El Pijama Mata Pasiones
Me llamo Ana, tengo treinta y dos años y vivo en un departamento chiquito pero acogedor en la colonia Roma de la Ciudad de México. Mi carnal, Luis, y yo llevamos casados cinco años, y aunque la rutina nos ha pegado un poco, todavía siento ese cosquilleo cuando lo veo llegar del trabajo. Esa noche, andaba yo de buenas, porque acababa de llegar mi paquete de Shein: un pijama mata pasiones que vi en un anuncio. Decían que era para dormir como angelito, sin distracciones, de algodón suave que te relaja el cuerpo y la mente. Neta, lo pedí pensando en usarlo para variar, porque mis viejos camisones ya me tenían harta.
Luis entró a las nueve, con la camisa toda sudada del tráfico infernal de Insurgentes. "¡Hola, mi reina!" gritó desde la puerta, y yo salí de la recámara con el pijama puesto. Era de dos piezas, short y blusita, color crema con florecitas discretas, pero al verme en el espejo, ¡órale! Me ceñía en las curvas como guante, el short marcando mis nalgas redondas y la blusa dejando ver el contorno de mis chichis. Olía a nuevo, a esa fragancia fresca de detergente importado. "¿Qué onda con ese pijama, amor? ¿Quieres matarme de un infarto?" dijo él, riendo mientras se quitaba los zapatos.
Me acerqué, sintiendo el roce suave del algodón contra mi piel, y lo besé en la boca. Su barba de tres días raspaba delicioso mis labios, y su olor a hombre, a sudor mezclado con colonia barata, me encendió de golpe. "Es mi nuevo pijama mata pasiones, para que duermas tranquilo sin tentaciones", le dije juguetona, pero por dentro ya sentía el calor subiendo por mis muslos. Cenamos tacos de suadero que traje de la tiendita de la esquina, con salsa verde picosa que nos dejó la lengua ardiendo. Cada bocado era una excusa para rozar su pierna con la mía bajo la mesa, y el aire se llenaba del aroma ahumado de la carne y del limón fresco.
Después de lavarnos los dientes –yo con pasta de menta que refrescaba hasta el alma–, nos metimos a la cama. La sábana fría contra mis piernas desnudas me erizó la piel, y el ventilador zumbaba suave, moviendo el aire tibio de la noche mexicana. Luis se recostó a mi lado, en bóxer, su pecho moreno subiendo y bajando. "Estás preciosa con ese pijama, Ana. Parece que mata pasiones, pero a mí me está despertando todas", murmuró, pasando su mano por mi cintura. Sentí sus dedos callosos, ásperos del trabajo en la constructora, deslizándose bajo la blusa, tocando mi ombligo. Mi vientre se contrajo, y un jadeo se me escapó.
¿Por qué carajos pedí este pijama si ahora quiero que me lo arranque? Neta, mi cuerpo traicionero ya está húmeda, latiendo como tambor en fiesta de pueblo.
Lo miré a los ojos, oscuros y hambrientos bajo la luz tenue de la lámpara. "¿De verdad? Prueba a ver si de plano mata pasiones", lo reté, girándome para que mi nalga rozara su entrepierna. Ya lo sentía duro, presionando contra el short del pijama, ese bulto que conocía tan bien. Su mano subió despacio, acariciando mi muslo interior, donde la piel es tan sensible que cada roce era como electricidad. Olía a su excitación, ese almizcle varonil que me volvía loca, mezclado con mi propio aroma dulce de mujer lista.
Empecé a besarlo el cuello, lamiendo el sudor salado que perlaba su clavícula. "Mmm, qué rico sabes, mi chulo", susurré, y él gruñó bajito, un sonido gutural que vibró en mi pecho. Sus labios capturaron los míos, la lengua invadiendo mi boca con sabor a cerveza y deseo. Mientras nos besábamos, su mano se coló dentro del short, encontrando mi panocha empapada. "Estás chorreando, amor. Este pijama no mata nada, al contrario", dijo con voz ronca, frotando mi clítoris en círculos lentos. Gemí contra su boca, el placer subiendo en oleadas, mis caderas moviéndose solas para más fricción. El algodón del pijama se humedecía, pegándose a mi piel como segunda capa erótica.
