El Color de la Pasión Capítulo 31
La noche en Guadalajara se envolvía en un manto de luces neón y el aroma dulce de las jacarandas que aún persistían en el aire cálido de mayo. Entré al penthouse de Marco con el corazón latiéndome como tambor de mariachi, mis tacones resonando en el mármol pulido del piso. Habían pasado dos semanas desde nuestra última noche juntos, dos semanas de mensajes calientes que me dejaban mojadita solo de leerlos. Neta, wey, este carnal me tiene loca, pensé mientras dejaba mi bolso en la mesa de cristal.
Marco salió de la cocina, camisa blanca desabotonada hasta el pecho, mostrando ese vello oscuro que me volvía loca. Sus ojos cafés me recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en mis jeans ajustados y la blusa escotada roja que había elegido para provocarlo. “Mamacita, llegaste justo a tiempo”, dijo con esa voz ronca que me erizaba la piel. Me acerqué, oliendo su colonia mezclada con el humo leve de su cigarro habitual, y lo besé en la mejilla, rozando mis labios lo suficiente para que sintiera mi aliento caliente.
La mesa estaba puesta con velas y una botella de tequila reposado, el cristal brillando bajo la luz tenue. “Siéntate, mi reina”, murmuró, sirviéndome un trago. El líquido ámbar bajó ardiente por mi garganta, despertando un fuego en mi vientre. Hablamos de tonterías, de la oficina, de la ciudad que no para, pero cada mirada era un roce invisible. Su mano rozó mi rodilla bajo la mesa, subiendo despacio por mi muslo. Sentí el calor de su palma a través de la tela, y apreté las piernas, conteniendo un gemido. ¿Cuánto más voy a aguantar?
Después de la cena, pusimos salsa en el estéreo, ese ritmo pegajoso que nos hacía mover las caderas sin querer. Bailamos pegados, su erección presionando contra mi pelvis, dura y prometedora. “Te extrañé, Luisa”, susurró en mi oído, mordisqueando el lóbulo. Su aliento olía a tequila y deseo, y yo arqueé la espalda, presionándome más contra él. Mis pezones se endurecieron bajo la blusa, rozando su pecho firme. Órale, este hombre sabe cómo encenderla.
La tensión crecía como tormenta en el horizonte. Lo empujé al sofá, sentándome a horcajadas sobre él. Mis manos exploraron su pecho, bajando hasta el cinturón. “Despacio, nena”, rio bajito, pero sus ojos ardían. Desabroché su camisa del todo, lamiendo su piel salada, saboreando el sudor fresco que empezaba a perlarse. Él metió las manos por debajo de mi blusa, amasando mis senos, pellizcando los pezones hasta que jadeé. El sonido de mi propia respiración era lo único que rompía el ritmo de la música.
Me quitó la blusa con urgencia, exponiendo mi brasier de encaje negro. “Eres una diosa”, gruñó, enterrando la cara entre mis pechos, inhalando mi perfume mezclado con el olor almizclado de mi excitación. Bajé la mano a su entrepierna, sintiendo su verga palpitante bajo los pantalones. La apreté, y él soltó un “¡Ay, cabrón!” juguetón. Nos besamos con hambre, lenguas enredadas, saboreándonos mutuamente, sal y tequila en cada roce.
La habitación parecía girar con el calor que desprendíamos. Marco me levantó en brazos, llevándome al dormitorio como si no pesara nada. La cama king size nos esperaba con sábanas de satén negro, el aire acondicionado zumbando suave contra nuestra piel febril. Me tendió boca arriba, besando mi cuello, bajando por el valle de mis senos. Desabrochó mi brasier, liberándolos, y chupó un pezón con succión experta, mientras su mano se colaba en mis jeans, rozando mi clítoris a través de las bragas empapadas.
“Estás chorreando, mi amor”, dijo con voz triunfante, metiendo un dedo dentro de mí. Gemí alto, arqueándome, el sonido húmedo de mis jugos llenando el cuarto.
Esto es el paraíso, neta que no quiero que pare nunca.Movía los dedos en círculos, encontrando ese punto que me hacía ver estrellas, mientras lamía el otro pezón. Mi mente era un torbellino: más, dame más, Marco, hazme tuya.
Me quité los jeans con impaciencia, quedando en tanga. Él se desnudó rápido, su verga saltando libre, gruesa y venosa, la punta brillando de precum. Me abrí de piernas, invitándolo. “Ven, carnal, fóllame ya”. Se posicionó entre mis muslos, frotando la cabeza contra mi entrada resbaladiza. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena, cada pulso, llenándome por completo. “¡Qué rico, qué apretadita estás!”, jadeó, empezando a moverse.
El ritmo aumentó, sus caderas chocando contra las mías con palmadas húmedas. Sudor corría por su espalda, y yo clavaba las uñas en ella, dejando marcas rojas. El olor a sexo impregnaba el aire, almizcle y piel caliente. Gemía su nombre, “¡Marco, sí, así, más fuerte!”, mientras él me penetraba profundo, golpeando mi cervix con cada embestida. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como amazona, mis senos rebotando, sus manos guiando mis caderas. Sentía su verga rozando mi G-spot, el placer acumulándose como ola gigante.
Me volteó a cuatro patas, entrando por detrás, una mano en mi clítoris, la otra jalándome el pelo suave. “¿Te gusta, putita mía?”, preguntó juguetón, y yo respondí con un “¡Simón, no pares!”. El espejo al frente nos mostraba: mi cara de éxtasis, sus músculos tensos, el brillo de nuestros cuerpos unidos. El clímax se acercaba, mis paredes contrayéndose alrededor de él. “Me vengo, amor”, grité, explotando en espasmos, jugos chorreando por mis piernas.
Él siguió unos segundos más, gruñendo como animal, y se corrió dentro de mí, chorros calientes llenándome, su semen mezclándose con el mío. Colapsamos juntos, jadeantes, piel pegajosa contra piel. Me acurruqué en su pecho, escuchando su corazón galopante calmarse. El aroma de nuestro amor flotaba, dulce y salado. “Esto es el color de la pasión capítulo 31 de nuestra historia, Luisa”, murmuró, besando mi frente. Reí bajito, trazando círculos en su abdomen. Qué chido, wey, no hay nada mejor que esto.
Nos quedamos así, envueltos en sábanas revueltas, el tequila olvidado en la sala. Afuera, la ciudad ronroneaba indiferente, pero en ese penthouse, el mundo era solo nosotros. Sentí una paz profunda, el afterglow envolviéndome como manta suave. Marco me apretó más, y supe que vendrían más capítulos, más noches de fuego. Mi cuerpo aún hormigueaba, recordando cada toque, cada embestida. Esto es vida, neta.