Relatos
Inicio Erotismo La Pasion Segun GH de Clarice Lispector La Pasion Segun GH de Clarice Lispector

La Pasion Segun GH de Clarice Lispector

7287 palabras

La Pasion Segun GH de Clarice Lispector

Yo era Gabriela Hernández, pero todos me decían GH, como ese personaje misterioso de La pasión según G.H. de Clarice Lispector. Neta, desde que leí ese libro hace unos meses, algo se despertó en mí. Vivía en un depa chido en la Condesa, con vista a los jacarandas que se mecían con el viento fresco de la tarde. Ese día, el sol se colaba por las cortinas entreabiertas, pintando rayas doradas en mi piel morena mientras hojeaba las páginas amarillentas. El aroma del café recién molido se mezclaba con el perfume de mi loción de vainilla, y sentía un cosquilleo en el estómago, como si las palabras de Clarice Lispector me estuvieran acariciando por dentro.

¿Qué es la pasión? me preguntaba, recostada en el sillón de terciopelo verde. El libro hablaba de un encuentro brutal con lo real, de tocar lo repulsivo hasta que se volvía extático. Y yo, aquí, sola, sentía mi cuerpo responder. Mis pezones se endurecían contra la tela ligera de mi blusa de algodón, y entre las piernas, un calor húmedo empezaba a crecer.

Pinche Clarice, ¿cómo haces que unas letras me pongan así de caliente?
pensé, riéndome bajito.

Entonces sonó el timbre. Era Alejandro, mi carnal, el wey que me volvía loca con solo una mirada. Alto, moreno, con esa barba recortada que raspaba delicioso. Entró con su sonrisa pícara, oliendo a colonia fresca y a la ciudad: tacos de la esquina y smog ligero.

Órale, GH, ¿qué onda? ¿Leyendo otra vez a tu Lispector? —dijo, dejando su chamarra en el perchero y acercándose con ese paso felino.

—Simón, La pasión según G.H. de Clarice Lispector. Me tiene pensativa, carnal. Ven, siéntate conmigo.

Se dejó caer a mi lado, su muslo rozando el mío. El calor de su cuerpo me invadió como una ola. Hablamos un rato del libro: de cómo GH toca la cucaracha y descubre el abismo del ser. Pero mis ojos se desviaban a su boca, a sus manos fuertes. El deseo crecía, lento, como el humo de un cigarro.

Acto primero: la chispa. Sus dedos rozaron mi brazo al tomar el libro, y sentí un escalofrío. El sonido de las páginas al voltear era hipnótico, pero mi pulso latía en las sienes. Olía su aliento mentolado cuando se inclinó para leer un pasaje en voz alta.

"La pasión es el sabor de la nada", ¿no? —murmuró, su voz grave vibrando en mi pecho.

Lo miré fijo.

Ya valió, GH. Este wey me prende con solo hablar.
Nuestras rodillas se tocaron, y no me aparté. Él tampoco.

La tensión subía como el calor en un sauna. Me acomodé, dejando que mi falda se subiera un poco, exponiendo el borde de mis muslos suaves. Alejandro tragó saliva; lo vi en el movimiento de su garganta. El aire se espesaba con nuestro deseo contenido, el tic-tac del reloj marcando el ritmo de mi corazón acelerado.

De pronto, su mano se posó en mi rodilla. Temblé. Era consensual, puro fuego mutuo. Lo invité con una mirada, y él subió la mano despacio, acariciando la piel sensible del interior de mi muslo. Qué rico, pensé, el tacto áspero de sus yemas enviando chispas a mi centro.

—GH, estás temblando —susurró, su aliento caliente en mi oreja.

—Es por ti, pendejo. Y por Clarice Lispector, que me abrió los ojos a esta pasión.

Nos besamos entonces, lento al principio. Sus labios suaves, con sabor a chicle de menta, se fundieron con los míos. Gemí bajito cuando su lengua exploró mi boca, danzando, probando. El beso se profundizó, húmedo, urgente. Mis manos en su nuca, tirando de su pelo corto. Olía a hombre, a sudor limpio y deseo.

