Lo Peor de la Pasión Es Cuando Pasa
Era una noche de esas en Polanco, con el aire cargado de jazmín y el bullicio de la Zona Rosa filtrándose por las ventanas del bar. Yo, Ana, acababa de salir de una junta eterna en la oficina, con el cuerpo tenso como cuerda de guitarra. Me senté en la barra del La Noche, pidiendo un mezcal reposado con sal y limón, neta que necesitaba algo que me quitara el estrés. El lugar estaba lleno de cuates elegantes, risas altas y esa música electrónica que te hace mover las caderas sin querer.
Ahí lo vi. Alto, moreno, con una sonrisa que parecía tallada por los dioses aztecas. Vestía una camisa negra ajustada que marcaba sus hombros anchos, y unos jeans que le quedaban como guante. Se acercó con un trago en la mano, oliendo a colonia cara mezclada con algo salvaje, como tierra mojada después de la lluvia.
«¿Puedo invitarte otro, guapa?», dijo con voz grave, ronca, que me erizó la piel.Le sonreí, sintiendo un cosquilleo en el estómago. «Órale, ¿por qué no? Soy Ana.» «Y yo Marco. Un gusto, morenaza.»
Charlamos de todo y nada. De la pinche ciudad que no duerme, de tacos al pastor en la esquina y de cómo la vida en México te obliga a vivir al límite. Sus ojos cafés me devoraban, y cada roce accidental de sus dedos contra mi brazo mandaba chispas por mi espina. Olía a deseo puro, a hombre que sabe lo que quiere. Yo no era ninguna santa; llevaba meses sin un buen revolcón, y este carnal me prendía como yesca. La tensión crecía con cada sorbo, cada mirada.
Salimos del bar caminando por las calles iluminadas, el viento fresco besando mi piel expuesta bajo el vestido rojo ceñido. Su mano rozó la mía, y no la quité. Llegamos a su depa en una torre con vista al skyline, todo minimalista y chido, con luces tenues y una playlist de cumbia rebajada sonando bajito. Me sirvió un tequila, y nos sentamos en el sofá de piel suave.
«Eres fuego, Ana. No sé qué tienes, pero me estás quemando.»Su aliento cálido en mi cuello, el sabor salado de sus labios cuando me besó por primera vez. Dios, qué beso. Lento al principio, explorando, con lengua juguetona que sabía a mezcal y promesas.
Mis manos subieron por su pecho, sintiendo los músculos duros bajo la camisa. Se la quité con urgencia, revelando un torso tatuado con un águila real que parecía viva. Olía a sudor limpio, a macho listo para la acción. Me recargó contra el sofá, sus besos bajando por mi clavícula, mordisqueando suave. Gemí bajito, el sonido ahogado en mi garganta. Mi cuerpo ardía, las nalgas apretadas contra el cuero, el calor entre mis piernas creciendo como lava. «Despacio, mi rey», le susurré, pero mis caderas ya se movían solas, pidiendo más.
Me levantó en brazos como si no pesara nada, llevándome al cuarto. La cama king size nos esperaba, sábanas de algodón egipcio frías al tacto. Me desvistió con calma, besando cada centímetro de piel que liberaba. Primero el vestido, que cayó como cascada roja. Luego el bra negro de encaje, mis pechos libres, pezones duros como piedras preciosas. Él los lamió, chupó, mordió suave, enviando ondas de placer directo a mi centro. Olía a mi propia excitación, ese aroma almizclado que inunda el aire cuando estás empapada.
«Estás cañón, Ana. Quiero comerte entera», gruñó, bajando por mi vientre plano, lamiendo el ombligo. Sus manos grandes separaron mis muslos, dedos callosos rozando el interior sensible. Jadeé cuando su boca llegó ahí, lengua caliente y experta lamiendo mi clítoris hinchado. Saboreaba mi jugo como néctar, chupando con hambre, metiendo dos dedos gruesos que me abrían despacio, curvándose justo en el punto que me hace ver estrellas. Mis uñas se clavaron en su pelo, caderas arqueadas, gritando su nombre. «¡Marco, sí, así, cabrón!» El sonido húmedo de su boca, mis gemidos altos, el latido de mi corazón retumbando en oídos.
No aguanté más. Lo jalé arriba, quitándole los jeans. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, palpitante. La tomé en mano, piel suave sobre acero, oliendo a hombre puro. La masturbé lento, viendo cómo se ponía más dura, el prepucio retrayéndose. «Te quiero adentro, ya», le rogué. Se puso condón con manos temblorosas –bien por él, todo consensual y chido– y se hundió en mí de un solo empujón suave. Llenándome completa, estirándome delicioso. Gemí largo, sintiendo cada vena rozando mis paredes.
Empezó lento, embestidas profundas que me hacían jadear. Nuestros cuerpos chocaban con palmadas húmedas, sudor perlando pieles. El olor a sexo crudo, mezclado con su colonia, embriagador. Aceleró, follándome duro, mis tetas rebotando, uñas arañando su espalda. Lo peor de la pasión es cuando pasa, pensé fugaz, pero ahora no, ahora era eterno. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como amazona, sintiendo su verga golpear mi fondo, clítoris frotando su pubis. Él debajo, manos en mis nalgas, guiándome. «¡Más rápido, puta rica!», jadeó, y yo obedecí, perdida en el ritmo.
La tensión subía como ola gigante. Sus dedos en mi clítoris, círculos rápidos. Sentí el orgasmo venir, un nudo apretándose en vientre. «¡Me vengo, Marco!» Exploté, contrayéndome alrededor de él, jugos chorreando, cuerpo temblando violento. Él gruñó animal, embistiendo salvaje unas veces más antes de correrse, llenando el condón con chorros calientes que sentía pulsar. Colapsamos juntos, respiraciones agitadas, pieles pegajosas de sudor.
Nos quedamos así un rato, su cabeza en mi pecho, oyendo mi corazón calmarse. El cuarto olía a pasión gastada, sábanas revueltas testigos mudos. Me acarició el pelo, besó mi frente. «Eres increíble, Ana. Neta, no quiero que esto acabe.» Sonreí, pero en el fondo sabía la verdad. Hablamos bajito de nada, riendo de tonterías, comiendo mangos que sacó de la nevera –dulces, jugosos, chorreando por barbillas.
Al amanecer, con el sol tiñendo las cortinas de oro, nos vestimos. Un último beso en la puerta, largo, melancólico. Caminé a mi coche, piernas flojas, cuerpo satisfecho pero alma inquieta. En el tráfico de Insurgentes, con el radio sonando La Chona, lo pensé claro: lo peor de la pasión es cuando pasa. Ese fuego que te consume deja solo cenizas, un vacío que duele rico. Pero valió la pena, neta. Mañana sería otro día, otra junta, otro mezcal. Y quién sabe, tal vez lo busque de nuevo. O no. La vida en esta ciudad es así: intensa, fugaz, adictiva.