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Que Es Una Pasion En La Vida

6860 palabras

Que Es Una Pasion En La Vida

El calor de la noche en la Roma me envolvía como un abrazo pegajoso, con ese olor a tacos de la esquina mezclándose con el humo de los cigarros y el perfume dulce de las flores en las macetas. Caminaba por la calle Álvaro Obregón, con mis tacones resonando contra el pavimento irregular, sintiendo el pulso de la ciudad latiendo en mis venas. Tenía treinta años, soltera por elección, y esa noche solo quería un trago, una charla y quizás algo más que me recordara qué es una pasión en la vida. No buscaba amor eterno, solo fuego que queme por unas horas.

Entré al bar, un lugar chido con luces tenues y salsa sonando bajito. Me senté en la barra, pedí un tequila reposado con limón y sal, y ahí lo vi. Alto, moreno, con una sonrisa que prometía problemas del bueno. Vestía una camisa blanca arremangada, dejando ver unos antebrazos fuertes, tatuados con un águila que parecía viva. Se acercó, güey directo, pero con clase.

—Órale, preciosa, ¿te puedo invitar ese trago? —dijo, con voz grave que me erizó la piel.

Le sonreí, sintiendo un cosquilleo en el estómago.

¿Por qué no? Neta, este tipo huele a aventura.
Acepté, y platicamos. Se llamaba Diego, chilango de pura cepa, fotógrafo que capturaba la esencia de la ciudad. Hablamos de la vida, de sueños rotos y de pasiones. “¿Qué es una pasión en la vida? —me preguntó, mirándome fijo a los ojos—. Para mí, es eso que te hace sentir vivo, que te acelera el corazón hasta que duele.” Sus palabras me tocaron hondo, porque yo andaba en esa búsqueda, sintiendo un vacío que ningún trabajo ni amigos llenaban del todo.

La tensión creció con cada sorbo. Su rodilla rozó la mía bajo la barra, un toque casual que no lo era. Olía a colonia fresca con un toque de sudor masculino, ese aroma que despierta instintos primarios. Mis pezones se endurecieron contra el encaje de mi bra, y crucé las piernas para calmar el calor que subía entre mis muslos. Él lo notó, porque su mirada bajó un segundo a mi escote, y sonrió pícaro.

—Vamos a caminar, ¿no? El aire fresco nos vendrá bien —propuso.

Salimos, la brisa nocturna me refrescó la cara, pero no apagó el fuego interno. Caminamos por las calles empedradas, riendo de tonterías, hasta que paramos en un parque chiquito, con bancas bajo los árboles. Nos sentamos cerca, demasiado cerca. Su mano tomó la mía, dedos entrelazados, y el roce de su piel áspera contra la mía suave me hizo jadear bajito.

Esto es lo que busco, esa chispa que enciende todo.

Acto uno del deseo: el beso. Me volteó la cara con gentileza, y sus labios tocaron los míos. Suaves al principio, probando, saboreando el tequila en mi boca. Luego, hambre. Lengua invadiendo, danzando con la mía, un sabor salado y dulce que me mareó. Gemí contra su boca, sintiendo su erección presionando mi muslo. Sus manos subieron por mi espalda, desabrochando el sostén con maestría, mientras yo tiraba de su camisa, queriendo sentir su pecho duro, cubierto de vello que raspaba delicioso mis palmas.

La noche avanzaba, y el parque se sentía nuestro. Me recargó en el respaldo de la banca, besando mi cuello, mordisqueando la piel sensible. Olía a jazmín del parque mezclado con su excitación, ese musk animal que me humedecía la tanga. —Eres fuego, nena —murmuró, voz ronca—. Quiero saber qué es una pasión en la vida contigo. Sus palabras me encendieron más. Le respondí bajito: —Es esto, pendejo, es devorarnos vivos.

El medio tiempo de la escalada fue en su depa, a unas cuadras. Subimos las escaleras besándonos, tropezando, riendo como locos. Adentro, luz baja, posters de la CDMX en las paredes, olor a café viejo y sábanas limpias. Me quitó el vestido despacio, admirando mi cuerpo desnudo, curvas iluminadas por la luna que entraba por la ventana. Sus ojos devorándome me hicieron sentir diosa. Yo le bajé el pantalón, liberando su verga gruesa, palpitante, con venas marcadas que lamí con la lengua, saboreando la sal de su piel, el pre-semen que goteaba.

Caímos en la cama, cuerpos enredados. Sus manos exploraban: pellizcando mis pezones rosados hasta que dolían placenteros, bajando por mi vientre suave, metiéndose entre mis piernas. Sentí sus dedos gruesos abriendo mi concha empapada, rozando el clítoris hinchado.

¡Ay, cabrón, no pares! Cada roce era electricidad, mi pulso retumbando en los oídos, el sonido húmedo de mis jugos chorreando.
Gemí fuerte, arqueándome, mientras él me comía entera, lengua plana lamiendo desde el ano hasta el botón, chupando con hambre. Su barba raspaba mis labios mayores, un dolorcito exquisito que me llevó al borde.

Pero no solté todavía. Lo volteé, cabalgándolo despacio. Su verga entrando en mí centímetro a centímetro, estirándome, llenándome hasta el fondo. El olor de sexo llenaba la habitación, sudor perlando nuestras pieles. Movía las caderas en círculos, sintiendo cada vena frotando mis paredes internas, su pubis chocando contra mi clítoris. Él gruñía, manos en mis nalgas, amasándolas, dando nalgadas suaves que resonaban. —¡Más rápido, amor! ¡Dame todo! aceleré, pechos rebotando, el slap-slap de carne contra carne mezclándose con nuestros jadeos.

La intensidad subía. Cambiamos posiciones: él encima, misionero profundo, mirándonos a los ojos. Sentía su peso delicioso, sus embestidas potentes sacudiendo la cama. Mi uñas en su espalda, dejando marcas rojas. El clímax se acercaba, tensión en mi bajo vientre como una ola gigante.

Qué es una pasión en la vida si no este éxtasis, esta unión salvaje donde nada más existe.
Él lo sintió, aceleró, verga hinchándose más dentro de mí.

El final estalló. Grité su nombre, mi concha contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo, jugos salpicando sus bolas. Él rugió, corriéndose profundo, chorros calientes bañando mi útero, prolongando mi orgasmo en oleadas. Colapsamos, sudorosos, pegajosos, respiraciones entrecortadas. Su semen goteaba de mí, mezclándose con mis fluidos en las sábanas.

El afterglow fue tierno. Me acurruqué en su pecho, oyendo su corazón galopando calmándose. Besos suaves en la frente, caricias perezosas. —Neta, eso fue qué es una pasión en la vida —dijo él, riendo bajito. Yo asentí, sintiendo paz profunda. No era para siempre, pero esa noche me recordó que la pasión vive en los momentos robados, en el tacto de un amante que te hace sentir invencible.

Salí al amanecer, con el sol tiñendo el cielo de rosa, piernas flojas y sonrisa boba. La ciudad despertaba, pero yo llevaba el fuego dentro, lista para más. Porque ahora sabía: una pasión en la vida es eso que te quema y te reconstruye.

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