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Pasion Prohibida Capitulo 96 El Susurro de la Piel

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Pasion Prohibida Capitulo 96 El Susurro de la Piel

El sol de la tarde se colaba por las cortinas de encaje en mi departamento en Polanco, tiñendo todo de un naranja cálido que hacía que mi piel se sintiera viva, como si el calor me lamiera despacito. Yo, Ana, de treinta y cinco años, con curvas que mi marido ya no notaba, me miré en el espejo del pasillo. ¿Por qué carajos sigo aquí? pensé, mientras me pasaba las manos por las caderas, ajustándome el vestido negro ajustado que Marco tanto le gustaba. Mi matrimonio con Luis era un contrato viejo, sin chispa, pero Marco... ay, Marco, el carnal de mi marido, el wey que me hacía temblar con solo una mirada.

La puerta sonó suave, como un secreto. Abrí y ahí estaba él, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que me derretía las rodillas. Olía a colonia fresca mezclada con el sudor ligero del tráfico de la Ciudad de México, un aroma que me subía directo al cerebro.

Es la pasion prohibida capitulo 96 de nuestra historia, wey. Cada vez que nos vemos, es como si el mundo se detuviera.

—Ana, mi reina —murmuró, su voz grave como un ronroneo, mientras cerraba la puerta y me jalaba contra su pecho. Sus manos grandes me rodearon la cintura, y sentí el latido de su corazón contra mis tetas, fuerte, acelerado. Me besó el cuello, lento, saboreando mi piel salada.

—Marco, no deberíamos... Luis puede llegar —susurré, pero mi cuerpo ya me traicionaba, arqueándose contra él. Era nuestra regla: siempre con riesgo, siempre al borde.

Nos movimos al sofá de la sala, donde el aire olía a jazmín del jardín y a la comida que había dejado lista para Luis. Él me sentó en su regazo, sus dedos subiendo por mis muslos, rozando la piel suave bajo el vestido. Neta, este hombre sabe cómo tocarme, pensé, mientras un escalofrío me recorría la espina dorsal. Sus labios encontraron los míos, un beso hambriento, con lengua que danzaba y exploraba, saboreando el dulce de mi gloss de fresa.

En el principio de todo esto, hace meses, fue un roce inocente en una fiesta familiar. Pero ahora, pasion prohibida capitulo 96, éramos adictos. Mi mano bajó a su pantalón, sintiendo lo duro que ya estaba, palpitante bajo la tela. —Estás listo para mí, ¿verdad, cabrón? —le dije juguetona, usando ese tono mexicano que nos volvía locos.

Él rio bajito, un sonido que vibró en mi pecho. —Siempre para ti, mamacita. Desnúdate para mí.

Me quité el vestido despacio, dejando que mis pechos rebotaran libres, los pezones ya duros como piedritas por el aire fresco. Marco jadeó, sus ojos oscuros devorándome. Se quitó la camisa, revelando ese torso marcado por horas en el gym, piel bronceada que olía a hombre puro. Me recostó en el sofá, su boca bajando por mi cuello, lamiendo, chupando hasta llegar a mis tetas. Sentí su lengua caliente rodeando un pezón, succionando suave al principio, luego más fuerte, mientras su mano masajeaba el otro. Un gemido se me escapó, ronco, y mis caderas se movieron solas, buscando fricción.

El sonido de nuestra respiración llenaba la sala, entrecortada, mezclada con el tráfico lejano de Reforma. Sus dedos bajaron por mi vientre, rozando el encaje de mis calzones. —Estás empapada, Ana —gruñó contra mi piel, y metí la mano en su pelo, jalándolo más cerca.

—Tócame, Marco. No pares.

Deslizó los calzones a un lado, y sus dedos gruesos encontraron mi clítoris, frotando en círculos lentos que me hicieron arquear la espalda. El placer era eléctrico, subiendo por mis nervios como fuego. Olía a mi propia excitación, almizclada, mezclada con su colonia. Introdujo un dedo, luego dos, moviéndolos adentro y afuera, curvándolos justo donde me volvía loca. Este wey conoce mi cuerpo mejor que yo misma, pensé, mientras mis paredes lo apretaban, húmedas y calientes.

Pero no quería solo eso. Lo empujé suave, poniéndome de rodillas en el sofá. Desabroché su pantalón, liberando su verga dura, gruesa, con venas marcadas que palpitaban. La tomé en mi mano, sintiendo el calor, la suavidad de la piel sobre la rigidez. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando el salado de su pre-semen. Marco gimió fuerte, su mano en mi cabeza guiándome. La chupé profunda, con la boca llena, la lengua girando, mientras lo miraba a los ojos, viendo el deseo crudo en su cara.

—Para, o me vengo ya —jadeó, jalándome arriba. Me recostó de nuevo, quitándome los calzones del todo. Se posicionó entre mis piernas, su verga rozando mi entrada húmeda. —Dime que la quieres, Ana.

—Sí, cabrón, métemela toda —supliqué, mis uñas clavándose en sus hombros.

Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Sentí cada vena, cada pulso, llenándome por completo. Empezó a moverse, lento al principio, saliendo casi todo y volviendo profundo. El sonido de piel contra piel, chapoteante por mis jugos, era obsceno, excitante. Aceleró, sus caderas chocando contra las mías, el sofá crujiendo bajo nosotros. Sudor nos cubría, goteando, salado en mi lengua cuando lo besé.

Mi mente era un torbellino: Esto es pecado, pero qué rico pecado. Luis nunca me hace sentir así, como una diosa follada con pasión. Marco me levantó las piernas sobre sus hombros, entrando más hondo, golpeando ese punto que me hacía ver estrellas. Grité su nombre, mis tetas rebotando con cada embestida.

—Más fuerte, amor —le pedí, y él obedeció, como un animal, gruñendo. Sentí el orgasmo construyéndose, una ola en mi vientre, tensando mis músculos. Él también estaba cerca, su verga hinchándose dentro de mí.

—Me vengo, Ana... —avisó, y yo apreté más, llevándolo al límite.

Explotamos juntos. Mi clímax me sacudió, ondas de placer puro, mi coño convulsionando alrededor de él, jugos corriendo por mis muslos. Él se derramó dentro, caliente, pulsando, llenándome hasta que goteó. Colapsamos, jadeantes, su peso cálido sobre mí, nuestros corazones latiendo al unísono.

Después, en la quietud, me acarició el pelo, besándome la frente. —Esto no puede parar, mi vida. Eres todo para mí.

Yo sonreí, saboreando el afterglow, el cuerpo lánguido y satisfecho. Pasion prohibida capitulo 96, pero en mi corazón, era el comienzo de algo eterno. Luis llegaría pronto, pero por ahora, éramos solo nosotros, envueltos en el olor de sexo y promesas rotas.

Nos vestimos despacio, robándonos besos robados. Cuando la puerta se cerró tras él, me quedé ahí, tocándome los labios hinchados, sintiendo su esencia aún dentro de mí. Mañana sería otro día, otra tentación. Pero neta, valía cada riesgo.

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