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El Condón Pasión Que Marca

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El Condón Pasión Que Marca

La noche en el bar de Polanco estaba cargada de ese calor pegajoso que hace que la piel se sienta viva. Las luces neón parpadeaban sobre las mesas, reflejándose en los vasos de chela helada, y el ritmo de la cumbia rebajada retumbaba en mis huesos. Yo, Ana, con mi vestido negro ajustado que marcaba cada curva de mi cuerpo, me recargaba en la barra, sintiendo el aire acondicionado rozando mis piernas desnudas. Qué chido estar aquí sola, pensé, mientras sorbía mi margarita con sal. No buscaba nada serio, solo un rato de diversión, algo que me sacara del estrés del jale en la agencia.

Entonces lo vi. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara que gritaba trouble en el mejor sentido. Se llamaba Marco, un wey de unos treinta, con camisa de lino abierta lo justo para dejar ver el vello oscuro en su pecho. Se acercó con dos tequilas en la mano, su colonia amaderada invadiendo mi espacio personal de la forma más deliciosa. Oye, neta que huele a hombre de verdad.

Órale, preciosa, ¿me das chance de invitarte esa chela o qué?
dijo, con esa voz grave que vibraba como el bajo de la rola que sonaba.

Le guiñé el ojo, sintiendo un cosquilleo en el estómago. Este pendejo sabe cómo empezar. Charamos un rato, riendo de tonterías, de cómo el tráfico en Insurgentes nos volvía locos, de antojos de tacos al pastor a medianoche. Su mano rozó la mía accidentalmente —o no tan accidental— y un calor subió por mi brazo, directo al centro de mi ser. La tensión crecía con cada mirada, cada roce fugaz. Sentía mi piel erizándose, el pulso acelerado latiendo en mis sienes.

Media hora después, salimos del bar tomados de la mano. El aire nocturno de la Ciudad de México nos envolvió, fresco contra el bochorno de adentro, cargado del olor a elotes asados de los vendedores ambulantes. Caminamos hasta su depa en una torre chida con vista al skyline. En el elevador, no aguanté más: lo jalé hacia mí y lo besé. Sus labios eran suaves pero firmes, sabían a tequila y a promesas. Sus manos en mi cintura, apretando justo lo necesario, me hicieron gemir bajito contra su boca.

Entramos al depa, la puerta se cerró con un clic que sonó como el inicio de algo inevitable. El lugar era moderno, minimalista, con luces tenues y una cama king size que dominaba la habitación. Marco me cargó como si no pesara nada, sus brazos fuertes rodeándome, y me dejó caer sobre las sábanas frescas de algodón egipcio. El aroma de su piel —sudor limpio mezclado con esa colonia— me mareaba. Me quité el vestido de un tirón, quedando en lencería de encaje rojo que compré pensando en noches como esta.

Él se desvistió despacio, provocándome. Su torso definido, los músculos flexionándose bajo la luz suave, el bulto en su bóxer prometiendo todo lo que imaginaba. Qué rico wey, pensé, mordiéndome el labio. Se acercó gateando sobre la cama, sus ojos clavados en los míos, llenos de hambre. Sus besos bajaron por mi cuello, dejando un rastro húmedo que ardía. Lamía mi clavícula, mordisqueando suave, mientras sus manos exploraban mis senos, pellizcando los pezones hasta ponérmelos duros como piedras.

Estás chida, Ana. Neta que me traes loco
, murmuró contra mi piel, su aliento caliente enviando ondas de placer directo a mi entrepierna.

Yo arqueé la espalda, gimiendo, mis uñas clavándose en sus hombros anchos. Bajó más, besando mi ombligo, lamiendo el borde de mi tanga. El olor de mi propia excitación llenaba el aire, almizclado y dulce, mezclándose con el suyo. Metió la lengua por debajo de la tela, rozando mi clítoris hinchado. ¡Ay, cabrón! grité internamente, mis caderas moviéndose solas contra su boca. Lamía con maestría, círculos lentos que me volvían loca, chupando suave hasta que sentí las primeras contracciones.