Acto segundo: la escalada. Lo empujé contra el sillón, montándome a horcajadas. Sentí su verga dura presionando contra mi concha a través de la tela. ¡Chingado, qué prieta la tiene! Mi falda se arremangó, y él metió las manos por debajo, amasando mis nalgas firmes. El roce era eléctrico; mi piel ardía bajo sus palmas callosas.

Me quité la blusa con prisa, dejando mis tetas al aire. Pezones oscuros, erectos, rogando atención. Alejandro los miró con hambre, lamiéndose los labios.

Eres una diosa, GH.

Se inclinó y chupó uno, succionando fuerte. ¡Ay, wey! Un rayo de placer me recorrió hasta el clítoris. Gemí alto, el sonido rebotando en las paredes. Mordisqueó suave, tirando con los dientes, mientras su mano bajaba a mi panocha. Deslicé mis bragas a un lado; ya estaba empapada, el olor almizclado de mi arousal llenando el aire.

Esto es la pasión según GH: puro instinto, nada de máscaras.
Sus dedos encontraron mi entrada, resbaladizos, frotando el botón hinchado. Circulitos lentos, luego rápidos. Me arqueé, cabalgando su mano, mis jugos chorreando por su muñeca. El sonido era obsceno: chapoteos húmedos mezclados con mis jadeos.

Estás bien mojada, morra. Te encanta, ¿verdad? —gruñó, metiendo dos dedos adentro. Curvándolos, tocando ese punto que me volvía loca.

Sí, carnal, no pares. ¡Más!

Lo desvestí febril. Su camisa voló, revelando pecho velludo, músculos tensos. Bajé el zipper de sus jeans; su verga saltó libre, gruesa, venosa, con la cabeza brillante de precum. La tomé en mano, piel aterciopelada sobre acero. La apreté, masturbándolo lento. Él siseó, caderas empujando.

Nos movimos al piso, alfombra persa suave bajo nosotros. Yo de rodillas, él sentado. Lamí su verga desde la base hasta la punta, saboreando la sal de su piel. Lo engullí, garganta profunda, babeando. Sus gemidos roncos eran música: "¡Qué chido, GH! ¡Así!". El olor de su sexo me embriagaba, terroso y macho.

Pero quería más. Lo empujé boca arriba y me subí encima. Froté mi concha contra su polla, lubricándola. Lentamente, me hundí en él. ¡Madre mía, qué llena me deja! Inchó dentro, estirándome delicioso. Empecé a moverme, vaivén, círculos. Sus manos en mis caderas, guiándome. Sudor perlando su frente, goteando en mi pecho.

La intensidad crecía. Mis paredes lo apretaban, pulsando. Él se incorporó, chupando mis tetas mientras yo rebotaba. El slap-slap de carne contra carne, nuestros alaridos.

Clarice Lispector tenía razón: la pasión es devorarse mutuamente.

Acto tercero: la liberación. Sentí el orgasmo venir, como una ola gigante. Apreté los ojos, uñas en su espalda.

¡Me vengo, wey! ¡Ya!

Exploté, chorros de placer sacudiéndome. Grité, cuerpo convulsionando. Él gruñó, hundiéndose profundo, llenándome con su leche caliente. Pulsos y pulsos, hasta que colapsamos, jadeantes.

Nos quedamos así, enredados, piel pegajosa de sudor y fluidos. El aroma de sexo impregnaba el aire, mezclado con el libro abierto a un lado. Besos suaves ahora, post-orgásmicos. Su mano acariciando mi pelo.

La pasión según GH, ¿eh? Gracias a Clarice Lispector por inspirarnos —dijo riendo bajito.

Sonreí, el corazón lleno.

Esto es lo real: conexión, éxtasis compartido. Nada de abismos oscuros, solo luz en la carne.
Afuera, la ciudad zumbaba indiferente, pero en nuestro mundo, todo era perfecto. Lingering el calor, saboreando el afterglow, listos para más.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.