Cañaveral de Pasiones Capitulo 73
El sol de mediodía caía a plomo sobre el cañaveral de pasiones en Veracruz, ese mar verde y espeso que se mecía con el viento como si guardara secretos ancestrales. Julia caminaba entre las cañas altas, sintiendo cómo el sudor le perlaba la piel morena, resbalando por su escote en un río tibio que le hacía cosquillas hasta el ombligo. El aire estaba cargado del olor dulce y terroso de la caña madura, mezclado con el salitre del Golfo que llegaba en ráfagas. Cada paso crujía bajo sus botas, y el roce de las hojas anchas contra sus brazos desnudos era como caricias ásperas de un amante impaciente.
¿Qué chingados hago aquí sola, neta? pensó Julia, mientras su mente divagaba en recuerdos que le aceleraban el pulso. Hacía meses que no pisaba este lugar, desde que Pablo se había ido a la ciudad grande, dejándola con el corazón hecho mierda y el cuerpo pidiendo venganza. Pero hoy, algo la había arrastrado de vuelta, como si el cañaveral mismo la llamara con sus susurros.
De pronto, una sombra se movió entre las cañas.
¡Órale, wey, no me asustes!gritó ella, deteniéndose en seco. Pablo emergió sonriendo, con esa chingonería en los ojos cafés que siempre la desarmaba. Alto, fornido por el trabajo en el campo, con la camisa blanca pegada al pecho por el sudor, oliendo a hombre de tierra y esfuerzo.
—Julia, mi reina —dijo él con voz ronca, acercándose despacio—. ¿Qué haces en nuestro cañaveral de pasiones, capítulo 73 de esta novela que no acaba?
Ella soltó una risa nerviosa, pero su cuerpo ya traicionaba el juego. Los pezones se le endurecieron bajo la blusa ligera, y un calor húmedo se instaló entre sus muslos. —Pendejo —murmuró, juguetona—. ¿Volviste para joderme la vida otra vez?
Él se acercó más, hasta que sus alientos se mezclaron. El olor de su piel, mezcla de sudor fresco y loción barata de mercado, le invadió las fosas nasales. Julia sintió el pulso en las sienes, el corazón latiéndole como tambor de son jarocho lejano.
La tensión creció como la caña en temporal. Pablo extendió la mano y rozó su mejilla, el pulgar áspero trazando la línea de su mandíbula. —No vine a joderte, mi amor. Vine a reclamarte —susurró, y sus labios capturaron los de ella en un beso que empezó suave, como brisa marina, y explotó en hambre voraz.
Las lenguas se enredaron, saboreando el salado del sudor y el dulzor de la fruta que él había comido antes. Julia gimió bajito, presionando su cuerpo contra el de él, sintiendo la dureza de su verga ya tiesa contra su vientre. Las cañas los rodeaban como cortinas verdes, ocultándolos del mundo, solo el zumbido de insectos y el viento como testigos.
Acto de escalada: Se adentraron más en el cañaveral, las cañas rozándolos como dedos curiosos. Pablo la empujó suavemente contra un tallo grueso, besándole el cuello mientras sus manos expertas desabotonaban su blusa. El aire fresco besó sus tetas liberadas, grandes y firmes, con pezones oscuros erguidos como botones de cacao.
—Estás más rica que nunca, Julia —gruñó él, lamiendo un pezón con la lengua plana, succionando hasta que ella arqueó la espalda. El placer le subió por la espina como rayo, haciendo que sus piernas temblaran.
¡Ay, cabrón, no pares! Esto es lo que necesitaba, esta pasión que me quema por dentro, pensó ella, mientras sus uñas se clavaban en los hombros anchos de Pablo.
Ella no se quedó atrás. Bajó la mano por su pecho velludo, sintiendo los músculos contraídos bajo la piel caliente, hasta llegar al bulto en sus jeans. Lo masajeó con firmeza, oyendo su jadeo ronco que se mezclaba con el crujir de las cañas. —Quítate esto, wey. Quiero sentirte todo —exigió, y él obedeció, bajándose los pantalones con prisa. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, con la cabeza brillante de precum que olía a deseo puro.
Julia se arrodilló en la tierra blanda, el olor fértil del suelo subiéndole por la nariz. Tomó su miembro en la mano, sintiendo el calor pulsante, las venas latiendo como su propio corazón. Lo lamió desde la base hasta la punta, saboreando el gusto salado y almizclado, mientras Pablo gemía ¡chinga, qué chido! y enredaba los dedos en su cabello negro.
Él la levantó, volteándola contra las cañas. Le bajó los shorts con urgencia, exponiendo su culo redondo y la concha empapada, hinchada de necesidad. El vello púbico oscuro brillaba con sus jugos. Pablo se arrodilló ahora, separando sus nalgas con manos fuertes. Su lengua encontró su clítoris, lamiendo en círculos lentos, chupando los labios mayores hasta que ella gritó, el sonido ahogado por el viento.
Sabía a miel de caña y mujer en celo, pensó él, mientras introducía un dedo grueso en su interior resbaladizo, curvándolo para rozar ese punto que la hacía convulsionar. Julia se mordió el labio, el placer acumulándose como tormenta, oleadas de calor subiendo desde el vientre.
¡Más, Pablo, dame más! No seas mamón, hazme tuya ya.
La intensidad subió. Él se puso de pie, frotando su verga contra su entrada húmeda, untándola de sus fluidos. —¿Me quieres adentro, mi reina? —preguntó, voz temblorosa de contención.
—¡Sí, carajo! Chíngame fuerte —suplicó ella, empujando hacia atrás.
Entró de un solo golpe, llenándola por completo. El estiramiento ardiente la hizo gritar de placer, sintiendo cada centímetro de él pulsando dentro. Pablo embestía con ritmo creciente, sus caderas chocando contra su culo con palmadas húmedas, el sonido rítmico como son de arpa. El sudor les chorreaba, mezclándose, goteando al suelo. Ella se tocaba el clítoris, círculos rápidos, mientras él le amasaba las tetas desde atrás, pellizcando pezones.
El cañaveral parecía vibrar con ellos: cañas meciéndose más fuerte, aire espeso de sus gemidos y el olor almizclado del sexo impregnando todo. Julia sentía el orgasmo acercándose, un nudo apretado en el bajo vientre, sus paredes contrayéndose alrededor de su verga. —¡Me vengo, Pablo! ¡Ay, Dios! —gritó, explotando en espasmos que la dejaron temblando, jugos corriendo por sus muslos.
Él la siguió segundos después, gruñendo como animal, vaciándose en chorros calientes dentro de ella, el semen derramándose cuando salió. Se derrumbaron juntos en la tierra suave, cuerpos entrelazados, respiraciones jadeantes calmándose poco a poco.
En el afterglow, Pablo la besó en la frente, su mano acariciando su vientre plano. El sol filtraba rayos dorados entre las cañas, pintando sus pieles sudorosas. —Esto es nuestro capítulo 73, Julia. Pero hay más por escribir —murmuró él.
Ella sonrió, sintiendo una paz profunda, el cuerpo saciado y el alma reconfortada.
Neta, este cañaveral de pasiones nos une para siempre. El viento susurraba promesas, y ellos se quedaron allí, envueltos en el verde eterno, sabiendo que la pasión solo acababa de renacer.