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La Pasión El Secreto de Sus Ojos

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La Pasión El Secreto de Sus Ojos

En el bullicio de una noche en Polanco, donde las luces de neón bailan con el ritmo de la salsa que sale de los altavoces, la vi por primera vez. Yo, Alejandro, un tipo común de treinta y tantos, con mi camisa guayabera ajustada y un tequila en la mano, no esperaba que esa fiesta de amigos terminara cambiando todo. Ella estaba al otro lado de la barra, riendo con un grupo de morras, pero sus ojos... ay, cabrón, esos ojos color miel que brillaban como si guardaran el sol del desierto. Me clavaron en el sitio, y supe que ahí estaba la pasión el secreto de sus ojos.

Me acerqué con el corazón latiéndome como tamborazo zacatecano. "Qué onda, preciosa, ¿me invitas a un trago o qué?", le dije con mi mejor sonrisa pícara, esa que siempre me saca de apuros. Se giró, y su mirada me recorrió de arriba abajo, lenta, como si ya supiera lo que iba a pasar. "Claro, guapo, pero solo si me cuentas qué te trae por aquí", respondió con esa voz ronca, juguetona, que olía a vainilla y a noche de verano. Se llamaba Valeria, una chilanga de pura cepa, con curvas que desafiaban la gravedad bajo un vestido rojo ceñido que dejaba ver el tatuaje de una rosa en su muslo. Hablamos de todo y nada: del pinche tráfico de la Reforma, de cómo el pozolito de su abuela era lo mejor del mundo, de sueños locos que no le contamos a nadie. Pero en cada mirada, sentía el calor subiendo, el roce accidental de su mano en mi brazo enviando chispas por mi piel.

¿Qué carajos pasa con esta mujer? Sus ojos me dicen que quiere más, que hay un fuego ahí adentro que solo yo puedo avivar. No puedo dejar de mirarla, neta, me tiene bien puesto.

La música cambió a un bolero suave, y sin pensarlo dos veces, la invité a bailar. Sus caderas se pegaron a las mías, el sudor de la pista mezclándose con su perfume de jazmín que me mareaba. Sentí su aliento cálido en mi cuello, el latido de su corazón contra mi pecho acelerado. "Estás delicioso, Alejandro", murmuró, mordiéndose el labio inferior, y yo casi me derrito ahí mismo. La tensión crecía como tormenta en el DF, cada giro un roce más íntimo, sus pechos rozando mi torso, mis manos bajando por su espalda hasta esa nalga firme que pedía ser apretada.

Salimos de la fiesta como si el mundo se hubiera detenido. En mi coche, un Tsuru viejo pero confiable, nos besamos por primera vez. Sus labios eran suaves como mango maduro, con sabor a tequila y menta, y su lengua jugaba con la mía en un baile desesperado. "Llévame a tu depa, wey, no aguanto más", jadeó contra mi boca, sus manos metiéndose bajo mi camisa, arañando mi piel con uñas pintadas de rojo. Conduje como loco por Insurgentes, el viento entrando por la ventana revolviendo su cabello negro azabache, mientras ella me besaba el cuello, dejando huellas húmedas que ardían.

Al llegar a mi departamento en la Condesa, con sus paredes llenas de fotos de mis viajes por Oaxaca y el aroma a café de olla flotando en el aire, la cargué en brazos. Ella reía, envuelta en mis brazos, sus piernas alrededor de mi cintura. "¡Eres un animal, Alejandro!", exclamó, pero sus ojos decían ven por más. La tiré en la cama king size, con sábanas frescas de algodón egipcio que contrastaban con el calor de nuestros cuerpos. Me quité la camisa de un jalón, y ella se incorporó, lamiéndose los labios al ver mi pecho marcado por horas en el gym.

Empecé despacio, besando su cuello, inhalando ese olor a piel caliente y deseo que me volvía loco. Mis manos exploraron sus senos perfectos, liberándolos del vestido con un zipper que sonó como promesa. Eran firmes, con pezones oscuros que se endurecieron bajo mi lengua. "¡Ay, sí, chúpamelos, papi!", gimió, arqueando la espalda, sus uñas clavándose en mi espalda. Bajé por su vientre plano, besando cada centímetro, hasta llegar a sus bragas de encaje negro empapadas. El olor a su excitación era embriagador, como tierra mojada después de la lluvia en el Valle de México. Se las quité con los dientes, y ella abrió las piernas, invitándome con esa mirada que lo decía todo.

Sus ojos... joder, en ellos veo todo: la pasión contenida, el secreto que libera ahora conmigo. Quiero perderme en ella, hacerla mía para siempre.

La lamí despacio al principio, saboreando su néctar salado y dulce, su clítoris hinchado pulsando contra mi lengua. "¡Más rápido, cabrón, no pares!", suplicó, tirando de mi cabello, sus caderas moviéndose al ritmo de mis lamidas. El sonido de sus gemidos llenaba la habitación, mezclándose con el lejano ladrido de perros callejeros y el zumbido del ventilador. La llevé al borde una y otra vez, deteniéndome para besarla y dejarle probarse en mi boca. "Eres una diosa, Valeria, me traes de rodillas", le dije, y ella sonrió, esa sonrisa pícara de chilanga que conquista.

Finalmente, no aguanté más. Me puse de pie, me quité los pantalones, y mi verga saltó libre, dura como piedra, venosa y lista. Ella la miró con hambre, acariciándola con manos suaves. "Ven, métemela ya", rogó, guiándome hacia su entrada húmeda. Entré despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo sus paredes calientes me envolvían, apretándome como guante de terciopelo. "¡Qué rica estás, tan chiquita y tan profunda!", gruñí, empezando a bombear, lento al principio, dejando que el placer nos invadiera. Sus ojos se cerraron un segundo, pero luego se abrieron, clavándose en los míos, revelando la pasión el secreto de sus ojos en cada embestida.

Acceleramos el ritmo, la cama crujiendo bajo nosotros, sudor goteando de mi frente a sus senos. Cambiamos posiciones: ella encima, cabalgándome como amazona en el rodeo, sus nalgas rebotando contra mis muslos, el slap-slap de piel contra piel resonando. "¡Sí, así, fóllame duro!", gritaba, sus tetas saltando hipnóticas. La volteé a cuatro patas, admirando su culo perfecto, y la penetré desde atrás, jalando su cabello, mis bolas golpeando su clítoris. El olor a sexo impregnaba el aire, espeso, animal. Sentí su orgasmo venir primero: su coño contrayéndose alrededor de mí, un grito ronco saliendo de su garganta mientras temblaba entera.

"¡Me vengo, Alejandro, no pares!", aulló, y eso me lanzó al abismo. Me corrí dentro de ella con un rugido, chorros calientes llenándola, mi cuerpo convulsionando en éxtasis puro. Colapsamos juntos, jadeantes, piel pegajosa contra piel, el corazón martilleando como taquizo en fiesta.

Después, en la penumbra, con la luna colándose por la ventana, la abracé. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi latido calmarse. "Neta, nunca había sentido algo así", murmuró, trazando círculos en mi piel con su dedo. Yo besé su frente, oliendo su cabello a coco. En sus ojos vi el secreto: no era solo sexo, era conexión, pasión que nace de miradas robadas en una noche loca de la ciudad. Nos quedamos así, envueltos en sábanas revueltas, sabiendo que esto era solo el principio. Mañana, tacos de suadero y más de ella. La vida en México sabe mejor con pasión así.

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