Carne y Vino Mi Pasión
El aroma del carbón quemándose me golpeó apenas crucé la puerta del asador. Ese olor ahumado, intenso, que se te mete en la nariz y te despierta el hambre más primal. Carne y vino mi pasión, pensé mientras escaneaba el lugar con la mirada. Ahí estaba él, Javier, sentado en una mesa al fondo, con esa camisa blanca que se le ajustaba a los hombros como si la hubieran cosido encima. Sus ojos oscuros me atraparon de inmediato, y sentí ese cosquilleo familiar bajándome por la espalda.
—¡Mamacita! —me dijo al verme acercar, levantándose para darme un beso que duró un segundo de más. Sus labios sabían a tequila, cálidos y firmes—. Llevaba todo el día pensando en ti.
Me senté frente a él, cruzando las piernas bajo la falda negra que me había puesto a propósito. El mesero llegó rápido, un tipo moreno con sonrisa pícara.
—Lo de siempre, ¿verdad? —preguntó Javier, guiñándome el ojo.
—Carne asada jugosa, bien cocida por fuera pero rosadita adentro —respondí, lamiéndome los labios sin disimulo—. Y un Cabernet bien encorpado, que se sienta en la lengua.
Él rio bajito, esa risa ronca que me eriza la piel. Pedimos dos arracheras enormes, cebollitas asadas, guacamole fresco y una botella de vino tinto mexicano, de Valle de Guadalupe. Mientras esperábamos, sus dedos rozaron los míos sobre la mesa, un toque eléctrico que me hizo apretar los muslos. Hablamos de todo y nada: del pinche tráfico en la Roma, de esa película que vimos la semana pasada donde la pareja se comía viva en la pantalla. Pero debajo de las palabras, la tensión crecía como el calor del asador.
La carne llegó humeante, el jugo chorreando en el plato, el olor a especias y fuego puro vicio. Corté un pedazo, lo llevé a mi boca despacio, masticando con los ojos clavados en los suyos. El sabor explotó: salado, tierno, con ese toque ahumado que te hace gemir bajito.
—Qué rica —murmuré, y él supo que no hablaba solo de la comida.
El vino entró suave, aterciopelado, bajando por mi garganta como una caricia líquida. Brindamos, copas chocando con un tintineo cristalino, y el primer sorbo me calentó el pecho. Javier me contaba de su semana, pero yo apenas escuchaba. Solo sentía su mirada devorándome, el roce de su pie contra mi pantorrilla bajo la mesa.
Carne y vino mi pasión, pero esta noche él sería mi festín completo, pensé, imaginando sus manos en mi cintura.
La cena se estiró deliciosamente. Compartimos bocados, él me dio de su plato con el tenedor, sus labios rozando mis dedos al morder. El vino nos soltó la lengua, risas más altas, toques más osados. Su mano subió por mi muslo, deteniéndose justo antes de lo interesante, y yo apreté su rodilla en respuesta. El restaurante zumbaba alrededor: charlas animadas, el siseo de la parrilla, el pop ocasional de una botella. Pero nuestro mundo se achicaba a esa mesa, a ese fuego que nos consumía por dentro.
Al fin, no aguantamos más. Pagamos la cuenta —él insistió, como siempre— y salimos al aire fresco de la noche capitalina. El valet trajo su camioneta negra, y en cuanto cerramos las puertas, sus labios cayeron sobre los míos. Beso hambriento, lengua explorando, manos enredándose en mi pelo. Condujo rápido hacia su depa en Polanco, yo con la mano en su entrepierna, sintiendo cómo se ponía duro bajo el pantalón.
—Pinche loca —gruñó divertido, acelerando—. Me vas a matar antes de llegar.
El elevador fue puro tormento. Apenas se cerraron las puertas, me levantó contra la pared, su boca en mi cuello, mordisqueando suave. Olía a colonia amaderada mezclada con el humo de la carne, embriagador. Mis uñas se clavaron en su espalda, gimiendo bajito mientras su mano se colaba bajo mi falda, encontrándome ya mojada.
—Estás chorreando, carnal —susurró al oído, dedo deslizándose adentro con maestría.
Entramos al depa tambaleándonos, ropa volando por el aire. Mi blusa, su camisa, la falda. Quedé en tanga negra, él en boxers que no escondían nada. Me llevó a la cocina, porque carne y vino mi pasión, y nos sirvió lo que quedaba de la botella. Me sentó en la isla de granito frío, abriéndome las piernas. Vertió vino tinto sobre mi pecho, gotas resbalando por mi piel, y lamió despacio, lengua caliente trazando caminos de placer. Gemí fuerte, arqueándome, el sabor del vino mezclado con mi sudor salado en su boca cuando me besó después.
—Prueba tú —dijo, untando un chorrito en su abdomen marcado, invitándome.
Me bajé, arrodillándome, lengua recorriendo cada músculo, bajando hasta el borde de los boxers. Lo liberé, su verga saltando dura, venosa, lista. La lamí desde la base, saboreando la piel salada, el calor pulsante. Él jadeó, mano en mi pelo guiándome sin forzar. Chupé profundo, garganta relajada, oyendo sus gruñidos roncos que rebotaban en las paredes.
—¡Qué chido, nena! —gimió, pero me levantó antes de acabar—. Quiero estar dentro de ti.
Me cargó al cuarto, cama king size con sábanas de algodón egipcio suaves como seda. Me tiró suave, trepando encima. Besos por todo el cuerpo: pechos, vientre, muslos. Su lengua llegó a mi centro, lamiendo lento, chupando mi clítoris hinchado. El placer me dobló, caderas moviéndose solas, olor a sexo llenando el aire. Grité su nombre, orgasmos primeros llegando en olas, piernas temblando.
Él se puso de pie, rodilla en la cama, penetrándome de un empujón largo, profundo. ¡Ay, cabrón! Llenándome completo, estirándome delicioso. Empezó a moverse, lento al principio, saliendo casi todo para volver hondo. Mis paredes lo apretaban, jugos chorreando. Aceleró, piel chocando con palmadas húmedas, sudor perlando su pecho. Lo arañé, mordí su hombro, perdida en el ritmo.
—Más fuerte, pendejo —le rogué juguetona, y él obedeció, embistiéndome como animal.
Cambié de posición, montándolo yo. Sus manos en mis caderas, guiándome mientras rebotaba. Lo veía desde arriba: músculos tensos, ojos negros de lujuria pura. Pelvis girando, clítoris rozando su pubis, segundo orgasmo rompiéndome en pedazos. Él gruñó, volteándome a cuatro patas, follando desde atrás con furia contenida. Manos amasando mis nalgas, dedo en mi ano juguetón, enviando chispas extras.
—Me vengo, amor —avisó ronco, y sentí su calor explotar adentro, llenándome mientras yo colapsaba en un clímax final, cuerpo convulsionando.
Caímos enredados, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. Su brazo alrededor de mi cintura, besos suaves en la nuca. El cuarto olía a nosotros: sexo, vino derramado, pasión cruda. Me acurruqué contra su pecho, oyendo su corazón galopante volver a normal.
—Carne y vino mi pasión —susurré risueña—, pero tú eres mi adicción eterna.
Él rio bajito, apretándome más.
—Y yo la tuya, güey. Mañana repetimos.
Me dormí así, satisfecha, piel pegada a piel, sabiendo que esta noche había sido perfecta. El deseo no se apaga; solo espera la próxima cena para encenderse de nuevo.