Imágenes de Amor y Pasión Prohibida
La fiesta en la hacienda de mis tíos en las afueras de Guadalajara estaba en su mero mole. El aire olía a carne asada chisporroteando en la parrilla, mezclado con el dulzor del tequila reposado y el aroma terroso de las jacarandas que rodeaban el patio. Mariachis tocaban El Rey a todo pulmón, y la gente reía, bailaba y brindaba bajo las luces colgantes que parpadeaban como estrellas borrachas. Yo, Ana, de veintiocho tacos, iba vestida con un huipil ceñido que realzaba mis curvas, sintiendo el roce suave de la tela contra mi piel sudada por el calor de la noche.
Ahí estaba él, Luis, mi hermanastro por parte de mi papá, el que se había convertido en hombre de puro sueño desde que nuestros viejos se casaron cuando teníamos dieciséis. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara que me hacía mojada de solo pensarlo. Nuestras familias siempre lo habían visto como un tabú, un amor prohibido porque "la sangre no se revuelve", decían, aunque no éramos de sangre. Pero neta, esas imágenes de amor y pasión prohibida que veía en las novelas y pelis mexicanas me habían marcado. Y ahora, viéndolo platicar con unos primos, con su camisa blanca abierta mostrando el pecho velludo y bronceado, sentí un cosquilleo en el estómago que bajaba directo a mis muslos.
Órale, Ana, no seas pendeja, me dije. Es tu carnal por matrimonio, la familia se armaría un desmadre si se enteran. Pero ¿y si solo platico con él? ¿Y si solo rozo su mano?
Me acerqué con una chela en la mano, fingiendo casualidad. "¡Ey, wey! ¿Qué onda, Luis? Hacía un chingo que no te veía". Mi voz salió ronca, traicionera. Él se volteó, sus ojos cafés me recorrieron de arriba abajo como si ya me estuviera desnudando. "¡Ana! Mi reina, estás kanija, neta. Ven pa'cá". Me abrazó fuerte, su cuerpo duro contra el mío, oliendo a colonia barata y hombre sudado. Sentí su verga semi-dura rozando mi cadera y un jadeo se me escapó disimulado en la risa.
Platicamos de la vida, de mi chamba como diseñadora en la ciudad, de su curro como mecánico en un taller de camionetas. Pero el aire entre nosotros estaba cargado, como antes de una tormenta en el Bajío. Sus dedos rozaban los míos al pasarme la cerveza, y cada mirada era un fuego lento. "Sabes, Ana, siempre he pensado en ti como mi prohibida", murmuró bajito cuando los demás se distraían con el baile. Mi corazón latió como tamborazo. "¿Prohibida? ¿Como esas imágenes de amor y pasión prohibida que uno ve en las telenovelas, carnal?" Respondí, juguetona, pero mi coño ya palpitaba.
La noche avanzó, el tequila corrió como río, y la fiesta se puso más loca. Nos escabullimos al jardín trasero, donde las buganvillas trepaban por las paredes y el sonido de la música se oía lejano, como un eco. La luna iluminaba su rostro, y él me jaló contra un árbol grueso. "No aguanto más, Ana. Te quiero desde chavos. Eres mi tentación, mi pecado chido". Sus labios cayeron sobre los míos, duros, urgentes, saboreando a tequila y sal. Gemí en su boca, mis manos enredándose en su pelo negro mientras su lengua invadía, chupando, explorando. El beso era puro fuego, olía a jazmín nocturno y a su excitación masculina.
¡Qué rico sabe! Pensé, mareada. Esto es lo que soñaba, esta pasión que no puede ser.
Sus manos bajaron por mi espalda, apretando mi culo con fuerza, amasándolo como masa de tamal. "Estás mojada, ¿verdad, mi amor?", gruñó contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible. Asentí, jadeando, mientras deslizaba mi mano por su pecho, bajando hasta el bulto en sus jeans. "Sí, wey, neta que sí. Tócame". Él obedeció, metiendo la mano bajo mi huipil, rozando mis pezones duros como piedras. Los pellizcó suave, luego fuerte, y un rayo de placer me recorrió hasta el clítoris hinchado. Olía a tierra húmeda y a mi propia humedad traicionera.
Nos movimos a un cuarto abandonado en la hacienda, polvoriento pero con una cama vieja que crujió bajo nuestro peso. Me quitó el huipil de un jalón, exponiendo mis tetas grandes y morenas. "¡Qué chingonas!", exclamó, chupando un pezón con hambre, lamiendo y mordiendo mientras yo arqueaba la espalda. Su boca era caliente, húmeda, enviando ondas de placer. Le desabroché los jeans, liberando su verga gruesa, venosa, goteando precum. La tomé en mi mano, masturbándola lento, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel suave. "Métemela, Luis. Quiero sentirte adentro".
Él me tumbó boca arriba, separando mis piernas con rudeza cariñosa. Su dedo entró en mi coño empapado, chapoteando, sacándolo brillante. "Estás chorreando, pendeja caliente". Reí, jalándolo encima. Se hundió en mí de un empujón, llenándome hasta el fondo. ¡Dios! El estiramiento, el roce de su pubis contra mi clítoris, sus bolas golpeando mi culo. Gemí fuerte, arañando su espalda mientras él embestía, lento al principio, saboreando cada centímetro. El sonido de piel contra piel, slap-slap, se mezclaba con nuestros jadeos y el crujir de la cama.
Esto es prohibido, pero qué padre se siente. Su verga me parte en dos, me hace suya.
Aceleró, sudando sobre mí, gotas cayendo en mis tetas. Yo envolví mis piernas alrededor de su cintura, clavando los talones en su nalga firme. "¡Más duro, carnal! ¡Chíngame como hombre!". Él gruñó, poseyéndome con furia, su aliento caliente en mi oreja. "Eres mía, Ana, mi pasión secreta". El olor a sexo llenaba el cuarto, almizcle y sudor, y probé su piel salada lamiendo su hombro. La tensión crecía, mi vientre apretándose, el orgasmo acechando como tormenta.
Cambié de posición, montándolo como reina. Sus manos en mis caderas, guiándome mientras rebotaba, mi coño tragándoselo entero. Sus ojos fijos en mis tetas saltando, en mi cara de puro gozo. "¡Ven, Luis! ¡Córrete conmigo!". Él se tensó, sus embestidas desde abajo brutales, y explotamos juntos. Mi coño se contrajo en espasmos, ordeñándolo, mientras él rugía y llenaba mi interior de semen caliente, chorro tras chorro. El placer me cegó, olas y olas, hasta que colapsé sobre su pecho jadeante.
Nos quedamos así, enredados, el sudor enfriándose en nuestra piel, el corazón latiendo al unísono. Su mano acariciaba mi cabello, suave ahora. "Neta, Ana, esto fue lo mejor. Aunque sea prohibido, valió cada imagen que soñé". Sonreí contra su cuello, oliendo su esencia. "Sí, wey. Nuestras imágenes de amor y pasión prohibida son solo nuestras. Mañana volvemos a la farsa, pero esto... esto queda grabado".
Salimos por separado, de vuelta a la fiesta como si nada. Pero en mi mente, esas imágenes ardían eternas: su cuerpo sobre el mío, el sabor de su beso, el eco de nuestros gemidos. La pasión prohibida nos unía más que cualquier lazo familiar, un secreto chido que alimentaría noches solitarias. Y quién sabe, tal vez repetiríamos, porque en México, el amor así de intenso no se deja ir tan fácil.