos después, gruñendo como un toro, su leche caliente inundándola en chorros potentes. Colapsaron juntos, entrelazados, respiraciones agitadas calmándose poco a poco.

En el afterglow, yacían envueltos en las sábanas revueltas, el tequila olvidado en la mesita. Miguel besó su frente sudada, inhalando su aroma post-sexo.

Esto es lo que necesitaba: su fuego, su entrega total.
Daniela trazó patrones en su pecho con el dedo, sonriendo perezosa.

—Nuestro El Color de la Pasión Remake fue mejor que la original —dijo ella, voz satisfecha.

—Y lo repetiremos, mi vida. Siempre —prometió él, atrayéndola más cerca.

La ciudad seguía viva afuera, pero en ese penthouse, solo existía su pasión renovada, un lazo eterno teñido de rojo intenso.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.