La Pasion Segun San Mateo Desatada
Estaba sentada en la tercera fila del Palacio de Bellas Artes, el aire cargado de ese olor a madera pulida y velas de iglesia que siempre me pone la piel chinita. La Pasión según San Mateo de Bach empezaba a sonar, las voces del coro subiendo como un río de fuego lento, y yo sentía que el corazón me latía al ritmo de esos coros profundos. Llevaba un vestido negro ajustado, de esos que marcan la curva de las caderas, porque ¿pa' qué? Si iba a un concierto así de intenso, quería sentirme viva, deseable. Y entonces lo vi. Mateo. Alto, moreno, con esa barba recortada que le daba un aire de pecador redimido. Cantaba en el coro, su voz grave retumbando en mi pecho como un tambor chamánico.
Órale, wey, ¿de dónde salió este vato? pensé, mientras mis ojos se clavaban en cómo su camisa blanca se pegaba un poquito al pecho por el sudor del ensayo. La música me envolvía, los violines arañando el alma, y cada vez que él abría la boca, juraba que cantaba solo pa' mí. Olía a su colonia desde lejos, algo fresco con un toque de madera, mezclado con el perfume de las flores del lobby. Al final del primer acto, cuando las luces se atenuaron, nuestras miradas se cruzaron. Él sonrió, esa sonrisa pícara de mexicano que sabe lo que provoca. Me quedé helada, el pulso acelerado, sintiendo un calor bajito en el vientre que nada tenía que ver con el aire acondicionado.
El intermedio llegó como salvación. Me levanté, las piernas temblorosas, y fui por un café en el foyer. Ahí estaba él, con un vaso en la mano, charlando con unos cuates. Se acercó, casual, como si nada. "¿Te gustó el primer pedazo, preciosa?" dijo, su voz aún ronca del canto. Preciosa. Wey, me derrito. Le contesté que sí, que la Pasión según San Mateo siempre me ponía en llamas por dentro. Hablamos de Bach, de cómo esa música es pura pasión contenida, lista pa' explotar. Sus ojos cafés me recorrían sin disimulo, y yo le devolví la mirada, mordiéndome el labio. "Soy Mateo, por cierto. Como el santo." Se rió, y yo sentí su aliento cálido cerca de mi oreja cuando se inclinó pa' decirme que mi vestido era una tentación del demonio.
El segundo acto fue tortura deliciosa. Lo veía allá arriba, su cuerpo moviéndose con la melodía, y yo imaginaba esas manos grandes sobre mi piel. El coro cantaba de traición y sufrimiento, pero en mi cabeza era deseo puro, crudo. Sudaba, no solo por el calor del salón, sino porque entre mis piernas ya sentía esa humedad traicionera.
Si este vato no me come viva esta noche, me voy a volver loca.Cuando terminó, aplausos atronadores, pero yo solo quería su boca. Me esperó en la salida, como si lo hubiéramos planeado. "¿Quieres que te lleve a un lugar donde la pasión siga sonando?" Asentí, el corazón en la garganta.
Subimos a su coche, un Tsuru chido tuneado, oliendo a cuero nuevo y a él. Manejó por Reforma, las luces de la ciudad parpadeando como estrellas caídas. Ponemos el CD de la Pasión según San Mateo en el estéreo, bajito, y su mano roza mi muslo. Qué padre, esto es como preludio. Llegamos a su depa en Polanco, un lugar nice con vista al skyline, luces tenues y una botella de mezcal esperándonos. Me sirvió un trago, sus dedos rozando los míos, y brindamos "por las pasiones según San Mateo". Nos reímos, pero el aire ya estaba cargado, espeso como miel.
Empezó lento. Me jaló pa' él, su boca encontrando la mía en un beso que sabía a mezcal y a urgencia. Sus labios eran firmes, la lengua juguetona, explorando como si quisiera devorarme el alma. Pinche beso del siglo, wey. Lo empujé al sofá, montándome encima, sintiendo su verga dura contra mi entrepierna a través de la tela. Olía a su sudor limpio, masculino, mezclado con mi perfume de vainilla. Le quité la camisa, lamiendo su pecho, saboreando la sal de su piel. Él gemía bajito, "Ay, nena, estás cañona", mientras sus manos subían por mis muslos, levantando el vestido.
La música seguía sonando de fondo, el aria de la pasión elevándose, y nosotros la seguíamos al pie de la letra. Me desvistió despacio, besando cada centímetro que dejaba al aire. Sus labios en mis pezones, chupando suave al principio, luego con hambre, haciendo que arqueara la espalda y soltara un "¡Órale, sí!". Sentía su aliento caliente en mi ombligo, bajando, hasta que su lengua encontró mi concha empapada. Qué rico, este carnal sabe lo que hace. Lamía despacio, saboreándome, sus dedos abriéndome como pétalos. Yo me retorcía, las uñas en su pelo, el olor de mi arousal llenando la habitación, dulce y almizclado.
Pero no quería acabar así. Lo jalé arriba, quitándole los pantalones. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, palpitando pa' mí. La tomé en la mano, sintiendo el calor, la dureza de acero envuelta en terciopelo. La lamí desde la base, saboreando el precum salado, metiéndomela hasta la garganta mientras él gruñía "Eres una diosa, chula". Lo miré a los ojos, juguetona, te voy a volver loco, pendejo guapo. Lo monté entonces, guiándolo adentro de mí, centímetro a centímetro. ¡Madre mía, qué llenadera! Empecé a moverme, lento al principio, sintiendo cada roce en mis paredes, el roce de su pubis en mi clítoris.
La tensión subía como la música, coros y solistas gritando éxtasis. Aceleré, mis tetas rebotando, sus manos en mis nalgas apretando fuerte. Sudábamos juntos, piel contra piel resbalosa, el sonido de carne chocando, jadeos entremezclados con la Pasión según San Mateo. "Más fuerte, Mateo, dame todo", le pedí, y él obedeció, embistiéndome desde abajo, su verga golpeando ese punto que me hace ver estrellas. Sentía el orgasmo venir, como una ola gigante, mis músculos contrayéndose alrededor de él. No aguanto, se me viene... Grité su nombre, temblando, olas de placer rompiéndome en pedazos, el olor de sexo puro invadiendo todo.
Él no paró, siguió hasta que su cuerpo se tensó, gruñendo como animal, llenándome con chorros calientes. Colapsamos juntos, respiraciones agitadas, su peso sobre mí reconfortante. La música llegaba al final, suave, redentora. Nos quedamos así, piel pegajosa, besándonos perezosos. "Esa fue la pasión según San Mateo, versión carnal", murmuró riendo contra mi cuello. Yo sonreí, acariciando su espalda, sintiendo el afterglow cálido en el pecho.
Desayunamos al día siguiente en su balcón, tacos de barbacoa de la esquina, café humeante. Hablamos de todo, de música, de la ciudad, de cómo esa noche había sido como la partitura: tensión, clímax, paz. No fue solo cogida; fue conexión, empoderamiento mutuo. Este wey me prendió el alma. Cuando me fui, con su número en el celular y promesas de más conciertos, supe que la Pasión según San Mateo había cambiado mi vida. O al menos, mis noches.