Pero quería más. Lo empujé hacia arriba, besándolo para probarme en sus labios. Deslicé mi mano dentro de su bóxer, agarrando su verga dura, palpitante. Era gruesa, caliente, la piel suave sobre el acero debajo. La apreté, masturbándolo despacio, sintiendo cómo se hinchaba más en mi puño. Él gruñó, un sonido animal que me empapó aún más.

Espera, mami
, dijo jadeando, y se estiró hacia la mesita de noche. Sacó un paquete plateado: Condón Pasión Que Marca. Lo reconocí al instante, esa marca que todas mis amigas juraban que era la neta para noches intensas. Decía en la caja que dejaba un aroma sutil de vainilla y algo que "marcaba" la pasión en la piel, un rastro invisible pero inolvidable.

Lo rasgó con los dientes, el sonido crujiente acelerando mi pulso. Se lo puso con manos temblorosas, la látex delgada brillando bajo la luz, lista para mí. Me abrí de piernas, invitándolo, mi coño húmedo y abierto ansiándolo. Se posicionó encima, su peso delicioso presionándome contra el colchón. La punta rozó mi entrada, untándose en mis jugos, y empujó despacio.

Entró centímetro a centímetro, estirándome, llenándome hasta el fondo. ¡Qué chingón se siente! Gemí alto, mis paredes contrayéndose alrededor de él. Empezó a moverse, lento al principio, saliendo casi todo para volver a hundirse. El slap-slap de piel contra piel, sus bolas golpeando mi culo, el chirrido de la cama... todo era sinfonía. Sudábamos, nuestros cuerpos resbalosos uniéndose en un ritmo perfecto. Olía a sexo puro, a vainilla del condón mezclada con nuestro sudor salado.

Aceleró, sus embestidas profundas, golpeando ese punto dentro de mí que me hacía ver estrellas. Mis tetas rebotaban con cada thrust, sus manos amasándolas, pellizcando. Yo clavaba las uñas en su espalda, dejando marcas rojas que mañana dolerían rico. Más fuerte, wey, no pares, le rogaba en susurros, mi voz ronca de placer.

La tensión subía como una ola imparable. Sentía el orgasmo construyéndose en mi vientre, un nudo apretado listo para explotar. Él jadeaba en mi oído,

Neta que tu panocha es de otro mundo
, mordiendo mi lóbulo. Cambiamos de posición: yo encima, cabalgándolo como reina. Sus manos en mis caderas guiándome, mi clítoris frotándose contra su pubis. Rebotaba duro, mis gemidos convirtiéndose en gritos. El condón pasión que marca dejaba un calor sutil en mi piel interna, como si grabara cada sensación.

Lo miré a los ojos, perdidos en lujuria compartida. Este wey me entiende, pensé, mientras el clímax me golpeaba. Ondas de placer desde mi centro irradiando a cada nervio, mi coño apretándolo en espasmos. Grité su nombre, colapsando sobre él, temblando. Él no tardó: con un rugido gutural, se corrió dentro del condón, su verga pulsando, llenándolo.

Nos quedamos así, enredados, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. El aire olía a nosotros, a vainilla persistente, a satisfacción. Besé su pecho, lamiendo el sudor salado. El condón pasión que marca no mentía: esto quedaría grabado en mí.

Después, nos duchamos juntos, el agua caliente lavando nuestros cuerpos pero no los recuerdos. Sus manos jabonosas en mi piel, risas compartidas. Salimos envueltos en toallas, pedimos unos tacos por app —al pastor con todo, obvio— y comimos en la cama, desnudos, hablando de la vida. No era solo sexo; había conexión, esa chispa que hace que quieras más.

Al amanecer, con el sol tiñendo las cortinas de rosa, me vestí. Él me besó en la puerta, prometiendo un repeat. Caminé a mi coche sintiendo su marca en mí: no moretones, sino un calor interno, un recuerdo vívido. Condón pasión que marca, qué chingadera. Sonreí, lista para la siguiente aventura, pero sabiendo que esta noche había sido especial.

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