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La Canción de la Pasión

8127 palabras

La Canción de la Pasión

La noche en Polanco estaba viva, con ese rumble de la ciudad que te envuelve como un abrazo caliente. Tú entras al bar, el aire cargado de humo de cigarros finos y perfume caro, mezclado con el olor dulce de tequila reposado. Las luces neón parpadean sobre la pista de baile, donde la gente se mueve al ritmo de la música norteña moderna. Llevas un vestido negro ajustado que roza tu piel con cada paso, haciendo que sientas un cosquilleo anticipado. ¿Qué pedo con esta vibra esta noche? piensas, mientras pides un margarita en la barra.

Esta salida era para desquitarte del pinche estrés del trabajo, wey. Pero neta, sientes que algo grande va a pasar.

De repente, los altavoces escupen las primeras notas de La Canción de la Pasión, esa rola que todos conocen, con su guitarra rasgueando como un suspiro ardiente y la voz ronca del cantante prometiendo fuegos prohibidos. El coro te eriza la piel: "La pasión quema, la pasión llama, déjate llevar por su llama". La pista explota en movimiento, cuerpos pegándose, sudor brillando bajo las luces. Tus caderas se mueven solas, el ritmo latiendo en tu pecho como un corazón acelerado.

Ahí lo ves. Alto, moreno, con una camisa blanca entreabierta que deja ver el vello oscuro en su pecho. Sus ojos te atrapan desde el otro lado de la pista, oscuros como el mezcal, con una sonrisa pícara que dice te quiero devorar. Se acerca bailando, su cuerpo rozando el tuyo accidentalmente al principio, pero luego no tanto. Sientes el calor de su piel a través de la tela, el olor de su colonia amaderada mezclándose con tu perfume de vainilla.

—Órale, qué buena onda que bailes así —te dice al oído, su aliento cálido oliendo a cerveza artesanal—. Soy Alex, ¿y tú, preciosa?

—Laura —respondes, tu voz ronca por el deseo que ya te sube por las venas—. Esta rola siempre me prende.

Bailan pegados, sus manos en tu cintura, firmes pero gentiles, deslizándose bajito hasta el borde de tus caderas. El sudor de su cuello brilla, y no puedes evitar lamerte los labios imaginando su sabor salado. La canción sube de volumen, el bajo retumbando en tu vientre, haciendo que tu clítoris palpite con cada vibración. La Canción de la Pasión parece escrita para este momento, sus letras flotando en el aire como un hechizo.

Acto uno termina cuando la rola acaba, pero la tensión apenas empieza. Se van a una mesa apartada, piden shots de tequila con limón y sal. Hablan de la vida en la CDMX, de cómo el tráfico te vuelve loca pero las noches como esta lo valen todo. Sus risas se mezclan, sus rodillas se tocan bajo la mesa, enviando chispas eléctricas por tus muslos. Neta, este wey me trae loca, piensas, mientras su mano roza la tuya al pasar el shot.

¿Y si me lo llevo? ¿Y si esta noche es la que recordaré por siempre? Mi cuerpo ya grita sí, mi cabeza solo busca excusas para no frenar.

La noche avanza, la segunda margarita te suelta las riendas. Salen a la terraza, el viento fresco de la ciudad besa tu piel caliente. Alex te acorrala contra la barandilla con delicadeza, su cuerpo presionando el tuyo. Sus labios rozan tu oreja:

—Laura, desde que te vi con esa canción, no puedo dejar de pensar en cómo serías gimiendo mi nombre.

Tu respuesta es un beso hambriento, tus lenguas danzando con sabor a tequila y limón, sus manos explorando tu espalda, bajando a apretar tus nalgas con fuerza juguetona. Sientes su erección dura contra tu vientre, gruesa y prometedora, y un gemido escapa de tu garganta. Qué chido se siente esto.

—¿Vienes conmigo? Vivo cerca —pregunta, ojos brillantes de lujuria compartida.

—Simón, llévame —susurras, tu mano bajando por su pecho hasta rozar esa protuberancia que late por ti.

