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Pasión por los Libros y la Carne

7082 palabras

Pasión por los Libros y la Carne

Entré a la librería de Coyoacán como cada sábado, con ese cosquilleo en el estómago que solo me da la pasión por los libros. El aire olía a papel viejo y tinta fresca, mezclado con el aroma dulce de las velas de vainilla que ponía el dueño para ambientar. Mis dedos rozaban las portadas desgastadas de los estantes, sintiendo la textura áspera bajo las yemas, como si cada libro guardara secretos que solo yo podía descifrar. Llevaba un vestido ligero de algodón que se pegaba un poco a mi piel por el calor de la tarde, y el ventilador del techo zumbaba perezosamente, moviendo el aire caliente.

Estaba absorta en un tomo de Pedro Páramo de Rulfo, imaginando las voces fantasmales del pueblo muerto, cuando lo vi. Alto, con camisa de lino arremangada hasta los codos, cabello revuelto como si acabara de salir de una siesta larga. Hojeaba un libro de Octavio Paz, sus labios moviéndose en silencio mientras leía. Nuestras miradas se cruzaron por encima de las estanterías, y sentí un calor subir por mi cuello. ¿Qué onda con este güey? pensé, mientras mi pulso se aceleraba un poquito.

¿Te late Paz? —le pregunté, acercándome con el libro en la mano, fingiendo casualidad.

Él levantó la vista, sonriendo con esa confianza que hace que las rodillas flaqueen. —Neta, sus poemas son puro fuego. ¿Y tú qué lees, carnala? —Su voz era grave, como un ronroneo, y olía a colonia fresca con un toque de café recién molido.

Me llamó la atención su forma de hablar, bien chilango, directo al grano. Nos pusimos a platicar de libros, de cómo la pasión por los libros nos había cambiado la vida. Yo le conté que desde morra me escapaba a la biblioteca para perderme en mundos ajenos, y él confesó que coleccionaba ediciones raras, esas que huelen a historia y misterio. El tiempo voló; el sol se colaba por las ventanas empañadas, tiñendo todo de dorado. Nuestros brazos se rozaban accidentalmente al sacar un volumen del estante alto, y cada contacto era como una chispa en mi piel.

Este vato me prende, neta. Sus ojos recorren mi cuerpo como si leyera un capítulo prohibido.

Al rato, el dueño anunció que cerraba temprano por un evento. —¿Quieres seguir la plática en mi depa? Tengo una biblioteca chida arriba de la librería —me propuso Diego, con esa mirada que no deja lugar a dudas. Mi corazón latía fuerte, el deseo ya bullendo bajito en mi vientre. —¡Órale, vamos! —respondí, sintiendo el calor entre mis muslos crecer.

Subimos las escaleras chirriantes, el eco de nuestros pasos resonando en la madera vieja. Su departamento era un paraíso: paredes cubiertas de estantes repletos, el olor intenso a cuero y páginas amarillentas envolviéndonos como un abrazo. Me sirvió un mezcal en un vasito de cristal, el líquido ahumado quemando dulce en mi lengua. Brindamos por los libros, pero sus ojos estaban fijos en mis labios, en el escote que se asomaba con cada sorbo.

Ven, mira este —dijo, sacando un libro erótico antiguo, prohibido en su época. Lo abrió en una página donde describía amantes entrelazados, sus dedos rozando los míos al pasármelo. El tacto de su piel era cálido, áspero por el trabajo manual que intuía en sus manos. Me acerqué más, inhalando su aroma masculino, y sentí su aliento en mi oreja mientras leía en voz baja: "Sus cuerpos se fundían como tinta en papel húmedo..."

El calor era insoportable ya. Mi mano subió por su brazo, sintiendo los músculos tensos bajo la camisa. Él dejó el libro y me jaló suave hacia él, sus labios encontrando los míos en un beso que sabía a mezcal y urgencia. ¡Qué rico beso, cabrón! pensé, mientras su lengua exploraba mi boca con hambre contenida. Sus manos bajaron por mi espalda, apretando mis nalgas sobre el vestido, y yo gemí bajito contra su cuello.

Nos movimos hacia el sillón viejo, cubierto de cojines mullidos que olían a lavanda. Me quitó el vestido despacio, besando cada centímetro de piel que descubría: el hueco de mi clavícula, el valle entre mis pechos. Mi piel erizada respondía a cada roce, el aire fresco de la habitación contrastando con el fuego que nos consumía. —Eres preciosa, como una novela que no quiero soltar —murmuró, y yo reí suave, jalándolo para desabotonar su camisa.

Su pecho era firme, cubierto de vello oscuro que lamí con la lengua, saboreando el salado de su sudor. Bajé más, desabrochando su pantalón, liberando su verga dura que palpitaba caliente en mi mano. La acaricié despacio, sintiendo las venas hinchadas, el calor irradiando. Él jadeó, "¡Qué chingón se siente eso!", y me recostó en el sillón, sus labios bajando por mi vientre hasta mi centro húmedo.

Estoy empapada, listísima para él. Esta pasión por los libros nos llevó aquí, a devorarnos como páginas ardientes.

Su lengua encontró mi clítoris, lamiendo con maestría, chupando suave al principio, luego con más fuerza. El placer subía en olas, mis caderas moviéndose solas contra su boca. Olía a mi propia excitación, almizclada y dulce, mezclada con su colonia. Gemí fuerte, agarrando su cabello, "¡No pares, güey, qué rico!" Él metió dos dedos dentro de mí, curvándolos justo ahí, frotando ese punto que me hacía ver estrellas. Mi cuerpo temblaba, el clímax acercándose como una tormenta.

Lo jalé arriba, queriendo sentirlo todo. —Entra en mí, ya —le supliqué, y él obedeció, colocándose entre mis piernas. Su verga gruesa me llenó despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. El sonido de nuestra piel chocando era húmedo, rítmico, como páginas volteando rápido. Empujaba profundo, mis uñas clavándose en su espalda, oliendo el sudor que perlaba su frente.

Nos volteamos; yo arriba, cabalgándolo con furia. Sus manos en mis tetas, pellizcando los pezones duros, enviando descargas directas a mi sexo. "¡Sí, así, muévete chula!" gruñía él, y yo aceleraba, sintiendo su polla palpitar dentro, rozando cada rincón sensible. El orgasmo me golpeó como un rayo, contrayéndome alrededor de él, gritando su nombre mientras ondas de placer me recorrían desde el útero hasta las puntas de los pies. Él se vino segundos después, caliente y abundante, llenándome con un gemido ronco que vibró en su pecho.

Caímos exhaustos, jadeando, piel pegada a piel en un charco de sudor y fluidos. El cuarto olía a sexo crudo, a libros y a nosotros. Me acurruqué en su brazo, su corazón latiendo fuerte contra mi oreja. —Esto fue mejor que cualquier lectura —dijo riendo bajito.

Neta, mi pasión por los libros me trajo hasta ti —respondí, besando su pecho. Afuera, la noche de Coyoacán susurraba con risas lejanas y música de mariachi, pero aquí, en nuestro nido de páginas y deseo, todo era perfecto. Sabía que volveríamos a este ritual, libro a libro, piel a piel, dejando que la pasión nos guiara una y otra vez.

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