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Cual Fue La Pasion De Cristo En Mi Carne

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Cual Fue La Pasion De Cristo En Mi Carne

El sol de abril caía a plomo sobre las calles empedradas de Taxco, Guerrero, tiñendo de oro las fachadas coloniales y el aire cargado de incienso de las procesiones de Semana Santa. Yo, Ana, una maestra de treinta años con curvas que ya no escondía bajo blusas holgadas, caminaba hacia la iglesia principal donde ensayábamos la obra de la Pasión. El olor a cempasúchil y velas derretidas me envolvía, mezclándose con el sudor fresco de mi piel después de subir la cuesta. Neta, cada año participaba como María Magdalena, pero este vez algo se sentía diferente. Mi corazón latía con un ritmo que no era solo por el calor.

Allí estaba él, Rodrigo, el wey que interpretaba a Cristo. Alto, moreno, con músculos forjados en el gimnasio y no en cruces falsas, pero con ojos negros que prometían pecados más allá de la redención. Lo vi ajustándose la túnica, el sudor perlándole el pecho abierto, y sentí un cosquilleo entre las piernas que me hizo apretar los muslos. Órale, pensé, ¿por qué este año me pasa esto? Habíamos platicado antes, en los ensayos pasados, pero hoy su mirada se clavaba en mí como si yo fuera la cruz misma.

¿Cuál fue la pasión de Cristo? ¿Sufrimiento o algo más profundo, un fuego que quema por dentro?

El director gritó "¡Acción!" y empezamos la escena de la unción en Betania. Yo me arrodillé frente a él, simulando verter perfume en sus pies, pero mis manos temblaban de verdad al rozar su piel cálida y áspera. Olía a jabón de lavanda mezclado con hombre puro, ese aroma terroso que hace que se te erice la piel. Él recitó: "Déjala, que guarde esto para el día de mi sepultura", pero su voz salió ronca, baja, y cuando levanté la vista, su mirada era puro deseo. El pulso en su cuello latía rápido, y yo juraba que sentía el calor de su verga endureciéndose bajo la tela ligera.

Después del ensayo, nos quedamos solos recogiendo props. El silencio de la iglesia vacía amplificaba cada roce: el crujir de la madera, mi respiración agitada. "Ana, ¿tú crees que Cristo sintió algo más que dolor?" me preguntó de repente, acercándose tanto que su aliento me rozó la oreja. Su mano grande tomó la mía, callosa por el trabajo, pero suave al apretar. No mames, pensé, esto no es ensayo. "¿Cómo cuál fue la pasión de Cristo de verdad?" respondí, mi voz un susurro juguetón, pero con el corazón en la garganta.

Me jaló hacia él, nuestros cuerpos chocando con un impacto suave, piel contra piel a través de la ropa fina. Sus labios capturaron los míos en un beso que sabía a menta y urgencia, su lengua explorando con la devoción de un penitente. Gemí bajito, el sonido rebotando en las bóvedas altas. Sus manos bajaron por mi espalda, apretando mis nalgas con fuerza posesiva pero tierna, y yo arqueé la espalda, presionando mis chichis contra su pecho duro. El olor a nuestro sudor se mezclaba con el incienso residual, embriagador como pulque fresco.

Primera acto: el despertar. Nos fuimos a su casa, una casona rentada con patio de buganvilias y hamaca tendida. Afuera, los cohetes de la procesión retumbaban lejanos, pero adentro solo existíamos nosotros. Me quitó la blusa despacio, besando cada centímetro de piel expuesta: el hueco de mi clavícula, el valle entre mis senos. "Eres mi Magdalena", murmuró, y yo reí, "Y tú mi Cristo resucitado, wey". Sus dedos desabrocharon mi brasier, liberando mis tetas pesadas, y chupó un pezón con hambre, la succión enviando descargas directas a mi panocha húmeda. Yo metí la mano en su pantalón, sintiendo su verga gruesa, palpitante, venosa bajo mis dedos. "¡Ay, cabrón!" jadeé, masturbándolo lento mientras él lamía mi cuello.

