La Pasion de Cristo Doblada al Español en Carne Viva
Era Viernes Santo en el corazón de la Condesa, México. El aire de la noche traía ese olor a incienso de las procesiones lejanas, mezclado con el aroma de las flores frescas que adornaban mi balconcito. Yo, Ana, de treinta y tantos, con mi piel morena y curvas que Javier siempre decía que eran para chuparse los dedos, me recosté en el sofá de mi departamentito chido. Javier, mi carnal del alma, mi wey perfecto con ese cuerpo atlético de quien juega fut en las canchas del parque, llegó con unas chelas frías y una sonrisa pícara.
Órale, mami, ¿qué vamos a ver hoy? ¿Algo bien caliente pa' entrar en mood?
me dijo mientras se quitaba la playera, dejando ver esos músculos que me ponían la piel chinita.
Le guiñé el ojo. Neta, carnal, hoy toca algo heavy. Vamos a poner La Pasion de Cristo doblada al español. Dicen que es intensa, pa' sentir la pasión de verdad.
Nos reímos, pensando que sería irónico ver sufrimiento religioso un viernes santo, pero con unas cervezas en mano, lo pusimos en la tele grande. El sonido grave del doblaje al español llenó la sala, con esa voz ronca narrando el latigazo, el sudor, la sangre. Javier se acercó, su pierna rozando la mía, y sentí ese primer cosquilleo en el estómago, como mariposas locas.
La película empezó. Cristo cargando la cruz, el peso aplastante sobre sus hombros. Yo miré a Javier, y en su mirada vi algo más que devoción: deseo puro, crudo. ¿Por qué carajos esto me está prendiendo? pensé, mientras el aire se cargaba de tensión. Su mano grande se posó en mi muslo, suave al principio, como probando el terreno.
El látigo chasqueaba en la pantalla, y cada golpe resonaba en mi pecho. Javier se inclinó, su aliento cálido en mi cuello, oliendo a menta y cerveza. ¿Sientes eso, Ana? Esa pasión duele, pero qué rico duele.
Susurró, y sus dedos subieron despacito por mi falda, rozando la piel sensible de mis piernas.
Neta, esto no es normal. Estamos viendo a Cristo sufriendo y yo aquí con la concha palpitando. Pero su toque... ay, wey, no pares.
Yo giré la cara, mis labios encontrando los suyos en un beso que empezó tierno pero se volvió hambriento. Saboreé su lengua, salada y dulce, mientras el sonido de los clavos en la cruz retumbaba. Nos quitamos la ropa con urgencia: mi blusa voló, su pantalón cayó. Su verga ya dura presionaba contra mi vientre, caliente como hierro forjado. Olía a él, a hombre sudado del día, mezclado con mi perfume de vainilla.
En el sofá, sus manos exploraron mis tetas, amasándolas con fuerza, pellizcando los pezones hasta que gemí bajito. ¡Pendejo, sí así! Más fuerte,
le rogué, y él obedeció, chupando uno mientras el otro lo retorcía. El dolor placentero me arqueó la espalda, igual que en la película. La pantalla mostraba el sudor goteando por el cuerpo de Cristo, y yo sentía el mío perlarse, resbaloso entre nosotros.
Pero no queríamos apurarnos. Bajó besos por mi panza, lamiendo el ombligo, hasta llegar a mi monte de Venus. Mira qué rica estás, toda mojada por mí,
dijo con voz ronca, y metí los dedos en su pelo negro, jalándolo cerca. Su lengua se hundió en mi raja, lamiendo despacio, saboreando mis jugos que sabían a miel salada. El slurp de su boca se mezclaba con los gritos de la película, creando un coro pecaminoso. Mis caderas se movían solas, frotándome contra su cara barbuda, raspando delicioso.
La tensión crecía como tormenta. En mi mente, flashes: Esto es pecado, pero qué chingón pecado. Su lengua es mi cruz, y yo la cargo gustosa. Javier se incorporó, su verga reluciente de mi saliva cuando la chupé rápido, metiéndomela hasta la garganta. Tosí un poco, pero neta qué rico, el sabor almizclado, venoso, latiendo en mi boca. Él gruñó, ¡Ana, cabrona, me vas a hacer acabar ya!
Lo empujé al sofá y me subí encima, cabalgándolo despacio. Su pija entró en mí como un guante caliente, estirándome, llenándome hasta el fondo. Sentí cada vena pulsando dentro, rozando mi punto G. El sofá crujía con nuestros movimientos, sudor goteando de su pecho al mío. Olía a sexo puro, a feromonas mexicanas en calor.
La película llegaba al clímax: la crucifixión. Nosotros también. Aceleré, rebotando fuerte, mis nalgas chocando contra sus muslos con palmadas sonoras. ¡Sí, Javier, chíngame como Cristo en la cruz! ¡Dame toda tu pasión!
grité, y él embistió desde abajo, sus manos en mi culazo, abriéndome más.
El mundo se reduce a esto: su verga en mí, mi clítoris frotando su pubis, el latido compartido. No hay culpa, solo liberación.
El orgasmo me golpeó como latigazo. Grité, mi concha apretándolo en espasmos, jugos chorreando por sus bolas. Él se tensó, ¡Me vengo, mami!
y sentí su leche caliente inundarme, chorro tras chorro, mezclándose con la mía. Colapsamos, jadeantes, la tele mostrando el sepulcro vacío.
Después, en la calma, nos quedamos abrazados, piel pegajosa, corazones tronando al unísono. El incienso del barrio entraba por la ventana, pero ahora olía a nosotros, a pasión cumplida. Javier me besó la frente. Neta, Ana, La Pasion de Cristo doblada al español nunca fue tan buena. Tú eres mi redención.
Yo sonreí, trazando círculos en su pecho. En este Viernes Santo, encontramos nuestra propia resurrección. Dolor y placer, uno solo. La noche nos envolvió, prometiendo más rondas, porque la pasión, wey, no acaba con un clímax.