La Pasión Sensual Según San Mateo de Bach
Yo soy Mateo, un pinche músico callejero que se la pasa tocando Bach en las plazas de la Ciudad de México, pero esta noche no hay violín ni multitud. Solo ella, mi Ana, con esa mirada que me calienta hasta los huesos. Estamos en mi depa en la Condesa, luces tenues, una botella de mezcal reposado abierta sobre la mesa de madera. El aire huele a jazmín del jardín y a su perfume dulzón que me marea. Neta, wey, pienso, esta chava me tiene loco desde que la vi en el conservatorio, con su falda ondeando como las notas de un allegro.
Ana se recarga en el sofá, sus piernas morenas cruzadas, el vestido rojo ceñido a sus curvas como una segunda piel. Yo pongo el disco en el tocadiscos viejo que heredé de mi abuelo. La Pasión según San Mateo de Bach, esa obra maestra que me eriza la piel cada vez. El coro inicial retumba suave, las voces graves y agudas entrelazándose como amantes enredados. Ella me mira, sonríe pícara. "¿Vas a tocarme como tocas tu violín, San Mateo?" dice, juguetona, llamándome así por mi devoción a Bach.
Me acerco, el corazón latiéndome como un bajo continuo. Su piel brilla bajo la luz de las velas, huele a vainilla y deseo. Le rozo el brazo con los dedos, sintiendo el calor que sube desde su poro.
¿Por qué carajos esta música siempre me pone en modo bestia?pienso, mientras el tenor canta de traición y sufrimiento, pero en mi cabeza es puro fuego. Ana suspira, cierra los ojos, y yo le beso el cuello, saboreando la sal de su sudor fresco. Sus manos me agarran la nuca, uñas clavándose suave, mandándome chispas por la espalda.
La primera parte del acto se arrastra lenta, como nuestra tensión. Nos besamos con hambre contenida, lenguas danzando al ritmo de los coros. Su boca sabe a mezcal ahumado y miel, dulce y ardiente. Le quito el vestido despacio, revelando sus tetas firmes, pezones oscuros endureciéndose al aire. ¡Qué ricas, mamacita! gimo en mi mente. Ella me desabrocha la camisa, sus palmas calientes contra mi pecho velludo, bajando hasta mi cinturón. El vinilo gira, Bach narrando la agonía de Cristo, pero aquí es nuestra agonía de espera.
La llevo al cuarto, la alfombra persa suave bajo mis pies descalzos. La acuesto en la cama king size, sábanas de algodón egipcio que huelen a lavanda. El coro de "O Haupt voll Blut und Wunden" llena el cuarto, melancólico y profundo. Ana gime bajito cuando le beso el ombligo, bajando por su vientre plano. Sus muslos tiemblan, el aroma de su excitación sube como incienso, almizclado y embriagador. Le separo las piernas con ternura, mi lengua explora su chochito húmedo, saboreando el néctar salado-dulce que me vuelve pendejo.
Esto es mejor que cualquier concierto en Bellas Artes, pienso, mientras ella arquea la espalda, sus gemidos mezclándose con las voces del oratorio. "¡Ay, Mateo, no pares, cabrón!", susurra, voz ronca de placer. Mis dedos entran en ella, calientes y resbalosos, curvándose para tocar ese punto que la hace jadear. El ritmo de Bach acelera, la orquesta hinchándose como mi verga en los boxers. Ella me jala el pelo, guiándome, empoderada en su lujuria.
Nos volteamos, ella encima ahora, cabalgándome como amazona. Se quita los boxers de un tirón, mi verga saltando libre, gruesa y palpitante, venas marcadas por la sangre hirviendo. Ana la acaricia, ojos brillantes de codicia. "Qué chingona está, San Mateo", ríe, lamiéndola desde la base hasta la punta, lengua caliente envolviéndome como un coral de Bach. El sabor de mi pre-semen en su boca, salado y mío, me hace gruñir. La música llega al recitativo de la crucifixión, tenso, expectante.
La pongo de rodillas, entramos despacio al principio, su panocha apretada tragándome centímetro a centímetro. ¡Qué delicia, wey! El calor nos envuelve, piel contra piel sudada, slap-slap de caderas chocando. Sus nalgas redondas rebotan contra mi pubis, olor a sexo crudo llenando el aire, mezclado con el humo de las velas. Ana empuja hacia atrás, controlando el ritmo, gimiendo "¡Más duro, pendejo, dame todo!". Yo obedezco, manos en sus caderas, embistiendo profundo, sintiendo sus paredes contraerse alrededor de mí.
El clímax de la pasión se acerca en la música, coros triunfales. Nuestros cuerpos resbalan de sudor, pulsos acelerados latiendo al unísono. Ella gira, me monta de frente, tetas bamboleándose, pezones rozando mi pecho. Nuestros ojos se clavan, sudor goteando de su frente a la mía.
En este momento, soy el santo y el pecador, Bach mi testigo, pasa por mi cabeza mientras ella cabalga furiosa, chochito chorreando sobre mis bolas. "¡Me vengo, Mateo, chingado!", grita, cuerpo convulsionando, uñas en mi espalda dejando surcos rojos ardientes.
Yo no aguanto más, la volteo boca arriba, piernas en mis hombros, penetrándola salvaje. La música estalla en el final, voces elevándose al cielo. Mi verga palpita, semen caliente brotando en chorros dentro de ella, llenándola mientras grito su nombre. Ondas de placer nos recorren, músculos temblando, respiraciones entrecortadas. Colapso sobre ella, nuestros corazones martilleando como timbales.
El vinilo termina, aguja raspando el silencio. Nos quedamos así, enredados, piel pegajosa enfriándose. Ana acaricia mi pelo revuelto, besos suaves en mi sien. "Esa fue la pasión según San Mateo de Bach, ¿verdad, amor?", murmura, riendo bajito. Huele a nosotros, a sexo satisfecho y mezcal. Neta, esto es vida, pienso, mientras el jazmín del jardín entra por la ventana abierta.
Nos duchamos juntos después, agua caliente lavando el sudor, jabón de coco espumoso entre sus curvas. Manos explorando perezosas, besos lánguidos bajo el chorro. Salimos envueltos en toallas, pedimos tacos de la taquería de la esquina, carnitas jugosas con cilantro fresco. Comemos en la cama, riendo de tonterías, su cabeza en mi hombro.
Esta noche, Bach no solo narró sufrimiento; nos dio éxtasis. Ana duerme ahora, respiración calmada, yo la miro, agradecido. Mañana tocaré en la plaza, pero esta pasión según San Mateo de Bach queda grabada en mi alma, sensual y eterna como las notas que nos unieron.