Le quité la blusa del pijama con prisa, mis chichis saltando libres, pezones duros como piedras. Él los tomó en sus manos grandes, amasándolos, pellizcando suave hasta que dolió rico. "Estas tetas son mi perdición, Ana", jadeó, bajando la boca para mamar uno. Su lengua caliente rodeaba el pezón, chupando con succiones que me hacían arquear la espalda. Sentía su verga palpitando contra mi pierna, gruesa y caliente, pidiendo atención. La tomé por encima del bóxer, masturbándolo despacio, sintiendo las venas hinchadas bajo mis dedos. "Quítate eso, quiero probarte", le ordené, y él obedeció, quedando desnudo a mi lado.
Me puse de rodillas en la cama, el colchón hundiéndose bajo mi peso, y me incliné para lamer la punta de su verga. Saboreé el precúm salado, ese gusto único a él, mientras lo engullía centímetro a centímetro. Su mano enredada en mi pelo, guiándome sin forzar, gemidos roncos llenando la habitación. "¡Qué chingón chupas, mi vida! No pares". El olor de su sexo me embriagaba, y mi propia humedad corría por mis muslos, goteando en las sábanas.
Esto es lo que necesitaba, neta. Olvidarme del pinche trabajo, de las cuentas, solo su cuerpo en el mío, sudando juntos como animales en calor.
Luis me jaló hacia arriba, volteándome boca arriba con gentileza. "Ahora te voy a comer esa panocha hasta que grites", prometió, bajando por mi cuerpo. Besó mi vientre, mordisqueando suave, hasta llegar al short del pijama. Lo deslizó lento, besando cada centímetro de piel que liberaba. Cuando llegó a mi entrepierna, inhaló profundo. "Olerte así me vuelve loco, tan dulce y caliente". Su lengua separó mis labios, lamiendo desde el ano hasta el clítoris en una pasada larga. Grité, las caderas elevándose, mientras devoraba mi clítoris con labios y dientes. Dos dedos entraron en mí, curvándose para tocar ese punto que me deshacía, bombeando rítmico. El sonido chapoteante de mi excitación, mis jugos y su saliva, era obsceno y delicioso.
No aguanté más. "¡Métemela ya, Luis! Te necesito adentro". Él se posicionó, la cabeza de su verga rozando mi entrada, lubricada a reventar. Entró despacio, estirándome delicioso, centímetro a centímetro, hasta llenarme por completo. "Estás tan apretada, amor, como la primera vez", gruñó, empezando a bombear. Yo clavaba las uñas en su espalda, sintiendo los músculos tensos bajo mis palmas, sudor goteando de su frente a mi pecho. El ritmo aumentó, piel contra piel en palmadas húmedas, el catre crujiendo como si se fuera a romper. Cada embestida tocaba profundo, rozando mi punto G, el placer acumulándose como tormenta.
Cambié de posición, montándolo a mí ritmo. Sus manos en mis caderas, guiándome mientras rebotaba, mis chichis saltando con cada bajada. Lo veía desde arriba, cara de puro gozo, mordiéndose el labio. "¡Sí, cabálgame así, mi reina!". El clímax me golpeó primero, un estallido que me dejó temblando, contrayéndome alrededor de su verga, gritando su nombre. Él me siguió segundos después, hinchándose dentro, llenándome de su leche caliente en chorros potentes. Colapsamos juntos, jadeantes, cuerpos pegajosos de sudor y fluidos.
Nos quedamos así, enredados, el pijama hecho bola en el suelo como testigo traicionero. Su mano acariciaba mi pelo, mi cabeza en su pecho oyendo su corazón galopante calmarse. "Definitivamente, ese pijama mata pasiones... pero solo las mías por dormir", bromeó él, y reímos bajito. Afuera, el ruido de la ciudad –cláxones lejanos, perros ladrando– parecía un mundo aparte. Dentro, solo nosotros, satisfechos, conectados de nuevo. Mañana sería otro día, pero esta noche, el pijama había ganado su lugar en el clóset... para usarlo otra vez.