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Videos de Pasion Prohibida Capitulo 1

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Videos de Pasion Prohibida Capitulo 1

Yo era Ana, una chava de veintiocho años viviendo en un departamento chido en la Roma Norte, con un trabajo de diseñadora gráfica que me dejaba tiempo libre pero el corazón vacío. Mi carnala del alma, Carla, siempre me decía que era hora de sentar cabeza, pero neta, lo que yo necesitaba era algo que me prendiera el fuego de adentro. Una noche, sola con mi laptop y un vaso de vino tinto, me dio por buscar algo picante en la red. Tecleé videos de pasion prohibida capitulo 1 y ¡órale! apareció un video amateur que me dejó con la boca abierta.

La pantalla se iluminó con una pareja en una habitación tenuemente lit, ella con un vestido rojo ceñido que marcaba cada curva, él con camisa desabotonada dejando ver un pecho moreno y musculoso. El aire parecía cargado de electricidad, como antes de una tormenta en el DF. Ella se acercó despacio, rozando sus labios en el cuello de él, y un gemido suave escapó de su garganta. Yo sentí un cosquilleo en la piel, el calor subiendo por mis muslos. ¿Por qué carajos esto me pone tan caliente? pensé, mientras mi mano bajaba instintivamente a mi entrepierna.

Es prohibido, eso es lo que lo hace tan jodidamente excitante. Como lo que siento por Luis, el hermano mayor de Carla.

Luis, ese wey de ojos cafés intensos y sonrisa pícara que me hacía derretir cada vez que lo veía. Lo conocía desde la prepa, pero siempre fue el prohibido, porque Carla juraba que si me metía con su carnal, se acababa la amistad. Pero esa noche, viendo cómo la mujer del video se arrodillaba y lamía el bulto en los pantalones de él, olía a sudor masculino mezclado con colonia cara, yo solo podía imaginar la verga dura de Luis presionando contra mis labios.

El video seguía: ella lo liberó, gruesa y venosa, palpitando al aire. Él la tomó del pelo con ternura pero firme, guiándola. Los sonidos eran crudos, chupadas húmedas, jadeos roncos que retumbaban en mis audífonos. Mi panocha se humedecía, el calor empapando mis panties de encaje. Toqué mi clítoris hinchado, círculos lentos, imaginando su lengua ahí. Videos de pasion prohibida capitulo 1, repetí en mi mente, como un mantra que avivaba el fuego.

Al día siguiente, en la cafetería de la esquina, el destino me la jugó. Ahí estaba Luis, solo con su café negro, vestido casual con jeans que abrazaban sus caderas. Mi corazón latió como tambor en fiesta patronal. “¿Qué onda, Ana? ¿Cómo ves?” dijo con esa voz grave que me erizaba la piel. Nos sentamos a platicar, y el roce accidental de su rodilla contra la mía fue como chispa en gasolina.

La tensión creció esa tarde. Le mandé un mensaje: “Wey, ¿vamos por un trago? Necesito desahogarme”. Respondió al tiro: “Dale, en mi depa”. Su lugar estaba a dos cuadras, un loft minimalista con vistas al skyline, olor a madera y café fresco. Entré y el ambiente ya estaba cargado. Él me ofreció un mezcal, nuestros dedos se tocaron al pasarlo, y sentí su pulso acelerado contra el mío.

Esto es prohibido, pero tan cabrón que no puedo parar. Carla nunca se enterará.

Hablamos de todo y nada, pero mis ojos bajaban a su boca, imaginando cómo sabría. El mezcal calentaba mi vientre, soltando mis inhibiciones. “Luis, siempre has sido el wey que me quita el sueño”, solté de repente. Él se acercó, su aliento con notas ahumadas rozando mi oreja. “Ana, tú eres puro fuego. Pero es prohibido, ¿no?” Susurró, y su mano subió por mi muslo, deteniéndose justo antes del borde de mi falda.

El beso fue inevitable. Sus labios carnosos capturaron los míos, lengua invadiendo con hambre contenida. Sabía a mezcal y deseo puro, un sabor salado y dulce que me hizo gemir en su boca. Lo empujé al sofá, montándome a horcajadas. Sus manos amasaron mis nalgas, apretando con fuerza que dolía rico. “Qué chula estás, mamacita”, gruñó, mordiendo mi labio inferior. Yo bajé la cremallera de sus jeans, liberando su verga tiesa, caliente como hierro al rojo. La apreté, sintiendo las venas pulsar bajo mi palma, y él siseó de placer.

Desabotoné mi blusa, dejando mis tetas al aire, pezones duros como piedras. Él las chupó voraz, lengua girando, dientes rozando lo justo para enviarme ondas de placer al centro de mi ser. Olía a su sudor fresco, almizcle masculino que me mareaba. Bajé, arrodillándome como en el video, y lo tomé en mi boca. Gruesa, salada, perfecta. Chupé despacio al principio, saboreando la gota precorial, luego más rápido, garganta profunda hasta que sus caderas se arquearon. “No mames, Ana, me vas a hacer venir”, jadeó, tirando de mi pelo.

Lo detuve, queriendo más. Me quitó la falda y las panties de un jalón, exponiendo mi panocha lampiña y empapada. Sus dedos exploraron, dos adentro curvándose contra mi punto G, pulgar en el clítoris. El sonido era obsceno, jugos chorreando, mis gemidos llenando la habitación. “Estás chorreando, pendeja caliente”, dijo juguetón, y yo reí entre jadeos. Me lamió entonces, lengua plana lamiendo desde el ano hasta el botón, chupando como si fuera el mejor taco de la vida. El orgasmo me golpeó fuerte, piernas temblando, visión nublada, gritando su nombre mientras el placer explotaba en olas.

Pero no paró. Me levantó como pluma, llevándome a la cama. Me puso a cuatro patas, azotando mis nalgas con palmadas que ardían delicioso. Entró de un embestida, llenándome hasta el fondo. ¡Ay, cabrón! Su verga estiraba mis paredes, frotando cada nervio. El slap-slap de piel contra piel, sus bolas golpeando mi clítoris, sus gruñidos roncos: todo era sinfonía de sexo prohibido. Sudábamos, pieles resbalosas uniéndose, olor a sexo crudo impregnando el aire.

Esto es mejor que cualquier video. Es real, es nuestro, es pasion prohibida.

Cambié de posición, montándolo, controlando el ritmo. Sus manos en mis caderas guiaban, ojos clavados en mis tetas rebotando. “Córrete conmigo, Luis”, supliqué, y él obedeció. Sentí su verga hincharse, chorros calientes inundándome mientras mi segundo orgasmo me partía en dos. Colapsamos, entrelazados, respiraciones agitadas calmándose juntas. Su semen goteaba de mí, cálido recordatorio de nuestra transgresión.

Después, en la penumbra, fumando un cigarro compartido –vicio culpable–, me miró con ternura. “Esto no puede ser solo una vez, Ana”. Yo asentí, besando su pecho salado. “Videos de pasion prohibida capitulo 1 fue solo el principio. Ahora somos la secuela”. Reímos bajito, sabiendo que el riesgo lo hacía más adictivo. Afuera, la ciudad bullía indiferente, pero adentro, habíamos encendido una llama que no se apagaría fácil.

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