Donde Se Grabó La Pasión De Cristo
El sol de la tarde caía a plomo sobre las piedras antiguas de Matera esa tarde de verano en Italia. Yo, Ana, una chilanga de pura cepa nacida en el corazón del DF, caminaba tomada de la mano de Luis, mi carnalito del alma, mi marido desde hace dos años. Habíamos volado desde México para este viaje de aniversario, soñando con perdernos en rincones que olían a historia y misterio. Neta, nunca imaginé que este pueblo excavado en la roca, con sus cuevas y callejones laberínticos, sería el detonante de la pasión más cabrona de nuestras vidas.
Luis, con su piel morena brillando de sudor y esa sonrisa pícara que me deshace las rodillas, me apretó la mano. "¿Sabías, mi reina, que donde se grabó La Pasión de Cristo es justo aquí? Estas piedras vieron el sufrimiento de Jesús en la película de Mel Gibson", me dijo con voz ronca, señalando las ruinas del Sassi di Matera. El aire estaba cargado de ese olor terroso a piedra caliente mezclada con jazmín silvestre y un leve aroma a pan horneado de alguna nonna cercana. Sentí un escalofrío recorrer mi espinazo, no por la historia religiosa, sino porque el nombre "pasión" se me clavó como una promesa sucia y deliciosa.
"Puta madre, Ana, ¿por qué carajos me pones así con solo mirarte?"pensé que diría Luis, pero en cambio me jaló hacia una callejuela estrecha, lejos de los turistas. Mi corazón latía como tamborazo en una fiesta de pueblo. Llevábamos días de romance tibio, besos castos en Roma, cenas románticas en Venecia, pero aquí, en este lugar de tormento eterno, algo se encendía. Mi blusa de algodón se pegaba a mis tetas por el sudor, y sentía mis pezones endureciéndose contra la tela, rogando atención.
Nos sentamos en un banco de piedra desgastado, con vistas a un barranco profundo donde el viento susurraba secretos. Luis me miró con esos ojos negros que me han visto deshacerme mil veces. "Te ves como una diosa pagana entre estas ruinas cristianas, muñeca", murmuró, su aliento cálido rozando mi oreja. Su mano subió por mi muslo, bajo la falda ligera, y yo abrí las piernas un poquito, invitándolo. El roce de sus dedos callosos contra mi piel suave era eléctrico, como chispas de un short en la casa vieja de mi abuelita. Olía a su colonia barata mezclada con macho sudado, ese perfume que me hace mojarme al instante.
Acto uno del deseo: la chispa. Hablamos de México, de las posadas en Coyoacán, de cómo extrañábamos los tacos al pastor, pero sus palabras se volvían jadeos. Yo le conté cómo el ambiente opresivo de Matera me recordaba las iglesias coloniales de Puebla, llenas de culpa y éxtasis reprimido. "Aquí se grabó la agonía, pero nosotros vamos a grabar placer, ¿verdad, wey?", le susurré, mordiéndome el labio. Él asintió, su verga ya dura presionando contra mis nalgas cuando me senté en su regazo.
El sol se hundía, tiñendo todo de rojo sangre, como la película. Bajamos al Sassi, esas cuevas habitadas desde la prehistoria. Encontramos una puerta entreabierta a una iglesia rupestre abandonada, con frescos descoloridos en las paredes. El interior olía a humedad, incienso viejo y algo más primitivo: nuestro arousal. Luis me empujó suavemente contra la pared fría, sus labios devorando los míos. Sabían a gelato de limón y a cerveza italiana, pero con ese toque salado de mi lengua mexicana. Mis manos se colaron bajo su camisa, sintiendo los músculos duros de su pecho, el vello rizado que me raspa delicioso.
Me estoy volviendo loca, pensé, mientras su boca bajaba a mi cuello, chupando la piel hasta dejarme una marca. "¡Ay, cabrón! Más duro", gemí bajito, temiendo que algún cura fantasma nos oyera. La tensión crecía como tormenta en el Popo: sus dedos se metieron bajo mis panties, encontrándome empapada. "Estás chorreando, mi amor, como río en temporada de lluvias", gruñó él, frotando mi clítoris con círculos lentos. El sonido de mi humedad era obsceno, chapoteos suaves en el silencio sagrado. Yo le bajé el cierre, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La apreté, sintiendo el calor y la dureza que prometía follarme hasta el olvido.
Escalada en el medio acto: el fuego. Nos desvestimos a medias, mi falda arremangada, su pantalón a los tobillos. Él me levantó contra la pared, mis piernas envolviéndolo como enredadera. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso.
"¡Qué prieta estás, Ana! Como la primera vez en tu depa de la Roma", jadeó. Yo clavé uñas en su espalda, oliendo el sudor que corría por su espinazo. Cada embestida era un trueno: el slap de piel contra piel, mis tetas rebotando, su aliento caliente en mi cara. Gemía en español mexicano, "Métemela toda, pendejo, rómpeme", mientras él respondía con gruñidos animales, "Te voy a llenar, mi reina".
El lugar amplificaba todo: ecos de nuestros jadeos rebotando en las bóvedas, el polvo de siglos levantándose con cada movimiento. Sudábamos como en sauna de temazcal, saboreando el sal en la piel del otro. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo en el suelo polvoriento, mis caderas girando como en baile de cumbia. Sentía su verga golpeando mi fondo, rozando ese punto que me hace ver estrellas. El olor a sexo crudo, almizcle mezclado con piedra mohosa, me volvía feral. Internalmente luchaba: Esto es pecado en tierra santa, pero qué chido pecar contigo.
Pequeñas resoluciones: besos tiernos entre folladas, confesiones. "Te amo, Luis, desde que te vi en la prepa jugando fut". Él: "Tú eres mi todo, morra, mi pasión viva donde se grabó la de Cristo". La intensidad subía, mis paredes contrayéndose, su verga hinchándose. Orgasmo building: mis muslos temblando, visión borrosa, oídos zumbando con su "¡Ven, mi amor!".
Clímax en el final acto: explosión. Grité su nombre mientras venías dentro, chorros calientes inundándome, mi concha pulsando en oleadas. Colapsamos, cuerpos pegajosos, respiraciones entrecortadas. El afterglow era puro: caricias suaves, besos perezosos. Afuera, la noche estrellada sobre Matera nos cubría como manto. "Aquí grabaron dolor eterno, pero nosotros grabamos amor eterno", susurró él, trazando círculos en mi vientre.
Nos vestimos riendo bajito, saliendo de la cueva como ladrones de placer. Caminamos de regreso al hotel, mano en mano, el eco de nuestra pasión resonando en cada paso. México nos esperaba, pero este rincón italiano, donde se grabó La Pasión de Cristo, se había grabado en nosotros para siempre. Una pasión no de sufrimiento, sino de éxtasis compartido, consensual, que nos unía más que cualquier voto.
En la cama esa noche, lo hicimos de nuevo, lento, recordando. Mi piel aún olía a él, a nosotros, a esa tierra santa profanada con amor. Neta, qué viaje, qué pasión.