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La Pasión de Bernadette

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La Pasión de Bernadette

En las calles empedradas de Guadalajara, donde el olor a tacos al pastor se mezcla con el aroma dulce de las flores de bugambilia, Bernadette caminaba con ese contoneo que volvía locos a los morros del barrio. Tenía veintiocho años, piel morena como el chocolate de Oaxaca y ojos negros que prometían pecados deliciosos. Esa noche, la fiesta patronal estaba en su apogeo: mariachis tocando La Cucaracha a todo volumen, risas estruendosas y el chisguete de cervezas frías. Bernadette, con un vestido rojo ceñido que marcaba sus curvas como un sueño húmedo, buscaba algo más que diversión. Neta, ya estoy harta de los pendejos que solo miran, pensó mientras sorbía su michelada, el limón picante bailando en su lengua.

Ahí lo vio: Javier, un tipo alto, de brazos fuertes como los de un torero, con una sonrisa pícara que le hacía cosquillas en el estómago. Él estaba recargado en una fuente, platicando con unos cuates, pero sus ojos se clavaron en ella como si ya la estuviera desnudando. Órale, qué mamacita, murmuró para sí, y se acercó con esa seguridad de los tapatíos que saben conquistar. “¿Bailas, reina?”, le dijo, extendiendo la mano. Bernadette sintió un calor subiendo por sus muslos, el pulso acelerado como tambores de concheros. “Claro que sí, guapo”, respondió, y se dejó llevar al centro de la pista improvisada.

El ritmo de la banda los envolvió: el clarinete agudo, el trombón grave retumbando en sus pechos. Sus cuerpos se pegaron en el baile, el sudor de él oliendo a hombre, a tierra mojada después de la lluvia. Bernadette rozó su pecho con los senos, sintiendo los pezones endurecerse bajo la tela fina.

“Este wey me va a volver loca, neta. Su calor me quema por dentro”
, pensó, mientras él le susurraba al oído: “Tienes fuego en las caderas, Bernadette”. ¿Cómo sabía su nombre? En un pueblo chico como ese, las noticias vuelan, pero esa voz ronca la hizo temblar.

La noche avanzaba, y la tensión crecía como la levadura en un pan de muerto. Se escabulleron de la fiesta hacia un callejón discreto, iluminado por faroles tenues. Javier la acorraló contra la pared áspera, sus labios capturando los de ella en un beso que sabía a tequila y deseo puro. Lenguas danzando, húmedas y urgentes, el sabor salado de su piel mezclándose con el dulzor de su boca. Bernadette jadeó cuando sus manos grandes subieron por sus muslos, arrugando el vestido. “Despacio, carnal”, murmuró ella, pero sus caderas se arqueaban hacia él, traicionándola. Él rio bajito, ese sonido grave vibrando en su cuello. “Tu cuerpo dice otra cosa, preciosa”.

La llevaron a su departamento en el centro, un lugar chido con vistas a la catedral y velas aromáticas de vainilla encendidas. Apenas cerraron la puerta, la pasión estalló. Javier la levantó en brazos, sus músculos tensos bajo sus dedos, y la depositó en la cama king size. Bernadette se quitó el vestido con lentitud felina, revelando lencería negra que contrastaba con su piel olivácea. Él se desvistió rápido, su verga ya dura, palpitante, apuntando hacia ella como una promesa. Qué chingón está, ay wey, pensó ella, lamiéndose los labios al ver las venas marcadas, el glande rosado brillando con una gota de precúm.

Se tumbaron, piel contra piel, el calor de sus cuerpos como un horno de leña. Javier besó su cuello, succionando suave hasta dejar una marca roja, mientras sus dedos exploraban sus senos plenos, pellizcando los pezones duros como piedras de obsidiana. Bernadette gimió, un sonido gutural que llenó la habitación, arqueando la espalda. “Qué rico te sientes, Bernadette”, gruñó él, bajando la boca a un pecho, lamiendo el areola con la lengua plana, chupando hasta que ella sintió descargas eléctricas directo a su clítoris hinchado.

Las manos de ella bajaron, envolviendo su polla gruesa, masturbándola lento, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel aterciopelada. “Métemela ya, pendejo”, suplicó, pero Javier era un maestro del tormento dulce. Se deslizó entre sus piernas, inhalando el aroma almizclado de su coño mojado, depilado suave como terciopelo. “Estás chorreando, mi reina”, dijo, y hundió la lengua en sus pliegues rosados, lamiendo el clítoris con círculos precisos. Bernadette gritó, las uñas clavándose en su cabeza, el sabor salado-dulce de ella inundando su boca. El sonido de succiones húmedas, sus jadeos entrecortados, el roce de sábanas de algodón egipcio... todo la volvía loca.

La pasión de Bernadette era legendaria en el barrio, decían las comadres, pero nadie imaginaba lo que ardía dentro. Javier la volteó boca abajo, besando su espalda curva, mordisqueando la nalga firme antes de separar sus cachetes. Un dedo lubricado por sus jugos entró en su ano apretado, mientras dos más follaban su vagina empapada. “¡Ay, Diosito! Sí, así”, chilló ella, el placer doble la haciendo retorcerse. Él la penetró por fin, su verga gruesa abriéndose paso centímetro a centímetro, llenándola hasta el fondo. El estiramiento ardiente, el roce de su pubis contra su clítoris, el slap-slap de carne contra carne... era puro éxtasis.

Follaron como animales en celo: ella encima, cabalgando con furia, sus tetas rebotando, el sudor chorreando por sus cuerpos entrelazados. Javier la sujetaba por las caderas, embistiéndola desde abajo, gruñendo: “Eres una diosa, Bernadette”. Ella sentía cada vena de su polla rozando sus paredes internas, el orgasmo construyéndose como una tormenta en el horizonte. “¡Me vengo, wey! ¡No pares!”, gritó, y explotó en oleadas, su coño contrayéndose alrededor de él, chorros calientes empapando las sábanas. Él la siguió segundos después, llenándola de semen espeso, caliente, el rugido de su clímax vibrando en su pecho.

Se derrumbaron exhaustos, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. Javier la abrazó por detrás, su verga semi-dura aún dentro, besando su hombro salado. Bernadette sonrió en la penumbra, el olor a sexo impregnando el aire, mezclado con el perfume de jazmín de su piel.

“Esto es lo que necesitaba, neta. La pasión de Bernadette por fin libre, con un hombre que la entiende”
. Afuera, el tañido lejano de las campanas de la catedral marcaba la medianoche, como un eco de su placer compartido.

Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, se despertaron entrelazados. Una ducha compartida, jabón resbalando por curvas y músculos, risas y besos juguetones bajo el chorro caliente. “Vuelve cuando quieras, mi pasión”, le dijo él, y Bernadette supo que esto era solo el principio. Salió a la calle, el corazón ligero, el cuerpo satisfecho, lista para más noches de fuego tapatío. La vida en Guadalajara nunca había olido tan bien.

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