La tensión crecía como tormenta en el Pacífico: besos más urgentes, mordidas suaves en hombros, uñas arañando espaldas. Lo empujé a la hamaca, me subí encima a horcajadas, frotando mi rajita empapada contra su erección a través de la ropa. El roce era eléctrico, mi clítoris hinchado rogando más. Piensa, Ana, no te lances como desesperada, me dije, pero mi cuerpo no obedecía. Él gruñó, manos en mis caderas guiándome, el balanceo de la hamaca amplificando cada thrust simulado. Sudábamos juntos, piel resbaladiza, el sabor salado en mi lengua al lamer su pecho.

Esto es la pasión, no la cruz ni los clavos. Esto es lo que Cristo debió sentir en secreto, un éxtasis prohibido.

Segundo acto: la escalada. Lo desvestí por completo, admirando su cuerpo esculpido: abdomen marcado, verga erguida como lanza, el glande brillando de precum. Me arrodillé de nuevo, esta vez real, y la tomé en mi boca, saboreando su esencia almizclada, salada. Él jadeó "¡Ana, neta me vas a matar!", enredando dedos en mi pelo, pero sin forzar, solo guiando. Chupé profundo, garganta relajada, lengua girando alrededor del tronco, bolas pesadas en mi mano. Los gemidos suyos eran música, graves y roncos, mezclados con mi slurping húmedo.

Me levantó, me llevó a la cama king size con sábanas de algodón egipcio. Me abrió las piernas como pétalos de rosa, besando muslos internos hasta llegar a mi centro. Su lengua en mi clítoris fue fuego líquido: lamidas lentas, succiones precisas, dedos curvándose dentro de mí tocando ese punto que me hace ver estrellas. "¡Más, Rodrigo, no pares, pendejo!" grité, caderas buckeando contra su cara. Olía a mi propia excitación, dulce y musgosa, y él la devoraba como ambrosía. Vine primero, explosión de placer que me arqueó como poseída, jugos empapando su barbilla.

Él se posicionó, verga en mi entrada, mirándome a los ojos: "¿Quieres esto, mi amor?" Asentí, "Sí, fóllame como si fuera el fin del mundo". Entró despacio, estirándome deliciosamente, cada centímetro un latido compartido. Nos movimos en ritmo perfecto: él embistiendo profundo, yo clavando uñas en su espalda, piernas enredadas. El slap de carne contra carne, nuestros jadeos sincronizados, el crujir de la cama. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo salvaje, tetas rebotando, él chupándolas; de lado, cucharita, su mano en mi clítoris acelerando el fuego.

La intensidad subía, psychological y física: recuerdos de ensayos inocentes ahora cargados de significado, susurros de "Te quiero dentro de mí para siempre". Sudor goteaba, mezclándose, pieles pegajosas en éxtasis. Él gruñó cerca del clímax, "Me vengo, Ana", y yo apreté mis paredes internas, ordeñándolo. Vino con un rugido, chorros calientes llenándome, desencadenando mi segundo orgasmo, olas que me dejaron temblando.

Tercer acto: el afterglow. Quedamos enredados, respiraciones calmándose, el aire perfumado con sexo y jazmín del patio. Sus dedos trazaban patrones en mi vientre, besos suaves en mi sien. "¿Sabes, Ana? Ahora entiendo cuál fue la pasión de Cristo. No el dolor, sino esto: entregarse por completo, renacer en el otro". Reí bajito, acurrucándome. Chido, pensé, en Taxco encontré mi propia redención.

Al día siguiente, en la procesión real, lo vi en la cruz falsa, pero nuestras miradas se cruzaron con secreto compartido. La pasión no terminó; solo mutó en promesa de más noches ardientes. Y mientras la multitud gritaba, yo sabía la verdad en mi carne aún sensible.

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