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La Pasion de Cristo 2 La Resurreccion del Deseo

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La Pasion de Cristo 2 La Resurreccion del Deseo

María se recostó en la cama de su pequeño departamento en la Roma, con el ventilador zumbando perezosamente sobre su cabeza. Afuera, el bullicio de la Ciudad de México se colaba por la ventana entreabierta: cláxones lejanos, risas de chavos en la calle y el olor a elotes asados flotando en el aire cálido de la noche. Había pasado toda la tarde viendo documentales sobre Semana Santa, pero su mente divagaba hacia algo más prohibido. En su laptop, el trailer de La Pasion de Cristo 2 La Resurreccion parpadeaba, prometiendo una secuela épica de sufrimiento y renacer. Pero para María, de treinta y dos años, viuda desde hacía dos, esa resurrección no era solo espiritual. Era carnal, un fuego que ardía en lo profundo de su vientre, esperando ser avivado.

¿Por qué carajos no puedo simplemente tocarme y ya? Pensó, mientras su mano rozaba distraídamente el encaje de su brasier. Hace meses que no siento nada, ni un pinche cosquilleo.

Trabajaba como diseñadora gráfica en una agencia chida del centro, rodeada de creativos pendejos que coqueteaban sin parar. Pero ella, con su piel morena y curvas generosas que heredó de su abuelita oaxaqueña, se había cerrado como ostra. Su marido, Raúl, se había ido en un accidente de moto, dejando un vacío que ni las misas ni las chelas con las amigas podían llenar. Hasta esa noche, cuando el trailer la golpeó como un rayo. Imaginó a Cristo resucitando no solo de la tumba, sino en los brazos de una Magdalena ardiente, sus cuerpos entrelazados en éxtasis divino.

El timbre sonó, sacándola de su trance. Era Alejandro, su vecino del piso de arriba, un moreno alto y atlético que estudiaba arquitectura en la UNAM. Siempre andaba con esa sonrisa pícara, oliendo a colonia barata y sudor fresco después de jugar fut en el parque. "Órale, carnala, te traje unas quesadillas de la tiendita, no vaya a ser que te mueras de hambre viendo tus pelis raras", dijo él, entrando sin invitación, como era su costumbre.

María sintió un escalofrío al verlo quitarse la playera empapada, revelando pectorales firmes y un vientre marcado por abdominales que pedían a gritos ser lamidos. El aroma de su piel, mezcla de jabón y hombría, invadió la habitación. "Gracias, Ale, pero ¿qué onda con La Pasion de Cristo 2 La Resurreccion? ¿Ya la viste?", preguntó ella, tratando de sonar casual mientras su pulso se aceleraba.

"Simón, está cabrona. Ese renacer del carnal... uf, te pone la piel chinita", respondió él, sentándose a su lado en la cama, tan cerca que sus muslos se rozaron. El calor de su cuerpo era como una brasa contra el algodón de sus shorts. María tragó saliva, notando cómo la tela de su calzón se humedecía solo con su proximidad.

La tensión creció como tormenta en el DF. Hablaron de la peli, de cómo el dolor se transforma en placer supremo, de resurrecciones que no son solo de muerte. Alejandro la miró fijo, sus ojos oscuros brillando. "La Pasion de Cristo 2 La Resurreccion me hizo pensar en ti, Marí. Tú que pareces muerta por dentro, pero yo sé que hay fuego ahí."

El corazón de ella latió como tamborazo en una fiesta.

¿Y si lo dejo entrar? ¿Y si dejo que me resucite?
Sus manos temblaron al rozar su brazo, sintiendo los vellos erizados bajo sus dedos. Él no esperó más: la besó con hambre, labios carnosos devorando los suyos, lengua explorando como si saboreara tamarindo dulce. María gimió, el sonido gutural escapando de su garganta mientras sus lenguas danzaban, húmedas y urgentes. El sabor salado de su boca, mezclado con el picor de la salsa de las quesadillas, la enloqueció.

Alejandro la tumbó suavemente, sus manos grandes deslizándose por sus senos plenos, pellizcando pezones que se endurecieron al instante como chiles secos. "Qué chingonas tetas tienes, morra", murmuró él contra su cuello, mordisqueando la piel sensible, dejando un rastro de calor que bajaba hasta su ombligo. Ella arqueó la espalda, el roce de sus callos ásperos contra su suavidad la hacía jadear. El ventilador seguía zumbando, pero ahora parecía acompasarse a sus respiraciones agitadas.

