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Libro de las Pasiones del Corazón de Dios

6278 palabras

Libro de las Pasiones del Corazón de Dios

Entré a esa librería antigua en el corazón del Centro Histórico, con el bullicio de la gente allá afuera y el aroma a papel viejo invadiéndome las fosas nasales. Órale, qué chido lugar, pensé, mientras mis dedos rozaban los lomos polvorientos. Ahí estaba, en un rincón olvidado: Libro de las Pasiones del Corazón de Dios. El título me erizó la piel, como si prometiera secretos prohibidos disfrazados de fe. Lo abrí un segundo, las páginas crujieron suaves, y unas palabras saltaron: "Las pasiones divinas arden en el pecho mortal, esperando ser liberadas". Neta, sentí un cosquilleo entre las piernas, un calor que subía despacito.

El dependiente, un morro alto y guapísimo con ojos cafés que brillaban como chocolate derretido, me miró con una sonrisa pícara. "Ese libro es especial, carnala. Dice que toca el alma... y otras cosas", me dijo con voz ronca, guiñándome el ojo. Se llamaba Diego, y su colonia barata mezclada con sudor fresco me mareó un poco. "¿Te animas a llevarlo? Te lo dejo en un varo menos". Simón, contesté, pagando rápido para no delatar el pulso acelerado en mi muñeca. Salí con el paquete bajo el brazo, el sol de la tarde calentándome la nuca, imaginando qué demonios escondía ese libro de las pasiones del corazón de Dios.

En mi depa en la Roma, con la luz tenue del atardecer filtrándose por las cortinas, me tiré en la cama y lo devoré. Las páginas hablaban de un dios que no era frío ni lejano, sino un amante feroz, con toques que encendían fuegos eternos. "Siente su aliento en tu cuello, el roce de su esencia divina en tu carne temblorosa". Wey, qué rico, me dije, mientras mi mano bajaba sola por mi vientre. El aire olía a mi propia excitación, dulce y salada, y mis pezones se endurecieron contra la blusa. Me toqué despacio, imaginando manos fuertes en vez de las mías, pero paré antes del clímax. No mames, necesitaba más. Pensé en Diego, en su mirada que prometía desmadre.

¿Y si lo invito? ¿Y si este libro es la llave para algo cabrón?

Le marqué al número que garabateó en la bolsa. "Órale, Ana, ¿ya lo leíste? ¿Te prendió?", su voz al teléfono era como terciopelo raspado. "Ven al café de la esquina mañana, te platico". El corazón me latía a todo lo que daba, un tambor en el pecho.

Acto segundo: la escalada Al día siguiente, en el café con olor a café de olla y pan dulce fresco, Diego llegó con jeans ajustados que marcaban todo. Nos sentamos cerca, piernas rozándose bajo la mesa. Saqué el libro. "Mira esto", le leí en voz baja: "Las pasiones del corazón de Dios se desatan en el beso que une almas y cuerpos". Sus ojos se oscurecieron, y su mano cubrió la mía, pulgares acariciando mi palma. "Neta, Ana, me estás poniendo caliente con eso". Sentí su calor irradiando, el roce de su piel áspera contra la mía suave, enviando chispas por mi espina.

Hablamos horas, riendo de pendejadas, pero la tensión crecía como tormenta. "Este libro no es de iglesia, wey. Habla de desear sin culpa, de follar como dioses", le confesé, mordiéndome el labio. Él se acercó, aliento a menta y deseo. "Muéstrame más". En su coche, camino a su casa en la Condesa, le leí fragmentos mientras su mano subía por mi muslo, dedos fuertes apretando carne. "Para, o choco", jadeó él, riendo nervioso. El motor rugía, mi coño palpitaba al ritmo.

En su depa, luces bajas, música de José Alfredo de fondo suave, nos besamos por fin. Sus labios eran firmes, lengua explorando mi boca con hambre santa. "Qué rico sabes, Ana, como miel de maguey", murmuró contra mi cuello, mordisqueando suave. Olía a él, a hombre limpio con un toque de sudor excitado. Me quitó la blusa despacio, besando cada centímetro de piel expuesta. Mis tetas se liberaron, pezones duros como piedras, y él los lamió con devoción, chupando hasta que gemí alto. ¡Virgen santa, esto es el paraíso!

"Diego, no pares, cabrón, me tienes loca".

Sus manos bajaron mi falda, dedos colándose en mi tanga húmeda. "Estás chorreando, preciosa", gruñó, metiendo dos dedos adentro, curvándolos justo ahí. El sonido chapoteante de mi jugo llenó la habitación, mezclado con mis jadeos roncos. Me corrí rápido, piernas temblando, olas de placer rompiéndome en pedazos. Pero él no paró. Me tumbó en la cama, sábanas frescas oliendo a lavanda, y se quitó la ropa. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, goteando pre-semen. "Chúpamela, Ana, como si fuera el fruto prohibido del libro".

Me arrodillé, lengua lamiendo la punta salada, saboreando su esencia masculina. La tragué profunda, garganta relajada, mientras él gemía "¡Qué chingón, wey!" y enredaba dedos en mi pelo. El olor almizclado de su pubis me volvía loca, bolas pesadas rozando mi barbilla. Lo mamé con ganas, hasta que me jaló arriba. "Ahora fóllame, Diego, dame todo". Se puso condón rápido, y entró despacio, estirándome delicioso. "¡Ay, carajo, qué prieta!", rugió, embistiendo hondo.

Nos movimos en ritmo perfecto, piel contra piel chapoteando, sudor perlando cuerpos. Sus manos amasaban mis nalgas, yo clavaba uñas en su espalda musculosa. "Más fuerte, pendejo, hazme tuya", le supliqué, y él obedeció, polla golpeando mi clítoris con cada estocada. El placer subía, espiral infinito, hasta explotar. Grité su nombre, coño contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo. Él se vino segundos después, gruñendo como bestia, llenando el condón con chorros calientes.

Jadeando, colapsamos, cuerpos enredados, corazones galopando al unísono. Su semen residual olía fuerte, mezclado con mi aroma femenino. Me besó la frente, suave. "Ese libro nos jodió bien rico".

Despertamos al amanecer, rayos dorados bailando en la piel. Leímos más del libro de las pasiones del corazón de Dios, riendo de sus metáforas calientes. "Es como si Dios aprobara esto, ¿no?", dijo él, acariciándome el vientre. Sentí paz, un glow que no era solo físico. Las pasiones no eran pecado, eran vida pura, ardiente y divina.

Ahora, cada noche, abrimos el libro, y desatamos nuestras propias pasiones. Neta, quién iba a decir que un librito viejo cambiaría todo. Diego y yo, eternos amantes del corazón de Dios.

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