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Pasión Dibujo

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Pasión Dibujo

En el corazón de Coyoacán, donde las calles empedradas susurran historias de artistas bohemios, tu taller se llena de luz dorada al atardecer. El olor a óleo fresco y trementina impregna el aire, mezclado con el aroma distante de tacos al pastor de la tiendita de la esquina. Tú, un pintor de treinta y tantos, con las manos manchadas de carboncillo y el corazón latiendo con esa hambre creativa que nunca se sacia, esperas a tu nueva modelo. Pasión dibujo, piensas, mientras afilas el lápiz, recordando cómo cada trazo captura no solo formas, sino almas ardientes.

La puerta cruje y ella entra, Sofia, con su melena negra cayendo en ondas salvajes sobre hombros bronceados. Lleva un vestido floreado que abraza sus curvas como una caricia prohibida, y sus ojos cafés brillan con una chispa juguetona. Órale, güey, dice con esa voz ronca que te eriza la piel, ¿listo para capturar mi esencia o qué? Tú sonríes, sintiendo el pulso acelerarse en tus venas. Le ofreces un mezcal de la botella que guardas para inspiraciones especiales, y mientras bebe, el líquido ámbar resbala por su barbilla, goteando sobre su escote. El sabor ahumado llena tu boca cuando pruebas el tuyo, y el calor se extiende por tu pecho.

Esta mujer no es solo carne y hueso; es fuego puro, neta. ¿Cómo carajos voy a dibujarla sin que mi mano tiemble?

Se quita el vestido con lentitud deliberada, revelando piel suave como el adobe calentado por el sol. Sus senos firmes se alzan con orgullo, pezones oscuros endureciéndose al roce del aire fresco. Baja la tanga roja, y el vello negro recortado brilla bajo la luz. Tú tragas saliva, el sonido de tu garganta seca rompiendo el silencio. Ella se acomoda en el diván cubierto de telas mexicanas bordadas, piernas entreabiertas, una mano apoyada en la cadera, la otra jugueteando con un mechón de pelo. Empieza, artista, murmura, y su aliento huele a mezcal y miel.

El lápiz raspa el papel, capturando la curva de su muslo, el hueco de su ombligo, el arco de su espalda. Cada trazo es una caricia invisible; sientes el roce fantasma de la madera contra tu palma sudorosa. El taller vibra con el zumbido de la ciudad: risas lejanas, un mariachi tocando en la plaza, el claxon juguetón de un vocho. Pero aquí dentro, solo existe ella. Sus ojos te siguen, devorándote mientras dibujas. Me late cómo me miras, carnal, dice, mordiéndose el labio inferior, hinchado y rosado. Tú respondes con un guiño, Es que eres una chulada, Sofia. Tu cuerpo grita pasión.

La tensión crece como una tormenta de verano. Tu verga se endurece bajo los jeans raídos, presionando contra la tela áspera. Intentas concentrarte en las sombras de sus senos, pero tu mente divaga: imaginas tu lengua trazando esas líneas que dibujas, probando el salado de su sudor. Ella se mueve ligeramente, un gemido suave escapando de sus labios al rozar su propia piel. ¿Te prende verme así? pregunta, voz baja y cargada de promesas. Tú dejas el lápiz, te acercas. El aire entre ustedes huele a deseo crudo, a feromonas y carboncillo quemado.

Acto dos de esta danza prohibida comienza con un roce inocente. Tu dedo índice sigue la línea de su clavícula en el dibujo, pero termina en su piel real, tibia y sedosa. Ella suspira, arqueándose hacia ti. Qué rico se siente eso, pendejo, ríe bajito, agarrando tu mano y guiándola más abajo, sobre su vientre plano. Tus dedos exploran, sintiendo el calor que emana de su sexo húmedo. El olor almizclado te golpea, embriagador como el pulque fresco. La besas entonces, labios chocando con hambre: su boca sabe a mezcal y a ti mismo, lenguas enredándose en un baile furioso.

¡Madre santa, este hombre dibuja con las manos como si supiera todos mis secretos! Me moja entera solo con una mirada.

La recuestas en el diván, telas crujiendo bajo su peso. Te desabrochas la camisa, exponiendo tu pecho velludo, marcado por horas de trabajo físico. Ella te araña la espalda, uñas dejando surcos rojos que arden deliciosamente. Bajas la boca a sus pezones, chupándolos con succión rítmica, oyendo sus jadeos entrecortados: ¡Ay, sí, así, no pares! Tu mano se cuela entre sus muslos, dedos hundiéndose en su concha empapada, resbaladiza como miel caliente. Ella gime, caderas elevándose, frotándose contra tu palma. El sonido húmedo de su excitación llena el taller, sincronizado con tu corazón galopante.

Te quitas los jeans de un tirón, tu verga saltando libre, venosa y palpitante, goteando precúm. Sofia la agarra, piel contra piel ardiente, masturbándote con movimientos expertos. Qué chingona está esta pinga, güey, susurra, lamiendo la punta, lengua plana y juguetona. El placer te recorre como un rayo, testículos apretándose. La volteas boca abajo, admirando su culo redondo, nalgas separadas revelando todo. Entras en ella de un solo empujón suave, consensual, ella empujando hacia atrás con urgencia. ¡Fóllame duro, artista! grita, y tú obedeces, embistiéndola con ritmo creciente.

El diván chirría, pieles chocando con palmadas húmedas. Sudor perla vuestros cuerpos, goteando y mezclándose. Su aroma te envuelve: sexo, perfume floral y esencia femenina. Cambian posiciones; ella encima, cabalgándote como una diosa azteca, senos rebotando, pelo azotando tu cara. Tus manos aprietan sus caderas, guiándola, sintiendo sus paredes internas contraerse alrededor de tu verga. Me vengo, carnal, me vengo! aúlla ella, cuerpo temblando en espasmos, jugos calientes empapando tus bolas. Tú la sigues segundos después, corriéndote dentro con un rugido gutural, semen caliente llenándola hasta rebosar.

El clímax los deja jadeantes, cuerpos entrelazados en el diván revuelto. El sol se ha puesto, y la luna filtra plata por la ventana, iluminando el dibujo a medio terminar: líneas perfectas de pasión dibujo, ahora salpicado de sudor y fluidos. Sofia se acurruca contra tu pecho, dedo trazando círculos en tu piel. Qué pedo tan chido fue eso, murmura, besándote la mandíbula barbuda. Tú ríes, oliendo su pelo a jazmín y pasión gastada. Esto no termina aquí, mi musa. Mañana dibujo más.

Se levantan envueltos en una manta sarape, compartiendo otro mezcal. El taller huele a sexo satisfecho, a promesas de noches futuras. Fuera, Coyoacán duerme, pero en ti late el eco de su calor, un recordatorio de que el verdadero arte nace del fuego interno. Ella se viste con pereza, prometiendo volver, y tú miras el dibujo: no es solo un bosquejo, es su alma capturada, lista para más trazos de pasión.

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