El taxi es un torbellino de besos robados, sus dedos colándose bajo tu vestido, acariciando tus muslos húmedos. Llegan a su depa en la colonia Roma, un lugar chido con ventanales que miran las luces de la ciudad. La puerta se cierra con un clic que suena a liberación. Acto dos arranca con furia contenida: te empuja contra la pared, besos voraces, mordisqueando tu cuello mientras desabrochas su camisa. Su piel es caliente, músculos firmes bajo tus uñas, oliendo a hombre sudado y excitado.

Te carga a la cama king size, las sábanas frescas contrastando con el fuego de vuestros cuerpos. Se quita la ropa lento, provocándote, su verga saltando libre, venosa y tiesa, la punta brillando de precúm. Tú te desvestís, dejando que te mire con hambre, tus pechos turgentes, pezones duros como piedras, tu coño ya empapado goteando por tus piernas.

¡Carajo, qué ganas de sentirlo dentro! Esta tensión me va a matar si no pasa ya.

Empieza suave, besos en tu ombligo, lengua lamiendo tu piel hasta llegar a tus senos. Chupa un pezón, succionando con fuerza que te arquea la espalda, mientras su mano masajea el otro. Gimes bajito, el sonido reverberando en la habitación. Baja más, inhalando tu aroma almizclado de excitación, ese olor a mujer en celo que vuelve loco a cualquier carnal. Su lengua roza tu clítoris, círculos lentos al principio, luego rápidos, chupando tus labios mayores hinchados. Metes los dedos en su pelo, empujándolo más profundo, tus jugos cubriendo su barbilla.

—¡Alex, qué rico! No pares, wey —suplicas, caderas moviéndose solas contra su boca.

Te come como si fueras el postre más dulce, dos dedos entrando en ti, curvándose para tocar ese punto que te hace ver estrellas. El slap de sus dedos follando tu coño llena el aire, mezclado con tus jadeos y sus gruñidos. El orgasmo te pega como un rayo, olas de placer convulsionando tu cuerpo, gritando su nombre mientras chorreas en su boca.

Pero no para. Te voltea boca abajo, besando tu espinazo, mordiendo suave tus nalgas redondas. Su verga roza tu entrada, resbaladiza por tus fluidos. Te pregunta al oído:

—¿Quieres que te coja ya, mi reina?

—¡Sí, métemela toda! Hazme tuya —respondes, empinando el culo para él.

Entra despacio, centímetro a centímetro, estirándote deliciosamente. Sientes cada vena pulsando dentro, llenándote hasta el fondo. Gime ronco:

—¡Puta madre, qué apretadita y caliente estás!

Empieza a bombear, lento al inicio, saliendo casi todo para volver a hundirse, el choque de sus bolas contra tu clítoris enviando descargas. Aceleras juntos, la cama crujiendo, sudor goteando de su pecho a tu espalda. Cambian posiciones: tú encima, cabalgándolo como amazona, sus manos amasando tus tetas, pellizcando pezones. Rebotas fuerte, su verga golpeando profundo, el squelch húmedo de tu coño tragándoselo todo. Él se sienta, besos fieros, lenguas enredadas con sabor a tu propia esencia.

La intensidad sube, tus paredes apretándolo, ordeñándolo. Sientes su orgasmo venir, su verga hinchándose más.

—¡Me vengo, Laura! ¿Dónde quieres?

—¡Adentro, lléname! —gritas, y explota, chorros calientes bañando tus entrañas, empujándote al segundo clímax. Tus uñas en su espalda, mordiendo su hombro para no gritar tan fuerte, ondas de éxtasis sacudiéndote entera.

Acto tres: el afterglow. Caen exhaustos, enredados en sábanas revueltas, el olor a sexo impregnando el aire. Su cabeza en tu pecho, escuchando tu corazón ralentizarse. Besos suaves ahora, caricias perezosas en tu pelo húmedo.

Esta noche, con La Canción de la Pasión como banda sonora invisible, encontré algo más que un polvo chido. Algo que quema hondo.

Hablan en susurros, planeando un desayuno con chilaquiles y café de olla. La ciudad amanece afuera, pero en esa cama, el mundo es solo piel contra piel, latidos sincronizados. Sales de ahí con las piernas temblando, una sonrisa tonta y el eco de esa canción en tu alma, prometiendo más pasiones por venir.

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