El Precio de la Pasion
El sol de la Ciudad de México se colaba por las persianas de la oficina en Polanco, pintando rayas doradas sobre mi escritorio. Yo, Ana, con mis treinta y tantos, sentada ahí con mi blusa ajustada que marcaba mis curvas generosas, sentía el aire acondicionado como un susurro fresco en mi piel morena. Llevaba semanas notando a Marco, mi jefe, ese galán de ojos cafés intensos y sonrisa que derretía hasta el café más amargo. Alto, con esa barba recortada que pedía a gritos que la rozara con los labios, y un olor a colonia Creed Aventus que me hacía cerrar los ojos y imaginarlo todo sobre mí.
¿Qué chingados me pasa? —pensé, mientras mis dedos tamborileaban en el teclado—. Tengo marido en casa, pero con Raúl es puro rutina, como comer tacos de la esquina todos los días. Marco es diferente, neta, despierta algo salvaje en mí.
Era viernes, el equipo se había largado temprano al antro, pero yo me quedé terminando un reporte. Marco entró a mi cubículo, su camisa blanca arremangada dejando ver unos antebrazos fuertes, venosos. Órale, qué tentador.
—Ana, ¿todavía aquí, mamacita? —dijo con esa voz grave, como ronroneo de jaguar—. Ven, ayúdame con esto en mi oficina.
Mi corazón dio un brinco, el pulso latiendo en mis sienes. Lo seguí, el clic-clac de mis tacones resonando en el pasillo vacío. Su oficina olía a cuero de su sillón y a él, ese aroma masculino que me erizaba la piel. Se sentó en el borde del escritorio, abriendo una botella de mezcal que sacó de un cajón.
—Para celebrar el cierre de mes —brindó, pasándome un vasito—. Salud, reina.
El mezcal quemó mi garganta, dulce y ahumado, como un beso prohibido. Nuestras miradas se cruzaron, y sentí el calor subir por mi pecho. El precio de la pasión, pensé, ¿vale la pena arriesgarlo todo por un rato de fuego?
Nos pusimos a platicar de tonterías, de la vida en la CDMX, de cómo el tráfico te chinga el alma. Pero el aire se cargaba, como antes de una tormenta en Xochimilco. Su rodilla rozó la mía, y no me aparté. Al contrario, mi mano temblorosa se posó en su muslo, sintiendo el músculo firme bajo el pantalón.
—Ana, wey, si sigues así, no respondo —murmuró, su aliento cálido en mi oreja.
Me incliné, mis labios rozando los suyos. Fue suave al principio, un tanteo, sabor a mezcal y menta. Luego, explotó. Sus manos grandes en mi cintura, atrayéndome, mi lengua danzando con la suya, húmeda y ansiosa. Gemí bajito, el sonido ahogado en su boca.
Acto uno cerrado: el deseo ya no era solo tensión, era inevitable.
Marco me levantó como si no pesara nada, sentándome en el escritorio. Papeles volaron, pero qué importaba. Sus dedos desabotonaron mi blusa con urgencia, exponiendo mi brasier de encaje negro. Qué rico, sus ojos devorándome, pupilas dilatadas.
—Eres una diosa, Ana —susurró, besando mi cuello, lamiendo el sudor salado que ya perlaba mi piel—. Hueles a jazmín y a mujer en celo.
Mi piel ardía bajo sus labios, cada roce enviando chispas a mi entrepierna. Le quité la camisa, mis uñas arañando su pecho velludo, oliendo su sudor fresco mezclado con colonia. Bajé la cremallera de su pantalón, liberando su verga dura, gruesa, palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo el calor, las venas latiendo como mi propio corazón.
¡Madre santa! Es enorme, pendejo afortunado —pensé, lamiéndome los labios—. Esto es lo que necesitaba, no las noches frías con Raúl.
Me arrodillé, el piso alfombrado suave bajo mis rodillas. Lo miré desde abajo, esa pose de sumisión que me empoderaba porque yo la elegía. Mi lengua trazó la punta, salada y almizclada, luego lo engullí, chupando con hambre. Marco gruñó, sus caderas moviéndose, manos en mi cabello.
—Así, mi amor, qué chingón te sale —jadeó.
Pero no lo dejé acabar. Me puse de pie, quitándome la falda, quedando en tanga y brasier. Él me volteó, pegándome a la pared de vidrio, el skyline de Reforma brillando afuera. Sus dedos bajaron mi tanga, rozando mi clítoris hinchado. Estaba empapada, el olor a mi excitación flotando en el aire, dulce y pecaminoso.
—Estás chorreando, carnalita —dijo, metiendo dos dedos, curvándolos justo ahí, el punto que me hacía ver estrellas.
Gemí fuerte, mis caderas ondulando contra su mano. El sonido húmedo de mis jugos, sus dedos entrando y saliendo, me volvía loca. Me masturbó así, lento al principio, luego rápido, mientras mordisqueaba mi oreja. El orgasmo me golpeó como un camión en Insurgentes, piernas temblando, grito ahogado en su hombro. Sabor a su piel salada en mi boca.
Pero quería más. El precio de la pasión se pagaba con todo, y yo estaba lista. Lo empujé al sillón, montándolo a horcajadas. Su verga rozó mi entrada, resbaladiza. Bajé despacio, centímetro a centímetro, sintiéndolo estirarme, llenarme hasta el fondo. ¡Ay, Diosito! El placer era dolor dulce, mis paredes apretándolo.
Cabalgué, mis tetas rebotando, él chupándolas, mordiendo los pezones duros como piedras. Sudor goteando entre nosotros, piel contra piel chapoteando. Sus manos en mis nalgas, guiándome, azotando suave.
—Más fuerte, papi —supliqué, mi voz ronca.
Cambiamos: él encima, misionero en el escritorio, piernas en sus hombros. Me embestía profundo, cada thrust un estruendo, mi clítoris frotando su pubis. Olía a sexo puro, a pasión desatada. Mis uñas en su espalda, dejando marcas rojas.
Esto es vida, neta. Raúl quién, esto es el precio de la pasión que pagaría mil veces.
El clímax nos alcanzó juntos. Él se tensó, gruñendo mi nombre, caliente adentro de mí, mientras yo convulsionaba, olas de placer infinito. Gritos mezclados, cuerpos temblando.
Nos quedamos así, jadeando, su peso sobre mí reconfortante. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. El mezcal olvidado, el skyline testigo mudo.
Después, en el baño de la oficina, nos lavamos mutuamente, risas bajitas. Su jabón en mi piel, espuma resbalando por mis curvas. Me miró en el espejo, ojos llenos de promesas.
—Esto no acaba aquí, Ana. Eres adictiva.
Salimos juntos, el valet trayendo mi coche. En el estacionamiento, un beso final, profundo, con sabor a nosotros.
En casa, Raúl dormía, ajeno. Me metí a la cama, el cuerpo aún zumbando, olor a Marco en mi piel. Sonreí en la oscuridad. El precio de la pasión: quizás un divorcio, quizás secreto, pero valía cada peso, cada riesgo. Mañana, más. Porque ahora sabía lo que era arder de verdad.