Pasión y Poder Capítulo 85 El Fuego del Mandón
Daniela se recargaba en el amplio ventanal de su penthouse en Polanco, con la Ciudad de México extendiéndose como un mar de luces titilantes bajo el cielo nocturno. El aroma a jazmín de su perfume se mezclaba con el leve olor a tequila reposado que flotaba en el aire desde la botella abierta sobre la mesa de mármar. Llevaba un vestido negro ajustado que acentuaba sus curvas generosas, y sus tacones altos resonaban con cada paso que daba sobre el piso de madera pulida. Hacía semanas que la tensión con Alejandro había escalado, ese hombre que era su socio en los negocios y su némesis en la cama. Pasión y poder capítulo 85, pensó con una sonrisa pícara, como si su vida fuera una novela erótica interminable donde cada encuentro era un capítulo más ardiente.
La puerta se abrió con un chasquido suave, y ahí estaba él, Alejandro, con su traje impecable hecho a la medida, el cabello negro peinado hacia atrás y esa mirada de depredador que la hacía temblar por dentro. Olía a sándalo y a hombre poderoso, un perfume que le erizaba la piel. “Buenas noches, reina”, dijo con voz grave, cerrando la puerta tras de sí. Sus ojos la recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en el escote que dejaba ver el nacimiento de sus senos firmes.
“¿Qué haces aquí tan tarde, mandón?”, respondió ella, girándose con lentitud para que él apreciara el movimiento de sus caderas. Su corazón latía fuerte, un pulso acelerado que sentía en la garganta. Quería jugar, quería que él la tomara, pero no sin pelear por el control primero. Era su juego favorito: pasión y poder en equilibrio precario.
Él se acercó, sus zapatos italianos pisando con firmeza. Extendió la mano y rozó su brazo desnudo con las yemas de los dedos, un toque eléctrico que envió chispas por su espina dorsal. “Vine por lo que es mío”, murmuró, su aliento cálido contra su oreja. Daniela sintió el calor de su cuerpo invadiendo el espacio entre ellos, el roce de su pecho contra el suyo.
Pinche cabrón, siempre sabe cómo encenderme, pensó ella, mordiéndose el labio inferior.
Acto primero: la provocación. Sus labios se encontraron en un beso feroz, lenguas danzando con hambre contenida. Él la empujó contra el ventanal, el vidrio frío contrastando con el fuego de sus bocas. Daniela metió las manos bajo su saco, sintiendo los músculos duros de su abdomen, el latido acelerado de su corazón bajo la camisa de seda. “Te deseo tanto que duele”, jadeó él, bajando las manos a sus nalgas y apretándolas con posesión.
Ella rio bajito, un sonido ronco y sensual. “¿Y quién dice que te lo voy a dar fácil, pendejo?” Le mordió el cuello, saboreando el salado de su piel sudada. El olor a excitación empezaba a llenar la habitación, ese almizcle íntimo que los volvía locos. Sus pezones se endurecieron bajo el vestido, rozando la tela con cada respiración agitada.
La tensión crecía como una tormenta. Daniela lo empujó hacia el sofá de cuero negro, haciéndolo caer sentado. Se subió a horcajadas sobre él, frotando su entrepierna contra la dureza que crecía en sus pantalones. “Hoy mando yo”, susurró, desabrochando su camisa con dedos temblorosos de anticipación. El sonido de los botones saltando fue como un preludio musical, seguido del zipper que bajaba con un zumbido prometedor.
Alejandro gruñó, sus manos subiendo por sus muslos, arrugando el vestido hasta la cintura. “Eres una diosa, Dani. Mi diosa.” Sus dedos encontraron el encaje de sus panties, húmedas ya por el deseo. Ella jadeó cuando él las apartó, rozando su clítoris hinchado con el pulgar. El placer fue un rayo, haciendo que sus caderas se movieran solas, buscando más.
