Pasión Cap 68 Fuego en las Venas
Era una noche calurosa en el corazón de Polanco, con el bullicio de la ciudad filtrándose por las ventanas entreabiertas de mi departamento. El aroma a tacos de la esquina se mezclaba con el perfume dulzón de las bugambilias que trepaban por la fachada. Yo, Ana, acababa de llegar de un día eterno en la oficina, con el cuerpo pesado pero el alma inquieta. Hacía semanas que no veía a Marco, mi carnal en este juego de pasiones que nos consumía. Pasión Cap 68, pensé mientras me quitaba los tacones, como si nuestra historia fuera una novela interminable, capítulo tras capítulo de deseo reprimido.
El timbre sonó, y mi pulso se aceleró al instante. Abrí la puerta y ahí estaba él, con esa sonrisa pícara que me derretía las rodillas. Alto, moreno, con la camisa ajustada marcando sus pectorales y un olor a colonia fresca con toques de tabaco que me hacía salivar. "Órale, nena, ¿me extrañaste?", murmuró con esa voz ronca que vibraba en mi pecho. Lo jalé adentro sin decir palabra, cerrando la puerta de un golpe. Sus manos ya estaban en mi cintura, ásperas por el trabajo en la construcción, pero firmes, posesivas.
Nos besamos como si el mundo se acabara esa noche. Sus labios sabían a tequila reposado, calientes y urgentes, mientras su lengua exploraba mi boca con hambre acumulada. Sentí el roce de su barba incipiente contra mi piel suave, un cosquilleo que bajaba directo a mi entrepierna. "Te tengo tantas ganas, pinche Ana", gruñó contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible justo debajo de la oreja. Mi cuerpo respondió al toque, los pezones endureciéndose bajo la blusa de seda. Lo empujé hacia el sofá, queriendo devorarlo entero.
¿Por qué cada vez que lo veo es como la primera? Este fuego en las venas no se apaga, es Pasión Cap 68 y sigue ardiendo más fuerte.
Nos desplomamos en el sofá de cuero negro, que crujió bajo nuestro peso. Sus manos subieron por mis muslos, levantando la falda hasta dejar al descubierto mis panties de encaje rojo. El aire acondicionado zumbaba suave, contrastando con el calor que emanaba de su cuerpo pegado al mío. Olía a sudor limpio, a hombre deseoso, y yo ya estaba empapada, el aroma almizclado de mi excitación flotando entre nosotros. "Mírate, toda mojada por mí", dijo con una risa juguetona, deslizando un dedo por el borde de la tela. Gemí bajito, arqueando la espalda para que me tocara más.
Le arranqué la camisa, exponiendo su torso tatuado con un águila mexicana que parecía cobrar vida bajo mis uñas. Lamí su piel salada, saboreando el rastro de sudor en su clavícula, mientras él desabrochaba mi blusa con dedos temblorosos. Mis tetas saltaron libres, y Marco las tomó en sus manos grandes, masajeándolas con esa rudeza deliciosa que me volvía loca. "Qué chingonas están, mi amor", susurró antes de chupar un pezón, succionando fuerte hasta que un rayo de placer me atravesó el vientre. El sonido húmedo de su boca, mis jadeos entrecortados y el tráfico lejano creaban una sinfonía erótica en la habitación tenuemente iluminada por las luces de neón de la calle.
Pero no quería apresurarme. Esta era Pasión Cap 68, el capítulo donde el deseo se cocina a fuego lento. Lo aparté un poco, poniéndome de rodillas frente a él. Desabroché su jeans con los dientes, sintiendo la dureza de su verga presionando contra la tela. La saqué libre, gruesa y palpitante, con venas marcadas que invitaban a mi lengua. "Ven aquí, pendejo", le dije riendo, lamiendo la punta donde una gota perlina brillaba. Sabía a sal y a él, puro vicio. Lo tomé en la boca, chupando despacio, mientras mis manos jugaban con sus huevos pesados. Marco gruñó, enredando los dedos en mi cabello. "Así, nena, no pares... ¡chingao!" Su voz era un rugido gutural que me hacía vibrar hasta el clítoris.
