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Bajo la Mirada del Cristo de Pasion

6931 palabras

Bajo la Mirada del Cristo de Pasion

La noche en Taxco estaba cargada de incienso y murmullos devotos. Las calles empedradas vibraban con el eco de las matracas y los cantos roncos de los penitentes. Yo, Ana, había llegado esa Semana Santa buscando algo más que tradición: un fuego que me quemara por dentro. El aire olía a cera derretida y a jazmín silvestre que trepaba por las fachadas coloniales. Mis tacones resonaban contra las piedras húmedas mientras me acercaba a la procesión del Cristo de Pasión.

Ahí estaba él, el Cristo de Pasión, sobre su anda oscura, con esa piel morena que parecía viva bajo las velas titilantes. Sus ojos, profundos y acusadores, me clavaron en el sitio. No era solo devoción lo que sentía; era un cosquilleo traicionero entre las piernas, un calor que subía por mi vientre como si el santo mismo me estuviera desnudando con la mirada. ¿Qué chingados me pasa? pensé, apretando las muslos bajo mi huipil ligero. La multitud lo rodeaba, pero yo solo lo veía a él, su torso musculoso arqueado en agonía y éxtasis.

De pronto, un roce en el hombro. Volteé y ahí estaba Javier, un moreno alto con ojos como pozos de obsidiana y una sonrisa pícara que prometía pecados. Llevaba una playera negra ajustada que marcaba sus pectorales y jeans gastados que colgaban bajos en las caderas. Qué chulo, wey, se me escapó en la mente. “¿Primera vez viendo al Cristo de Pasión?”, me dijo con voz grave, oliendo a tabaco y tierra mojada.

“Sí, pero ya me tiene... impactada”, respondí, mordiéndome el labio. Nuestras miradas se enredaron como las enredaderas del callejón. La procesión avanzaba, pero nosotros nos quedamos rezagados, hablando de Taxco, de la plata que él tallaba en su taller. Su risa era ronca, vibrante, y cada vez que se acercaba, su aliento cálido me rozaba la oreja. Sentía mi piel erizándose, los pezones endureciéndose contra la tela fina.

La tensión crecía con cada paso. Javier me tomó de la mano, guiándome por un callejón angosto donde las luces de las procesiones apenas llegaban. El olor a lluvia reciente se mezclaba con su aroma masculino, ese sudor limpio de hombre que trabaja con las manos. “Ven, te enseño un lugar donde el Cristo de Pasión se ve de cerca”, murmuró, y su pulgar acarició mi palma, enviando chispas directo a mi centro.

Esto es una locura, Ana. Estás en una procesión y piensas en follarte a un desconocido. Pero neta, su toque quema como el chile en la boca.

Llegamos a un mirador escondido, una terraza con vista a la iglesia donde el Cristo reposaba ahora, iluminado por antorchas. El viento fresco lamía mi piel, endureciendo más mis senos. Javier se paró detrás de mí, sus manos en mis caderas. “Míralo, tan apasionado. Como si supiera lo que sientes ahorita”, susurró, su pecho pegándose a mi espalda. Sentí su verga semi-dura presionando contra mis nalgas, gruesa y caliente a través de la tela.

Me giré despacio, nuestros rostros a centímetros. Sus labios carnosos se abrieron en una invitación muda. Lo besé primero, suave, probando el sabor salado de su piel, el dulzor de la pulque que había tomado antes. Nuestras lenguas danzaron, húmedas y urgentes, mientras sus manos subían por mi blusa, rozando mis costillas. Qué rico sabe, como a tequila y deseo puro.

La escalada fue natural, como la subida al Cerro de la Malinche. Javier me levantó contra la pared de adobe, fresco y áspero contra mi espalda. Desabrochó mi huipil con dedos hábiles, exponiendo mis tetas al aire nocturno. Sus ojos se oscurecieron de hambre. “Eres una diosa, pinche rica”, gruñó, chupando un pezón con avidez. El sonido húmedo de su boca succionando me hizo gemir bajito, el placer punzando como alfileres calientes. Mi coño palpitaba, mojado, rogando atención.

Le bajé los jeans, liberando su pito erecto, venoso y grueso, con un glande brillante de pre-semen. Lo masturbe lento, sintiendo su calor latiendo en mi puño, el olor almizclado de su excitación invadiendo mis fosas nasales. “Te quiero adentro, cabrón”, le dije, voz ronca de necesidad. Él rio, juguetón. “Paciencia, mi reina. Vamos a hacer que dure como la procesión”.

Me arrodillé en el suelo empedrado, ignorando las piedritas contra mis rodillas. Tomé su verga en la boca, saboreando la sal de su piel, el músculo tenso deslizándose por mi garganta. Javier jadeaba, enredando sus dedos en mi cabello. “¡Qué chingón chupas, wey!”, exclamó, su voz quebrándose. El sonido de su placer, gutural y animal, me empapaba más. Lamí sus bolas pesadas, inhalando su esencia terrosa.

Pero no quería acabar así. Me puse de pie, quitándome la falda con prisa. Mi tanga estaba empapada, el clítoris hinchado asomando. Javier me volteó, manos en mis nalgas, separándolas. “Mira esa raja chorreando”, murmuró, metiendo dos dedos en mi coño resbaladizo. Gemí fuerte, el sonido rebotando en las paredes. Sus dedos curvados rozaban mi punto G, enviando ondas de éxtasis que me hacían temblar. El jugo corría por mis muslos, cálido y pegajoso.

El Cristo de Pasión nos vigila desde abajo, testigo de esta follada sagrada. Siento su mirada bendiciendo cada embestida que viene.

Finalmente, Javier me penetró de un solo empujón, su pito abriéndose paso en mi interior apretado. ¡Ay, cabrón! grité, el estiramiento delicioso quemando como chile habanero. Empezó a bombear, lento al principio, cada roce de su pubis contra mi clítoris electrificando mis nervios. El slap-slap de carne contra carne se mezclaba con nuestros jadeos y el lejano rumor de la procesión. Sudor nos unía, salado en la piel, goteando entre mis tetas.

Aceleró, follándome duro contra la pared, sus bolas golpeando mi culo. “¡Más, pendejo, dame más!”, lo urgió, arañando su espalda. Sentía su verga hinchándose, palpitando dentro de mí, rozando cada rincón sensible. Mi orgasmo llegó como avalancha, contrayendo mi coño alrededor de él en espasmos violentos. Grité su nombre, el placer cegador, luces estallando detrás de mis párpados. Javier se corrió segundos después, llenándome con chorros calientes, gruñendo como bestia.

Nos quedamos unidos, respiraciones entrecortadas, el semen goteando por mis piernas. El viento secaba nuestro sudor, trayendo el incienso del Cristo de Pasión como bendición final. Javier me besó el cuello, suave ahora. “Eres inolvidable, Ana. Como él, pura pasión”.

Nos vestimos despacio, riendo bajito de nuestra osadía. Bajamos al pueblo tomados de la mano, el Cristo de Pasión ya guardado, pero su fuego ardiendo en nosotros. Esa noche, en mi cama de posada, revivimos el momento una y otra vez, pieles enredadas hasta el amanecer. Taxco ya no era solo plata y procesiones; era mi templo de deseo, marcado por el Cristo de Pasión y el hombre que me lo reveló.

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