Novela Pasion Capitulo 4 Fuego en las Venas
Ana se recargó en el balcón de su departamento en Polanco, con el bullicio de la Ciudad de México zumbando allá abajo como un río de luces y cláxones. El aire nocturno traía olor a tacos de la esquina y un leve aroma a jazmín de las macetas que cuidaba con esmero. Esta noche va a ser la buena, pensó, mientras su piel se erizaba con anticipación. Hacía semanas que no veía a Diego, ese carnal que la volvía loca con solo una mirada. Su novela pasion capitulo 4 estaba por escribirse en carne viva, y ella era la protagonista dispuesta a todo.
El timbre sonó como un latido acelerado. Ana se alisó el vestido negro ceñido que marcaba sus curvas, sintiendo cómo la tela rozaba sus muslos. Abrió la puerta y ahí estaba él, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que prometía problemas. Olía a colonia fresca y a algo más salvaje, como tierra mojada después de la lluvia.
—Órale, mamacita, ¿me extrañaste? —dijo Diego, su voz grave como un ronroneo.
Ana no contestó con palabras. Lo jaló adentro y cerró la puerta de un golpe, presionando su cuerpo contra el de él. Sus labios se encontraron en un beso hambriento, saboreando el tequila en su lengua y el salado de su piel. Las manos de Diego bajaron por su espalda, apretando sus nalgas con fuerza juguetona.
No seas pendejo, Diego, hazme tuya ya, rugió en su mente mientras sus dedos se enredaban en su cabello. Pero no, esta novela pasion capitulo 4 necesitaba ritmo, no un sprint. Se separaron jadeantes, mirándose con ojos encendidos.
—Ven, te preparé algo —murmuró ella, guiándolo a la sala. La mesa tenía velas parpadeantes y una botella de mezcal oaxaqueño. Se sentaron en el sofá de piel suave, que crujió bajo su peso. Diego sirvió dos shots, el líquido ámbar brillando a la luz tenue.
—Por nosotros, por esta pasión que no para —brindó él, chocando vasos. El mezcal quemó su garganta como fuego líquido, despertando cada nervio. Hablaron de tonterías: del tráfico infernal, de esa vez que se perdieron en Coyoacán riendo como niños. Pero debajo de las palabras, la tensión crecía. Ana sentía su calor irradiando, el roce accidental de su rodilla contra la suya enviando chispas por su espina.
En el principio de su romance, todo había sido coqueteo inocente en una fiesta de amigos. Capítulo uno: miradas robadas. Capítulo dos: besos robados en el coche. Capítulo tres: noches de sudor en su cama. Ahora, este novela pasion capitulo 4 prometía arder como chile en nogada.
Diego se acercó más, su mano grande cubriendo su muslo desnudo. El toque era eléctrico, piel contra piel, suave y firme. Ana contuvo un gemido cuando sus dedos subieron despacio, trazando círculos que la humedecían ya. Neta, este wey sabe cómo volverme loca.
—Dime qué quieres, mi reina —susurró él al oído, su aliento caliente oliendo a mezcal y deseo.
—Te quiero dentro de mí, pendejito, pero hazme sufrir un poquito más —rió ella, mordiendo su labio inferior.
La besó de nuevo, esta vez lento, explorando su boca con la lengua como si fuera un territorio nuevo. Sus manos desabrocharon el vestido, dejando que cayera en un charco negro a sus pies. Ana quedó en lencería roja, tetas firmes asomando por el encaje, pezones duros como piedras preciosas. Diego gruñó de aprobación, lamiendo su cuello, bajando por el valle entre sus pechos. El olor de su perfume mezclado con sudor fresco la mareaba.
Lo empujó al sofá, montándose a horcajadas. Sintió su verga dura presionando contra su panocha a través de los pantalones. Qué chingón, pensó, frotándose contra él en movimientos lentos, torturadores. Los gemidos de Diego eran música, roncos y desesperados, mientras sus manos amasaban sus chichis, pellizcando los pezones hasta que ella arqueó la espalda.
Se quitó la blusa con impaciencia, revelando su torso musculoso, pectorales que olían a hombre puro. Ana besó cada centímetro, saboreando la sal de su piel, bajando hasta el ombligo. Desabrochó su cinturón con dientes, liberando esa pinga gruesa y venosa que la hacía salivar. La tomó en su mano, sintiendo el pulso acelerado, caliente como hierro forjado.
—Chúpamela, Ana, neta que me matas—suplicó él, voz entrecortada.
Ella lo hizo, labios envolviéndolo despacio, lengua girando en la cabeza sensible. El sabor era almizclado, adictivo, y los jadeos de Diego la empoderaban. Lo succionó profundo, garganta relajada, mientras sus manos jugaban con sus huevos pesados. Él se retorcía, dedos enredados en su pelo, pero siempre respetuoso, dejando que ella marcara el ritmo.
Pero Ana quería más. Se levantó, quitándose la tanga empapada. Su panocha brillaba, hinchada de necesidad, clítoris palpitante. Diego la miró como si fuera una diosa, ojos devorándola. La acostó en el sofá, besando su interior de muslos, olor a excitación femenina llenando el aire. Su lengua encontró su centro, lamiendo con maestría, chupando el botón que la hacía gritar.
¡Ay, cabrón, no pares! Su mente era un torbellino de placer, caderas moviéndose solas contra su boca. Dedos entraron en ella, curvándose justo ahí, golpeando su punto G con precisión. El sonido era obsceno: chapoteos húmedos, suspiros ahogados, el latido de su corazón retumbando en oídos.
La tensión crecía como una tormenta. Ana sentía el orgasmo acechando, pero lo contuvo, queriendo explotar con él dentro. Lo jaló arriba, guiando su verga a su entrada resbaladiza.
—Cógeme ya, mi amor —rogó.
Diego empujó lento, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Qué llena me siento, pensó ella, uñas clavándose en su espalda. Empezaron a moverse, ritmo pausado al principio, sintiendo cada roce, cada vena pulsando dentro. El sofá crujía, sudor perlando sus cuerpos, mezclándose en olores intensos de sexo.
Aceleraron. Diego la embestía profundo, bolas golpeando su culo, mientras ella lo apretaba con músculos internos, ordeñándolo. Besos desordenados, mordidas en hombros, palabras sucias en oídos:
—Estás tan mojada por mí, pinche diosa
—Más fuerte, hazme tuya, wey
El clímax llegó como avalancha. Ana se corrió primero, paredes convulsionando alrededor de él, grito ahogado contra su cuello. Olas de placer la barrieron, visión nublada, gusto metálico en la boca. Diego la siguió segundos después, gruñendo como animal, llenándola con chorros calientes que la prolongaron en éxtasis.
Colapsaron juntos, cuerpos entrelazados, respiraciones entrecortadas. El aire olía a semen, sudor y satisfacción. Diego besó su frente, suave ahora, tierno.
—Eres lo mejor que me ha pasado, Ana.
Ella sonrió, trazando patrones en su pecho con uñas. Esta novela pasion capitulo 4 termina perfecto, pero sé que hay más capítulos por venir. Se quedaron así, en afterglow, con el ruido de la ciudad como banda sonora lejana, sabiendo que su pasión era eterna, como las noches mexicanas llenas de estrellas.