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Fruta de la Pasion Donde Comprar el Sabor Prohibido

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Fruta de la Pasion Donde Comprar el Sabor Prohibido

Entraste al mercado de Coyoacán con el sol pegando fuerte en tu espalda, el aire cargado de olores a tamales recién hechos, chiles tostados y frutas maduras que chorreaban jugo dulce. Fruta de la pasion donde comprar, habías escrito en tu cel esa mañana, buscando algo exótico para impresionar en la cena con amigos. Pero ahora, caminando entre los puestos coloridos, sentías que la búsqueda era por algo más que un postre. Tus sandalias chapoteaban en el piso húmedo, y el bullicio de los vendedores gritando ofertas te hacía vibrar por dentro.

Ahí lo viste. Un wey alto, moreno, con playera ajustada que marcaba sus pectorales y un tatuaje asomando en el cuello. Su puesto rebosaba de maracuyás, esas frutas de la pasión amarillas y arrugaditas, listas para partirse en dos. Órale, carnala, te dijo con una sonrisa pícara, sus ojos negros clavándose en los tuyos como si ya supiera tu secreto. ¿Buscas fruta de la pasión? Aquí la tienes, la más dulce de todo México.

Te acercaste, oliendo ese aroma ácido y tropical que te hacía salivar. Tocaste una, su piel tersa bajo tus dedos, imaginando cómo explotaría el jugo adentro. Él se inclinó, su aliento cálido rozando tu oreja.

Neta, güeyita, esta fruta te despierta lo que traes guardado. ¿Quieres probar?
Asentiste, el corazón latiéndote como tamborazo en fiesta. Partió una con sus manos fuertes, el chasquido húmedo resonando, y te acercó la pulpa morada, gotas resbalando por su barbilla.

El sabor te invadió: dulce agrio, cremoso, como un beso prohibido. Lamiste tus labios, y él te miró con fuego. Fruta de la pasion donde comprar, murmuraste para ti, pero él lo oyó y rio bajito. Soy el único lugar donde la consigues así de fresca, mi reina. Intercambiaron miradas, el deseo creciendo como la humedad entre tus muslos. Le compraste un kilo, pero no era solo fruta lo que querías llevarte.

La tarde avanzaba, el mercado se llenaba de parejas coqueteando, música de mariachi lejano. Él, que se llamaba Marco, te invitó a su puesto trasero, un rincón sombreado con esterita y velitas. Ven, te enseño cómo se come de verdad, dijo, su voz ronca como tequila reposado. Te sentaste cerca, piernas rozándose, el calor de su piel traspasando la tela. Sacó más frutas, las abrió lento, deliberado, el jugo chorreando por sus dedos morenos. Te ofreció un trozo, y al morder, goteó en tu escote, fresco contra tu piel caliente.

¡Puta madre, qué rico! exclamaste, riendo nerviosa. Él limpió la gota con el pulgar, rozando tu clavícula, enviando chispas por tu espina. Tus pezones se endurecieron bajo la blusa ligera, y él lo notó, su mirada bajando hambrienta. Hablaban de todo y nada: de la vida en la Ciudad, de cómo la pasión es como esa fruta, hay que partirla para saborear el centro. Tus pensamientos volaban:

¿Qué chingados estoy haciendo? Pero se siente tan bien, tan vivo.
Su mano en tu rodilla, subiendo despacio, el roce áspero de su palma contra tu piel suave.

El deseo escalaba. Lo besaste primero, impulsiva, sus labios carnosos saboreando a maracuyá y hombre. Lenguas danzando, húmedas, el gemido que escapó de tu garganta ahogado por su boca. Sus manos exploraban tu espalda, bajando a tus nalgas, apretando con fuerza juguetona. Eres un pinche fuego, wey, le susurraste, mordiendo su labio inferior. Él gruñó, levantándote en brazos como si no pesaras, acostándote en la esterita mullida.

El mundo se redujo a sensaciones: el olor almizclado de su sudor mezclado con el dulzor frutal, el sonido de respiraciones agitadas, el crujir de la tela al quitarse la ropa. Su pecho ancho presionando el tuyo, piel contra piel, caliente y pegajosa. Bajó besos por tu cuello, lamiendo el rastro salado, hasta tus senos. Chupó un pezón, succionando suave luego fuerte, tus caderas arqueándose solas, buscando fricción. Más, cabrón, no pares, rogabas en voz baja, las uñas clavándose en su espalda musculosa.

Sus dedos encontraron tu centro, resbaladizo de anticipación. Jugó ahí, círculos lentos, metiendo uno, luego dos, curvándolos justo donde dolía de placer. El jugo de maracuyá lo untó en ti, fresco y pegajoso, intensificando cada roce. Gemías bajito, mordiendo tu puño para no alertar al mercado. Él se posicionó, su verga dura como fruta madura presionando tu entrada.

Te quiero toda, mi amor
, murmuró, y entraste tú primero, cabalgándolo lento, sintiendo cada centímetro estirándote, llenándote.

El ritmo creció: embestidas profundas, piel chocando con palmadas húmedas, el olor a sexo crudo invadiendo el aire. Tus paredes lo apretaban, pulsando, mientras él te follaba con maestría, un brazo bajo tu espalda arqueada, el otro pellizcando tu clítoris hinchado. Sudor perlando frentes, bocas abiertas en jadeos. ¡Ya casi, pinche diosa! gritó él, y tú explotaste primero, olas de éxtasis rompiéndote, el grito ahogado en su hombro, temblores sacudiéndote entera.

Él te siguió, gruñendo ronco, caliente derramándose dentro, pulsos interminables. Colapsaron juntos, entrelazados, el corazón de él martillando contra el tuyo. El afterglow era puro: besos perezosos, risas compartidas, el jugo seco en pieles pegadas. Le acariciaste el cabello revuelto, oliendo a él y a pasión frutal.

Después, envueltos en una cobija ligera, compartieron otra fruta. Fruta de la pasion donde comprar, bromeaste, ahora lo sé perfecto. Él rio, abrazándote fuerte. No era solo un polvo; había conexión, esa chispa mexicana de almas que se reconocen en el caos del mercado. Te fuiste con el kilo en la mano, pero el verdadero tesoro era el fuego encendido adentro, prometiendo más visitas, más sabores prohibidos.

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