En el corazón de la noche, la escalada. Daniela se incorporó, quitándose el vestido con un movimiento fluido, quedando solo en lencería roja que contrastaba con su piel morena. Él la miró embobado, los ojos oscuros brillando de lujuria. “Qué chingona estás”, murmuró, incorporándose para besar sus senos, succionando un pezón a través del encaje. El sonido húmedo de su boca, el tirón en su carne sensible, la hizo arquear la espalda. Olía a su propia excitación ahora, dulce y salada, mezclada con el cuero del sofá.
Ella lo despojó del resto de la ropa, liberando su verga erecta, gruesa y pulsante. La tomó en la mano, sintiendo el calor, las venas hinchadas bajo su palma. “Mira lo que me haces, corazón”, dijo él con voz ronca. Daniela se arrodilló entre sus piernas, el piso duro contra sus rodillas, pero no le importaba. Lo miró a los ojos mientras lamía la punta, saboreando el precum salado. Él gimió, enredando los dedos en su cabello largo. “Sí, así, muévete como reina.”
Lo tomó más profundo, la boca llena, la lengua girando alrededor del glande. El sonido de su succión, los jadeos de él, llenaban el aire. Sus propias bragas estaban empapadas, el clítoris latiendo con necesidad. Se tocó a sí misma, metiendo dos dedos en su coño resbaladizo, imaginando que era él.
Pasión y poder, capítulo 85: el momento en que cedo un poco para ganar todo.
Alejandro la levantó con facilidad, como si no pesara nada, y la tumbó en el sofá. Le arrancó las panties con un tirón, exponiendo su sexo depilado y brillante. Bajó la cabeza, inhalando su aroma embriagador. “Hueles a pecado, nena.” Su lengua la invadió, lamiendo desde el ano hasta el clítoris, chupando con avidez. Daniela gritó, las uñas clavándose en sus hombros. “¡Ay, Dios, qué rico! No pares, cabrón.” El placer la atravesaba en olas, sus muslos temblando alrededor de su cabeza.
La intensidad subía. Él se posicionó entre sus piernas, la verga rozando su entrada húmeda. “¿Me quieres adentro?”, preguntó con voz juguetona, torturándola con roces. “¡Sí, métemela ya!”, exigió ella, envolviendo las piernas en su cintura. Entró de un solo empujón, llenándola por completo. El estiramiento delicioso, el roce de su grosor contra sus paredes internas, la hizo ver estrellas. Se movieron juntos, un ritmo primitivo: él embistiendo profundo, ella clavando las caderas para encontrarlo.
El sudor perlaba sus cuerpos, el sonido de piel contra piel como un tambor frenético. “Eres tan apretada, tan perfecta”, gruñó él, mordiendo su hombro. Ella arañó su espalda, dejando marcas rojas. “Más fuerte, Alejandro, hazme tuya.” El olor a sexo impregnaba todo, el sabor de sus besos salado y desesperado. Sus pechos rebotaban con cada estocada, los pezones rozando su pecho velludo.
El clímax se acercaba como un tren desbocado. Daniela sintió la presión en su vientre, el coño contrayéndose alrededor de él. “Me vengo, me vengo... ¡Sí!” Gritó, el orgasmo explotando en colores detrás de sus párpados cerrados. Oleadas de placer la sacudieron, el líquido caliente brotando de ella, empapando sus unidos sexos. Alejandro la siguió segundos después, gruñendo su nombre mientras se vaciaba dentro, chorros calientes que la llenaban hasta rebosar.
Se derrumbaron juntos, jadeantes, cuerpos entrelazados en el sofá. El afterglow era dulce: el latido compartido de sus corazones, el roce perezoso de sus manos. Él besó su frente, suave ahora. “Eres mi todo, Dani. Pasión y poder, pero contigo, siempre gano.” Ella sonrió, trazando círculos en su pecho.
Capítulo 85 cerrado con un suspiro. ¿Qué vendrá en el 86? Solo el tiempo y nuestro fuego lo dirán.
La noche los envolvió en paz, el skyline de la ciudad testigo silencioso de su unión. En ese penthouse de lujos, habían encontrado el verdadero equilibrio: rendirse para conquistar, amar con toda la fuerza del alma mexicana, ardiente y sin reservas.