Secretos de una Pasión en el Reparto
El sol de la Ciudad de México se colaba por las ventanas del foro en Polanco, iluminando el set de Secretos de una Pasión, la telenovela que nos tenía a todos trabajando como locos. Yo, Ana, era la protagonista, la mujer fuerte que escondía un fuego interno, y Javier, mi coestrella, el galán que hacía suspirar a medio México. Desde el primer día de ensayos, sentía esa chispa entre nosotros. No era solo actuación; era algo real, carnal, que me ponía la piel de gallina cada vez que sus ojos se clavaban en los míos.
—Corta, corta —gritó el director, y el set se llenó de murmullos. Javier se acercó, con esa sonrisa pícara que solo yo veía de cerca. Olía a colonia fresca mezclada con sudor, un aroma que me hacía apretar las piernas sin querer.
¿Por qué carajos me afecta tanto este wey? Es solo trabajo, Ana, contrólate, me dije mientras tomaba un sorbo de mi café con leche.
Él se paró a mi lado, rozando mi brazo con el suyo. —Neta, Ana, hoy la escena salió chida. Se siente como si fuéramos de verdad, ¿no?
Levanté la vista, y su mirada intensa me atrapó. —Sí, Javier, pero no le digas a nadie. Son secretos de una pasión en el reparto, ¿eh?
Rió bajito, y ese sonido ronco me vibró en el pecho. El reparto entero bullía alrededor: maquillistas retocando rostros, productores discutiendo guion, pero en ese momento, solo existíamos nosotros dos.
La tensión empezó a crecer esa semana. En los breaks, sus manos rozaban mi cintura "por accidente" al pasar. Yo respondía con miradas que decían todo. Una noche, después de una toma nocturna en las calles empedradas de Coyoacán, nos quedamos solos en el tráiler. El aire estaba cargado de jazmín del jardín cercano y el humo de los tacos que repartían afuera.
—Ana, no aguanto más —murmuró, acercándose. Su aliento cálido en mi cuello olía a menta y deseo puro.
Mi corazón latía como tambor.
Esto es lo que quieres, ¿verdad? Dale, no seas pendeja. Lo miré a los ojos, verdes como el Parque México en primavera. —Entonces, ¿qué esperas, guapo?
Sus labios cayeron sobre los míos, suaves al principio, luego hambrientos. Sabían a tequila de la cena anterior, dulce y ardiente. Mis manos subieron por su pecho firme, sintiendo los músculos tensos bajo la camisa. Él me apretó contra la pared del tráiler, su cuerpo duro presionando el mío. Gemí bajito cuando su lengua exploró mi boca, y el mundo se redujo a ese beso que duró una eternidad.
Pero nos separamos, jadeantes. —No aquí, no todavía —dije, con la voz ronca—. Mañana, en mi depa. Reparto secreto, ¿sale?
Asintió, con los ojos brillando. Esa noche soñé con él, con sus manos en mi piel, despertando empapada y ansiosa.
Al día siguiente, el rodaje fue un infierno de miradas robadas. En una escena de celos, donde mi personaje lo confrontaba, la química explotó. El director gritó ¡perfecto!, pero Javier y yo nos quedamos mirando, el pulso acelerado. Después, en el estacionamiento, me susurró al oído: —Te espero en tu casa a las nueve. No me falles, mamacita.
Mi departamento en la Roma era mi refugio: paredes blancas con arte mexicano, velas de vainilla listas para encenderse. Me duché lento, sintiendo el agua caliente correr por mis curvas, imaginando sus toques. Me puse un vestido negro ceñido, sin nada debajo, el corazón martilleando.
Sonó el timbre. Ahí estaba, con una botella de mezcal y esa sonrisa que me derretía. —Estás cañona, Ana —dijo, entrando y cerrando la puerta.
Nos besamos de nuevo, esta vez sin frenos. Sus manos bajaron por mi espalda, levantando el vestido, acariciando mis nalgas desnudas. ¡Ay, Dios! Su piel era cálida, áspera en las palmas, y olía a hombre puro, a sudor limpio y loción. Lo empujé al sofá, montándome encima, frotándome contra su dureza que crecía bajo los pantalones.
—Te deseo desde el primer día —confesó, mordisqueando mi oreja. Sus dientes me erizaron la piel, enviando chispas directo a mi centro.
Es mío esta noche. Todo él. Le quité la camisa, lamiendo su pecho salado, bajando hasta el botón del pantalón. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando. La tomé en la mano, sintiendo su calor, su pulso rápido. Él gruñó, un sonido animal que me mojó más.
—Chúpamela, Ana, porfa —suplicó, y yo obedecí, devorándolo lento. Sabía a piel limpia y pre-semen salado. Su mano en mi pelo, guiándome sin forzar, me hacía sentir poderosa. Lo llevé al borde, pero me detuvo. —Ahora tú, mi reina.
Me recostó en el sofá, abriendo mis piernas. Su lengua en mi panocha fue fuego: lamidas largas, chupando mi clítoris hinchado. Olía a mi propia excitación, almizclada y dulce. Gemí fuerte, arqueándome, mis uñas en su cabeza. —¡Sí, Javier, así! ¡No pares, wey!
El placer subía en olas, mis muslos temblando. Vine duro, gritando su nombre, el cuerpo convulsionando mientras él lamía cada gota.
No paramos. Me cargó a la cama, las sábanas frescas contra mi espalda ardiente. Se hundió en mí despacio, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. ¡Qué rico! Su grosor me estiraba perfecto, cada embestida rozando mi punto exacto. Sudábamos juntos, piel resbaladiza, el cuarto lleno de nuestros jadeos y el plaf plaf de carne contra carne.
—Eres tan apretada, tan mojada para mí —gimió, acelerando. Yo lo arañé, mordí su hombro, perdida en el ritmo. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo salvaje, mis tetas rebotando, sus manos amasándolas. El olor a sexo nos envolvía, intenso y adictivo.
Esto es pasión de verdad, no como en el guion. Es nuestro secreto.
Él se sentó, abrazándome, embistiéndome profundo mientras nos besábamos. Sentí su verga hincharse más, y supe que venía. —Córrete conmigo, Ana —ordenó, y explotamos juntos. Mi orgasmo me cegó, paredes apretándolo mientras él se vaciaba dentro, caliente y abundante. Gritamos, temblando unidos.
Caímos exhaustos, enredados. Su pecho subía y bajaba contra el mío, el corazón latiendo al unísono. Besó mi frente, suave. —Esto fue increíble. ¿Seguimos con nuestros secretos de una pasión en el reparto?
Sonreí, trazando círculos en su piel húmeda. —Claro que sí, amor. Pero con cuidado, que el director no se entere.
Nos quedamos así, envueltos en el afterglow, el mezcal olvidado en la mesa. Afuera, la ciudad zumbaba, pero adentro, habíamos encontrado nuestro propio paraíso. Mañana volveríamos al set, fingiendo, pero sabiendo que lo nuestro era real, ardiente, eterno.