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Eres Mi Pasion Coalo Zamorano

6351 palabras

Eres Mi Pasion Coalo Zamorano

La noche en Polanco estaba viva con el bullicio de la ciudad que nunca duerme. Las luces de neón parpadeaban sobre las fachadas elegantes de los restaurantes y bares, y el aire traía ese olor a tacos al pastor mezclado con perfume caro. Yo, Ana, acababa de entrar al rooftop de un antro chido, con mi vestido negro ceñido que me hacía sentir como una diosa. Mis tacones resonaban contra el piso de madera pulida mientras buscaba a mis amigas entre la multitud que bailaba al ritmo de cumbia rebajada.

Entonces lo vi. Alto, moreno, con esa barba recortada que le daba un aire de macho cabrón. Sus ojos cafés profundos me clavaron en el sitio. Se llamaba Coaló Zamorano, o eso me enteré después cuando una amiga me lo presentó. Llevaba una camisa blanca desabotonada lo justo para mostrar un pecho tatuado con un águila que parecía volar. Órale, qué hombre, pensé, sintiendo un calor subirme por las piernas.

¿Qué onda, preciosa? —me dijo con esa voz grave que vibraba como un motor potente, extendiendo la mano.

Le sonreí, coqueta, y le di la mía. Su piel era cálida, áspera por el trabajo que hacía en la construcción de lujo, pero con manos que prometían saber tocar. Hablamos de todo y nada: del pinche tráfico de la Reforma, de la crema y nieve que nos gustaba en la Condesa. Cada risa suya me hacía sentir mariposas en el estómago, y el olor de su colonia, algo amaderado con toques de vainilla, me embriagaba más que los tequilas que pedimos.

Eres mi pasión, Coaló Zamorano, se me escapó en la mente mientras lo veía mover los labios. Neta, desde ese momento supe que lo quería todo de él.

La tensión crecía con cada mirada. Sus dedos rozaban los míos al pasarme el vaso, y yo sentía chispas en la piel. Bailamos pegaditos, su cuerpo duro contra el mío, el sudor perlando su cuello. Olía a hombre, a deseo puro. Mi corazón latía como tambor en una fiesta de pueblo.

Salimos de ahí casi a las dos de la mañana, con el pretexto de ir por unos tacos de suadero en un puesto callejero. Pero terminamos en su depa en Lomas, un lugar moderno con ventanales que daban a la ciudad iluminada. Cerró la puerta y me acorraló contra la pared, sus manos en mi cintura.

Te vi desde que entraste, Ana. Me volviste loco —murmuró, su aliento caliente en mi oreja.

Lo besé primero, devorando su boca con hambre. Sabía a tequila y a algo dulce, como tamarindo. Sus labios eran firmes, su lengua juguetona, explorando la mía con maestría. Gemí bajito cuando sus manos subieron por mi espalda, bajando el zipper del vestido con lentitud tortuosa. La tela cayó al piso, dejándome en lencería de encaje rojo.

Me cargó como si no pesara nada y me llevó al sillón de piel. Se quitó la camisa, revelando músculos definidos por horas en el gym y el sol mexicano. Lo toqué, sintiendo la dureza de su abdomen, el vello que bajaba hasta su pantalón. Qué chingón, pensé, mientras él besaba mi cuello, mordisqueando suave hasta que arqueé la espalda.

Estás rica, güey. Quiero comerte entera —dijo con esa sonrisa pícara, usando güey de forma juguetona que me excitó más.

Sus manos expertas desabrocharon mi bra, liberando mis tetas. Las lamió, chupó los pezones hasta ponérmelos duros como piedras, enviando descargas directas a mi entrepierna. Olía a mi propia excitación, ese aroma almizclado que llenaba el aire. Bajó más, besando mi vientre, mis muslos, hasta llegar a mis calzones. Los quitó con los dientes, juguetón, y me abrió las piernas.

Su aliento en mi concha me hace temblar. Neta, este pendejo sabe lo que hace.

Su lengua era fuego. Lamía mi clítoris con círculos lentos, chupando suave, luego fuerte. Metió un dedo, luego dos, curvándolos justo en ese punto que me hace ver estrellas. Gemí alto, agarrando su pelo negro revuelto. —¡Sí, Coaló, así! ¡No pares, cabrón! —grité, mis caderas moviéndose solas contra su boca. El sonido de mi humedad era obsceno, chapoteante, mezclado con sus gruñidos de placer.

Lo jalé arriba, queriendo más. Le desabroché el pantalón, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La tomé en la mano, sintiendo su calor, el pulso acelerado. Era grande, perfecta. La masturbé despacio, viendo cómo él cerraba los ojos y jadeaba.

Te la chupo, mi amor —le dije, arrodillándome. La metí en mi boca, saboreando el precum salado. Chupé la cabeza, lamí el tronco, hasta las bolas. Él gemía, —Pinche rica, Ana, me vas a matar, con la voz ronca.

No aguantamos más. Me levantó y me puso en el sillón de rodillas, de espaldas. Sentí su verga rozar mi entrada, húmeda y lista. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. —¡Qué apretada estás, carajo! —gruñó, agarrando mis caderas.

Empezó a bombear, lento al principio, dejando que sintiera cada vena, cada embestida. El slap-slap de piel contra piel llenaba la habitación, junto con nuestros jadeos. Olía a sexo, a sudor, a nosotros. Aceleró, profundo, tocando mi G-spot una y otra vez. Yo me tocaba el clítoris, sintiendo el orgasmo construir como ola en el Pacífico.

Me volteó, queriendo verme. Misionero intenso, sus ojos en los míos, besándonos mientras me follaba duro. —Eres mía, Ana. Dime que sí —exigió.

¡Sí, Coaló! ¡Eres mi pasión, Coaló Zamorano! —grité, clavando uñas en su espalda.

El clímax llegó como terremoto. Mi concha se contrajo alrededor de él, ordeñándolo, mientras ondas de placer me recorrían desde los pies hasta la cabeza. Él se vino segundos después, llenándome con chorros calientes, rugiendo mi nombre. Colapsamos, sudorosos, entrelazados.

En el afterglow, su cabeza en mi pecho, escuché su corazón calmarse al ritmo del mío. El aire olía a semen y a piel satisfecha. Besé su frente, saboreando la sal.

Eres mi pasión, Coaló Zamorano. Esto no termina aquí, neta.

Nos quedamos así, planeando el desayuno de chilaquiles en el mercado, riendo bajito. La ciudad seguía viva afuera, pero en ese momento, solo existíamos nosotros, en un mundo de pasión mexicana pura.

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