Le quitó la ropa con maestría, exponiendo su cuerpo desnudo al aire nocturno. María se sintió vulnerable pero poderosa, sus caderas anchas invitando, su panocha ya reluciente de jugos. Él se arrodilló entre sus piernas, inhalando profundo su aroma almizclado, ese olor a mujer en celo que volvía locos a los machos. "Hueles a paraíso prohibido", gruñó, antes de hundir la cara. Su lengua ávida lamió su clítoris hinchado, círculos lentos que la hicieron retorcerse, uñas clavándose en las sábanas.

¡Qué rico, cabrón! Pensó ella, mientras oleadas de placer subían por su espinazo. Cada lamida era un latigazo de éxtasis, su boca succionando como si quisiera beber su esencia. El sonido húmedo de su chupada, mezclado con sus gemidos ahogados, llenaba la habitación. Sus dedos entraron en ella, gruesos y curvados, tocando ese punto que la hacía ver estrellas. "¡Más, Ale, no pares, pendejo!", suplicó, las caderas moviéndose al ritmo de su invasión.

Pero Alejandro quería más. Se incorporó, su verga tiesa como poste, venosa y palpitante, goteando precum que brillaba bajo la luz tenue de la lámpara. María la miró hipnotizada, el grosor prometiendo llenarla hasta el fondo. "Ven, resucítame ya", le rogó ella, guiándolo con la mano. Él se hundió despacio, centímetro a centímetro, el estiramiento ardiente pero delicioso. Sus paredes lo apretaron como guante, húmedas y calientes, mientras él gruñía de placer.

Empezaron lento, un vaivén hipnótico que hacía crujir la cama. El slap-slap de carne contra carne resonaba, sudor perlando sus cuerpos, el olor a sexo impregnando el aire. María clavó las uñas en su espalda, sintiendo los músculos contraerse bajo su tacto.

Esto es mi resurrección, carajo. De las cenizas al fuego puro.
Él aceleró, embistiéndola profundo, sus pelotas golpeando su culo con cada thrust. Ella envolvió sus piernas alrededor de su cintura, urgiéndolo más adentro, sus pechos rebotando al ritmo frenético.

La intensidad escaló. Alejandro la volteó a cuatro patas, admirando su culo redondo, dándole una nalgada juguetona que resonó como palmazo en tianguis. "¡Qué nalgonas, pinche diosa!", exclamó, penetrándola de nuevo desde atrás. El ángulo nuevo rozaba su punto G sin piedad, haciendo que chorros de placer la atravesaran. Ella empujaba hacia él, perra en celo, gritando obscenidades: "¡Chíngame más duro, carnal! ¡Hazme tuya!"

El clímax se acercaba como tormenta. Sus respiraciones se sincronizaron, jadeos entrecortados, piel resbaladiza de sudor. María sintió la presión en su bajo vientre explotar primero: un orgasmo brutal que la sacudió entera, paredes convulsionando alrededor de su verga, jugos empapando las sábanas. "¡Me vengo, Ale! ¡Ay, Dios!", chilló, el mundo disolviéndose en blanco puro.

Él la siguió segundos después, gruñendo como animal, su leche caliente inundándola en chorros potentes. Colapsaron juntos, cuerpos entrelazados, pulsos latiendo al unísono. El ventilador enfriaba su piel febril, mientras el aroma de su unión flotaba, testigo de la resurrección consumada.

Después, en la quietud, Alejandro la abrazó por detrás, su verga aún semi-dura contra su culo. "Eso fue como La Pasion de Cristo 2 La Resurreccion, ¿no? Dolor y luego gloria", susurró él, besando su hombro salado. María sonrió, lágrimas de alivio en los ojos.

Renací, pendeja. Ya no soy la viuda muerta. Soy viva, deseante, chingona.

Se quedaron así hasta el amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, pintando sus cuerpos dorados. Afuera, la ciudad despertaba con sus ruidos habituales, pero adentro, un nuevo capítulo empezaba. La pasión resucitada, lista para más noches de fuego eterno.

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