El tiempo se estiraba como miel caliente. Lo llevé al borde, pero me detuve, queriendo que suplicara. Me levantó en brazos, fuerte como un toro, y me llevó a la cama. El colchón king size nos recibió con frescura, las sábanas de algodón egipcio rozando mi piel arrebolada. Me tendió boca arriba, besando cada centímetro de mi cuerpo: el ombligo, las caderas, el interior de los muslos. Su aliento caliente me erizaba la piel, y cuando por fin lamió mi coño a través de las panties, grité su nombre. "Marco, por favor... métemela ya".
Este hombre me conoce como nadie, sabe exactamente dónde tocar para que explote el volcán dentro de mí.
Me quitó las panties de un tirón, exponiéndome al aire fresco. Su lengua se hundió en mí, lamiendo el clítoris hinchado con círculos expertos. El sabor de mi jugo en su boca, el sonido chapoteante, el olor espeso de sexo... todo me volvía loca. Metió dos dedos gruesos, curvándolos para tocar ese punto que me hacía ver estrellas. "Estás chorreando, Ana, qué rico te pones", murmuró contra mi carne. Me retorcía, las uñas clavadas en las sábanas, el corazón latiéndome en los oídos. El orgasmo se acercaba como una ola, pero lo contuve, queriendo que viniéramos juntos.
Al fin, no aguanté más. "Cógeme, cabrón, hazme tuya". Se posicionó entre mis piernas, la verga rozando mi entrada húmeda. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena, cada pulso, llenándome hasta el fondo. "¡Ay, qué grande estás!", gemí, envolviéndolo con las piernas. Empezó a moverse, primero lento, profundo, con embestidas que me robaban el aliento. El slap-slap de piel contra piel resonaba, mezclado con nuestros gemidos. Sudábamos, el olor a sexo impregnando el aire, sus bolas golpeando mi culo con cada thrust.
La tensión crecía, mis paredes contrayéndose alrededor de él. Marco aceleró, sudando profusamente, sus músculos tensos brillando bajo la luz de la luna que se colaba por la ventana. "Ven conmigo, mi reina", jadeó, y eso fue todo. El clímax nos golpeó como un rayo: yo gritando, convulsionando, chorros de placer escapando mientras él se vaciaba dentro de mí, caliente y abundante. Sus gruñidos roncos, mi voz quebrada, el temblor compartido... puro éxtasis.
Nos quedamos unidos, respirando agitados, su peso reconfortante sobre mí. Besó mi frente, mi nariz, mis labios hinchados. "Eres lo mejor que me ha pasado, Ana". Yo sonreí, acariciando su espalda mojada. El cuarto olía a nosotros, a pasión consumada. Afuera, la ciudad seguía su ritmo, pero aquí, en este nido de sábanas revueltas, Pasión Cap 68 llegaba a su fin perfecto, dejando un sabor a promesas de más capítulos por venir.
Nos duchamos juntos después, el agua caliente lavando el sudor pero no el fuego. Sus manos jabonosas en mi piel, risas compartidas, besos perezosos. Salimos envueltos en toallas, pidiendo unos tacos por delivery. Comimos en la cama, desnudos, hablando de tonterías y planes locos. "La próxima, vamos a la playa, carnal", propuse. Él asintió, guiñando: "Donde sea, mientras te tenga así de mía".
Durmió a mi lado esa noche, su ronquido suave como una nana. Yo velé un rato, sintiendo su calor, el latido de su corazón contra mi pecho. Pasión Cap 68 había sido épico, pero sabía que el 69 sería aún mejor. En este vaivén de la vida mexicana, con sus prisas y sus gustos intensos, él era mi ancla, mi llama eterna.