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Rompiendo el Control de las Pasiones

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Rompiendo el Control de las Pasiones

Ana siempre se había enorgullecido de su control de las pasiones. En el ajetreo de la Ciudad de México, donde las luces de Polanco parpadeaban como estrellas caídas, ella navegaba la vida con la precisión de un reloj suizo. Diseñadora gráfica freelance, de treinta y dos años, con curvas que volvían locos a los hombres pero que ella mantenía bajo llave. Yo controlo lo que siento, se repetía cada mañana frente al espejo de su departamento en la colonia Roma, mientras el aroma del café recién molido llenaba el aire.

Esa noche, la invitaron a la fiesta de cumpleaños de su amiga Lupe en la terraza de un penthouse. El viento fresco traía el olor a jazmín de los maceteros y el humo dulce del carbón de las taquizas improvisadas. La música retumbaba: un remix de cumbia sonidera que hacía vibrar el piso de madera. Ana llevaba un vestido negro ajustado que rozaba sus muslos con cada paso, sintiendo la tela suave contra su piel morena. Tomó un sorbo de su paloma helada —tequila, toronja y un toque de sal— y dejó que el líquido fresco bajara por su garganta, despertando un cosquilleo en su vientre.

Entonces lo vio. Diego, wey alto y fornido, con camisa de lino blanca arremangada mostrando antebrazos tatuados con calacas estilizadas. Pelo negro revuelto, sonrisa pícara que prometía problemas. Estaba platicando con unos cuates cerca de la barra, riendo con esa carcajada grave que se colaba por encima de la música. Sus ojos se cruzaron. Él levantó su chela en saludo, y ella, por puro instinto, le devolvió una mirada cargada.

¿Qué chingados? ¿Yo coqueteando así de la neta?
pensó, pero su cuerpo ya respondía: pezones endureciéndose bajo el vestido, un calor húmedo entre las piernas.

Se acercó, fingiendo casualidad. —Órale, güey, ¿vienes seguido a estas broncas? —le dijo, con voz juguetona, el slang mexicano saliendo natural como el chile en el guisado.

Él se giró, ojos devorándola de arriba abajo. —Neta que no, pero ahora que te vi, me quedo pa’l desmadre completo. Soy Diego, carnal de Lupe.

Charlaron. Él era arquitecto, fan de las cantinas antiguas de la CDMX, le contó anécdotas de remodelar una en el Centro. Ella rió, oliendo su colonia amaderada mezclada con sudor fresco. Cada roce accidental —su mano en su espalda baja guiándola al baño— enviaba chispas por su espina. El control de las pasiones empezaba a resquebrajarse. No seas pendeja, Ana, solo platica y ya, se ordenó, pero cuando él la invitó a bailar, sus pies ya se movían.

La pista improvisada era un caos de cuerpos sudados. Cumbia pegajosa, luces neón parpadeando. Diego la pegó a él, cadera contra cadera. Sintió su verga endureciéndose contra su pubis, dura como piedra a través del pantalón. —Estás rica, wey —murmuró en su oído, aliento caliente con sabor a cerveza. Ella jadeó, manos en su pecho firme, uñas arañando leve la camisa. El ritmo los mecía, fricción deliciosa. Su clítoris palpitaba, panti empapado rozando contra él. Olía a su excitación mezclada con el perfume de ella, jazmín y deseo crudo.

Vámonos de aquí —susurró ella al fin, voz ronca. Él asintió, ojos oscuros de lujuria. Bajaron en el elevador privado, solos. Apenas cerraron la puerta, se devoraron. Boca contra boca, lenguas enredadas con sabor a tequila y saliva dulce. Manos por todos lados: él amasando sus nalgas, ella metiendo dedos en su pelo. El ding del elevador los separó, riendo como chavos pendejos.

El departamento de Diego estaba a dos cuadras, en un edificio chido con vista al skyline. Entraron tambaleantes, besos furiosos. Él prendió una luz tenue, aroma a sándalo de velas apagadas. La llevó al sillón de piel, pero ella lo empujó contra la pared. —A ver quién controla aquí, cabrón —dijo, mordiendo su cuello, saboreando sal de su piel. Él gruñó, manos subiendo su vestido, quitándole el bra de encaje. Pechos libres, oscuros pezones duros como balas. Los chupó, lengua girando, succionando hasta que ella gimió alto, ¡Ay, qué rico, pendejo!

Se tumbaron en la cama king size, sábanas frescas de algodón egipcio. Desnudos ya, piel contra piel. Él olía a hombre puro: sudor, testosterona, un toque de jabón. Ana lo montó, besando su torso velludo, bajando hasta su verga gruesa, venosa, goteando pre-semen. La lamió despacio, lengua plana desde bolas hasta glande, sabor salado-musgoso. Él jadeó: —Chíngame la vida, morra. Ella succionó, cabeza subiendo bajando, saliva chorreando, garganta acomodándose a su tamaño. Manos en sus bolas pesadas, masajeando.

Pero el control de las pasiones era mutuo. Él la volteó, boca en su coño depilado, labios hinchados brillando. Lengua hurgando clítoris, dedos curvados adentro tocando ese punto que la hacía arquear. —Estás chingona mojada, Ana —dijo, chupando jugos dulces-ácidos. Ella gritó, caderas moviéndose solas, olor a sexo llenando la habitación. Olas de placer subiendo, pero no soltó aún.

Lo quiero adentro, ya, carajo
, pensó, tirando de su pelo.

Él se puso condón —siempre responsable, güey precavido— y la penetró despacio. Estirándola, centímetro a centímetro, llenándola hasta el fondo. —¡Qué chingón se siente! —gimió ella, uñas en su espalda. Empezaron lento, mirándose ojos, respiraciones sincronizadas. Ritmo building: él embistiendo más duro, ella clavándose, pelvis chocando con palmadas húmedas. Sudor goteando, mezclándose. Sonidos: camas crujiendo, gemidos guturales, pieles aplastándose. Él mordía sus tetas, ella lamía su oreja, susurrando guarradas: —Más fuerte, rómpeme, wey.

La volteó a cuatro patas, vista al espejo del clóset. Vio su cara de puta en éxtasis, pelo revuelto, él detrás como toro, verga entrando saliendo reluciente. Manos en caderas, jalando pelo suave. Tocó su clítoris mientras la cogía, dedos resbalosos. Tension building, coño apretando, bolas contra su culo. —Voy a venirme, Ana —gruñó él.

Yo primero, cabrón —jadeó ella. Explosión: orgasmo la sacudió como terremoto, chorros calientes, piernas temblando, grito ahogado. Él siguió, embistes brutales, hasta vaciarse rugiendo, cuerpo colapsando sobre ella.

Afterglow. Acostados enredados, piel pegajosa enfriándose. Él la besó frente, suave. —Neta que rompiste mi control también —dijo riendo bajito.

Ella sonrió, dedo trazando su tatuaje. Al diablo el control de las pasiones, pensó, sintiendo su corazón latiendo contra el de él. Afuera, la ciudad zumbaba indiferente, pero adentro, todo era paz caliente, promesa de más noches sin frenos. Mañana volvería a su rutina, pero esa noche, las pasiones habían ganado, y qué chido se sentía.

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