Erick Pasión y Poder
La noche en Polanco estaba cargada de ese calor pegajoso que hace que la piel se sienta viva, como si el aire mismo te acariciara con promesas. Yo, Valeria, acababa de entrar al rooftop del hotel más chingón de la colonia, con un vestido negro ceñido que me hacía sentir como una diosa urbana. La música reggaetón suave retumbaba en el fondo, mezclándose con risas y copas tintineando. Ahí lo vi por primera vez: Erick, alto, moreno, con esa mandíbula cuadrada y ojos que te clavaban como alfileres calientes. Vestía una camisa blanca arremangada, dejando ver antebrazos fuertes, tatuados con líneas tribales que gritaban poder.
Me acerqué a la barra por un margarita, y neta, sentí su mirada quemándome la nuca. Volteé, y ahí estaba, sonriéndome con esa confianza de quien sabe que el mundo le pertenece. “¿Qué tal, preciosa? ¿Primera vez aquí?” dijo con voz grave, ronca, como si cada palabra saliera de lo más hondo de su pecho. Le contesté con una sonrisa pícara: “No, pero contigo parece que sí va a ser especial, ¿verdad, guapo?” Nos pusimos a platicar, y mientras el tequila bajaba dulce por mi garganta, descubrí que Erick era el dueño de varias cadenas de gyms de lujo en la ciudad. Hablaba de sus negocios con pasión, pero sus ojos no dejaban los míos, y su mano rozó la mía al pasarme el sal. Ese toque fue eléctrico, un chispazo que me erizó la piel.
La tensión crecía con cada sorbo. Él se inclinó más cerca, y olí su colonia: madera ahumada, un toque de vainilla y algo salvaje, como jungla después de la lluvia. “Valeria, tú traes algo que me prende fuego”, murmuró, y su aliento cálido me rozó la oreja. Mi corazón latía como tambor en desfile, y entre mis piernas sentí ese pulso húmedo que no miente. Quería más, pero jugué el juego: “¿Y tú qué, Erick? ¿Siempre tan directo?” Reí, pero por dentro pensaba:
Este wey es puro Erick pasión y poder, me va a volver loca si no me controlo.
Acto seguido, me tomó de la mano y me sacó de ahí, directo al elevador privado. El trayecto fue un torbellino de besos urgentes. Sus labios carnosos devoraban los míos, lengua invadiendo con hambre, saboreando el tequila en mi boca. Gemí bajito cuando sus manos grandes bajaron por mi espalda, apretando mis nalgas con fuerza posesiva pero tierna. “Te quiero ya, Valeria”, gruñó contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible. El ding del elevador nos separó un segundo, pero ya estábamos en su penthouse, luces tenues, vista al skyline de CDMX brillando como diamantes.
Me empujó suave contra la pared de vidrio, el frío del cristal contrastando con el calor de su cuerpo pegado al mío. Desabrochó mi vestido con dedos hábiles, dejándolo caer en un charco negro a mis pies. Quedé en lencería roja, tetas altas palpitando, pezones duros como piedritas. Él se arrodilló, besando mi ombligo, bajando lento, inhalando mi aroma de mujer excitada. “Hueles a pecado, nena”, dijo, y su lengua trazó la línea de mi tanga. Temblé, piernas flojas, agarrándome de su pelo negro revuelto.
Lo jalé arriba, desabotonando su camisa con urgencia. Su pecho era una obra de arte: pectorales firmes, abdominales marcados de tanto gym, piel morena salpicada de vello oscuro que bajaba en V tentadora. Lo besé ahí, lamiendo el sudor salado, sintiendo su corazón tronando bajo mi palma. “Eres un pendejo tan chingón”, le susurré juguetona, y él rió profundo, volteándome para desabrochar mi brasier. Sus manos amasaron mis tetas, pulgares girando pezones, enviando descargas directas a mi clítoris hinchado.
Caímos en su cama king size, sábanas de seda negra oliendo a él. Erick me abrió las piernas con rodillas fuertes, quitándome el tanga de un tirón. Su boca se hundió entre mis muslos, lengua plana lamiendo mi humedad de arriba abajo. ¡Ay, cabrón! Grité, arqueando la espalda, uñas clavándose en sus hombros. Chupaba mi clítoris con succiones perfectas, dos dedos gruesos entrando y saliendo, curvándose en mi punto G. El sonido era obsceno: chapoteos húmedos, mis gemidos roncos mezclados con su gruñir hambriento. Olía a sexo puro, a mi esencia almizclada y su sudor masculino.
Pero quería más poder en mis manos. Lo empujé boca arriba, trepándome encima. Desabroché su pantalón, liberando su verga: gruesa, venosa, cabeza roja palpitante, goteando precúm. La tomé en mi mano, piel aterciopelada sobre acero, y la lamí desde la base hasta la punta, saboreando su sal salada. Él jadeó, caderas subiendo: “Sigue, Valeria, no pares”. La chupé profundo, garganta relajada, bolas pesadas en mi palma. Lo vi retorcerse, ese Erick pasión y poder ahora a mi merced, ojos entrecerrados de puro placer.
La intensidad subía como volcán. Me monté en él, guiando su verga a mi entrada empapada. Bajé despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. “¡Qué rico, wey!” grité al llenarme por completo. Cabalgaba con ritmo, tetas rebotando, sus manos en mis caderas guiándome fuerte. El slap de piel contra piel, nuestros jadeos, el crujir de la cama... todo era sinfonía erótica. Él se incorporó, mamando mis pezones mientras yo giraba las caderas, frotando mi clítoris contra su pubis.
Cambié de posición: él encima, misionero profundo. Entraba duro, pelvis chocando la mía, verga golpeando mi cervix con cada embestida. Sudor nos unía, resbaloso, caliente. “Dame todo, Erick”, rogué, piernas envueltas en su cintura. Aceleró, gruñendo como bestia: “Eres mía esta noche”. Sentí el orgasmo construyéndose, coño apretándolo en espasmos, olas de placer desde el fondo de mi ser.
Explotamos juntos. Mi grito fue primal, cuerpo convulsionando, jugos chorreando por sus bolas. Él se hundió una última vez, llenándome con chorros calientes, palpitando dentro. Colapsamos, entrelazados, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. Su peso sobre mí era reconfortante, olor a sexo y piel sudada envolviéndonos como manta.
Después, en la afterglow, fumamos un cigarro en la terraza, city lights parpadeando abajo. Me acurruqué en su pecho, dedo trazando sus tattoos. “Eres increíble, Valeria”, dijo suave, besando mi sien. Sonreí, pensando en lo que acababa de pasar: puro fuego, entrega total.
Erick, pasión y poder en carne viva, me había marcado para siempre.La noche mexicana nos arropaba, prometiendo más amaneceres así de intensos.