La Muerte de Daniela Pasión y Poder
En el corazón de Polanco, donde las luces de neón besan los cristales de los rascacielos, Daniela entró al bar con el paso de una reina. Su vestido negro ceñido al cuerpo como una segunda piel, realzando las curvas que volvían locos a los hombres. Olía a jazmín y a algo más prohibido, un perfume que prometía noches sin fin. Yo la vi desde la barra, mi pulso acelerándose como tambor de mariachi en fiesta. Soy Alejandro, el tipo que administra el poder en las sombras de esta ciudad, pero frente a ella, me sentía pendejo expuesto.
—Órale, guapo, ¿me invitas un tequila? —dijo con esa voz ronca, mexicana hasta la médula, que me erizó la piel.
Nos sentamos en una mesa apartada. Sus ojos cafés profundos me devoraban, y el aire se cargaba de esa electricidad que precede a la tormenta. Hablamos de todo y nada: del pinche tráfico de Reforma, de cómo el poder en México te come vivo si no lo manejas bien. Ella era Daniela, dueña de una cadena de galerías de arte, mujer de pasión y poder, neta. Su risa era un sonido cálido, como el sol de Coyoacán en primavera, y cada roce accidental de su mano en mi brazo mandaba chispas directo a mi entrepierna.
¿Por qué este cabrón me prende tanto? —pensé mientras sorbía mi trago—. Es como si su mirada me desnudara, me hiciera suya sin tocarme.
La tensión crecía con cada shot de Patrón. Sus piernas se rozaban contra las mías bajo la mesa, un juego sutil pero cañón. Al fin, no aguanté más.
—Vamos a mi penthouse, mamacita. Quiero probar ese fuego que traes.
Ella sonrió, felina, y asentimos. El elevador al piso 25 fue puro infierno dulce: su cuerpo pegado al mío, el olor a su piel mezclándose con el cuero de los asientos, mis manos en su cintura apretando esa carne firme.
Entramos al depa y la ciudad se extendía bajo nosotros como un mar de luces parpadeantes. Daniela se quitó los tacones con un suspiro de alivio, descalza sobre el mármol fresco. La llevé al sofá de piel, besándola con hambre. Sus labios sabían a tequila y miel, su lengua danzando con la mía en un duelo de voluntades. Le bajé el vestido despacio, revelando pechos perfectos, pezones duros como piedras preciosas bajo la luz tenue.
—Qué rico te sientes, Alejandro —murmuró, arañando mi espalda con uñas pintadas de rojo—. Pero yo mando aquí, ¿eh? Pasión y poder, eso soy yo.
Su mano bajó a mi pantalón, liberando mi verga tiesa como poste. La tocó con maestría, un apretón que me sacó un gemido gutural. Yo respondí chupando su cuello, inhalando ese aroma almizclado de su excitación creciente. La recosté, besando su vientre plano, bajando hasta ese triángulo de vello recortado que olía a mujer en celo.
Mierda, su boca en mí... me va a volver loca. Quiero montarlo, sentirlo romperme entera.
Le abrí las piernas, lamiendo su clítoris hinchado. Ella jadeaba, caderas alzándose, el sonido de su placer como música ranchera erótica. Chup chup, mi lengua girando, saboreando sus jugos salados y dulces. Sus muslos temblaban contra mis orejas, piel suave como seda contra mi barba incipiente.
—¡No pares, cabrón! ¡Así! —gritaba, tirando de mi pelo.
La volteé, poniéndola a cuatro patas sobre el sofá. Su culo redondo me invitaba, y le di una nalgada juguetona que sonó como latigazo en el aire. Entré en ella de un empujón lento, sintiendo su calor húmedo envolviéndome centímetro a centímetro. ¡Qué chingón! Estrecha, ardiente, contrayéndose alrededor de mí como puño de terciopelo.
Empezamos el ritmo: yo embistiendo profundo, ella empujando hacia atrás, piel contra piel en palmadas rítmicas. El sudor nos cubría, goteando, mezclando olores de sexo y colonia cara. Sus tetas se mecían con cada golpe, y yo las amasaba desde atrás, pellizcando pezones que la hacían gemir más fuerte. La ciudad rugía abajo, autos pitando como fondo a nuestra sinfonía privada.
—Más fuerte, pendejo. ¡Dame todo tu poder! —exigía, voz entrecortada.
Cambié posiciones, sentándola en mi regazo frente al ventanal. Sus ojos fijos en los míos, cabalgándome con furia. Sentía su corazón latiendo contra mi pecho, pulsos desbocados sincronizados. Mis manos en sus caderas guiándola, arriba abajo, el roce de su clítoris contra mi pubis enviando ondas de placer.
Este hombre me llena como nadie. Su verga gruesa me estira, me hace sentir viva, poderosa. La pasión y poder que siempre busqué, aquí está, clavado en mí.
La tensión subía como volcán, sus paredes internas apretándome más. Yo mordía su hombro, saboreando sal del sudor, mientras ella clavaba uñas en mi cuello. Gemidos se volvían gritos: ¡Ay, Dios! ¡Qué rico! ¡No pares! El aire olía a sexo puro, espeso, imposible de ignorar.
Aceleramos, cuerpos chocando con fuerza animal. Sus pechos rebotando contra mi cara, yo lamiéndolos, chupando. Ella se arqueó, temblando, y sentí la contracción: su orgasmo acercándose como ola gigante.
—¡La muerte de Daniela! —gritó de pronto, riendo entre jadeos—. ¡Pasión y poder, carajo!
Explosión. Su cuerpo convulsionó, jugos inundándome, un grito largo y gutural que retumbó en el penthouse. Yo la seguí segundos después, vaciándome dentro de ella en chorros calientes, el placer cegador como la muerte misma, ese pico donde todo se apaga en éxtasis. Colapsamos juntos, pegados, respiraciones entrecortadas sincronizándose poco a poco.
Nos quedamos así, enredados en el sofá, la noche envolviéndonos. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón calmarse. Afuera, la ciudad seguía su ajetreo, indiferente a nuestra batalla ganada.
—Neta, Alejandro, eso fue... inolvidable —susurró, trazando círculos en mi piel con el dedo—. La muerte de Daniela pasión y poder, como si hubieras despertado algo dormido en mí.
La besé la frente, oliendo su pelo revuelto.
—Tú mandas, reina. Siempre.
En el afterglow, con el cuerpo lánguido y satisfecho, supe que esto era solo el principio. Ella, con su pasión y poder, me había conquistado. Y yo, dispuesto a morir mil veces en sus brazos.