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Chivas de Pasion

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Chivas de Pasion

El rugido de la afición retumbaba en el Estadio Akron como un trueno que hacía vibrar el suelo bajo mis pies. Llevaba mi camiseta roja y blanca bien pegadita al cuerpo, esa que me hacía sentir invencible cada vez que las Chivas de pasion pisaban la cancha. El sudor me perlaba la piel, mezclado con el olor a cerveza, elote asado y esa adrenalina pura que solo un clásico desata. Yo, Lupita, de veintiocho años, con mi chamarra de jean sobre los hombros y el cabello suelto ondeando al ritmo de los cánticos, no podía estar en un lugar mejor.

Ahí estaba él, Javier, un morro alto y fornido con ojos cafés que brillaban más que las luces del estadio. Lo vi desde la tribuna, gritando "¡Chivas chivas!" con una pasión que me erizó la piel. Neta, el carnal tenía esa vibra de macho chido, con barba de tres días, playera ajustada que marcaba sus pectorales y un tatuaje de la cabra en el brazo. Nuestras miradas se cruzaron cuando el Rebaño anotó el primer gol. Él levantó el puño, yo salté como loca, y de repente, estaba a mi lado, empujado por la multitud.

¿Quién es este wey que me hace sentir mariposas en el estómago?, pensé, mientras su aroma a colonia fresca y sudor varonil me invadía las fosas nasales.

"¡Órale, güeyita! ¿Vienes sola a ver a las Chivas?", me gritó por encima del ruido, con una sonrisa pícara que mostraba dientes perfectos.

"¡Neta que sí, carnal! Soy de pura cepa rojiblanca. ¿Y tú?", respondí, sintiendo cómo mi corazón latía al ritmo del tambor de la porra.

Charlamos como si nos conociéramos de toda la vida. El partido avanzaba, goles volaban, pero la tensión entre nosotros crecía más rápido que el marcador. Sus manos rozaban las mías accidentalmente al celebrar, y cada toque era como una chispa eléctrica que subía por mi brazo hasta el pecho. Olía a él, a hombre en su esencia, y yo no podía dejar de imaginar cómo se sentirían esas manos grandes explorando mi cuerpo.

Al final del primer tiempo, nos fuimos por unas chelas a la zona de aficionados. El aire nocturno de Guadalajara nos refrescaba la piel ardiente, y el bullicio de la calle con mariachis lejanos y cláxones ponía el fondo perfecto. Nos sentamos en unas gradas improvisadas, piernas tocándose, y la plática fluyó: de cómo las Chivas nos unían, de noches de insomnio por un mal partido, de esa pasión que quema por dentro.

"Tú eres como una Chiva de pasion, Lupita. Te prendo con solo verte brincar", me dijo, su voz ronca bajando un tono, mientras su rodilla presionaba la mía con intención.

Mi piel se erizó. Qué rico suena eso en su boca. Le sonreí, mordiéndome el labio. "Y tú, Javier, pareces el delantero que me anota en todos los tiempos".

El segundo tiempo fue eterno. Regresamos a las tribunas, pero ahora susurrábamos promesas entre gritos. Su mano se coló por debajo de mi chamarra, acariciando mi cintura desnuda. Sentí sus dedos callosos, ásperos por el trabajo –era mecánico, me contó–, trazando círculos que me hacían jadear bajito. El calor entre mis piernas crecía, húmedo y exigente, mientras el estadio olía a pasión colectiva: sudor, pólvora de cohetes y algo más íntimo en mi propia entrepierna.

Final del partido. Chivas ganó tres a uno. La euforia explotó. Nos besamos ahí mismo, entre la marea humana, sus labios firmes y calientes devorando los míos. Sabían a chela fría y sal de cacahuates. Su lengua invadió mi boca con hambre, y yo respondí con la misma ferocidad, mis uñas clavándose en su nuca.

Esto es lo que necesitaba, un wey que entienda mi fuego por las Chivas y lo avive en mi cuerpo
, pensé, mientras su erección dura presionaba contra mi vientre.

"Vamos a mi depa, está cerca. No aguanto más", murmuró en mi oído, su aliento caliente haciendo que mis pezones se endurecieran bajo la camiseta.

"Llévame, carnal. Quiero que me metas gol", le contesté, riendo con picardía mexicana.

En su camioneta, camino a su casa en una colonia chida de Zapopan, no perdimos tiempo. Su mano subió por mi muslo, bajo la falda corta que traía, rozando el encaje de mis calzones. Gemí cuando sus dedos encontraron mi humedad, resbaladizos y ansiosos. "Estás chingona de mojada, Lupita. Por las Chivas o por mí?", preguntó con voz juguetona.

"Por ti, pendejo. Pero las Chivas de pasion nos juntaron", jadeé, mientras yo desabrochaba su chamarra y lamía su cuello salado.

Llegamos a su depa, un lugar sencillo pero con posters de las Chivas por todos lados y un balcón con vista a las luces de la ciudad. Cerró la puerta y me acorraló contra la pared. Sus besos bajaron por mi cuello, mordisqueando, chupando, dejando marcas que dolían rico. Me quitó la camiseta de un tirón, exponiendo mis chichis firmes al aire fresco. "Qué tetas tan chulas, güeyita. Perfectas como el Rebaño en su mejor noche".

Arrodillado, lamió mis pezones con devoción, succionando hasta que arqueé la espalda, gimiendo su nombre. El sonido de su boca húmeda, chapoteando contra mi piel, se mezclaba con mi respiración agitada. Olía a su excitación, ese almizcle masculino que me volvía loca. Mis manos enredadas en su cabello, tirando, guiándolo más profundo.

Lo empujé al sofá, quitándole la playera. Su torso era un mapa de músculos tensos, sudor brillando bajo la luz tenue. Besé su pecho, bajando por el abdomen hasta su cinturón. Desabroché con dientes, liberando su verga dura, gruesa, palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo su calor y las venas hinchadas. "Mira lo que me provocas, Lupita", gruñó él, mientras yo la lamía desde la base hasta la punta, saboreando su pre-semen salado y ligeramente dulce.

Me chupó con maestría, su lengua danzando en mi clítoris hinchado, dedos curvándose dentro de mí, tocando ese punto que me hacía ver estrellas. "¡Ay, Javier! ¡No pares, wey!", grité, mis caderas moviéndose solas contra su cara barbuda. El orgasmo me golpeó como un penalazo, ondas de placer sacudiéndome, jugos empapando su boca.

Pero quería más. Lo monté, guiando su verga a mi entrada resbaladiza. Lentamente, me hundí en él, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me llenaba, estirándome deliciosamente. "Qué chingón te sientes, carnal", gemí, mientras cabalgaba, mis chichis rebotando, sus manos apretando mis nalgas.

El ritmo aceleró, piel contra piel chapoteando, nuestros gemidos ahogando el tráfico lejano. Sudor goteando, mezclándose, el olor a sexo impregnando el aire. Él me volteó, penetrándome por detrás, profundo y fuerte, una mano en mi clítoris, la otra jalándome el pelo. "¡Sí, así! ¡Dame todo!", exigí, empoderada en mi placer.

El clímax llegó juntos. Su verga latiendo dentro de mí, caliente semen llenándome mientras yo me contraía a su alrededor, olas interminables de éxtasis. Colapsamos, jadeantes, cuerpos entrelazados, piel pegajosa y tibia.

Después, en la cama con sábanas revueltas, fumamos un cigarro –nada heavy, solo para el mood–. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón calmarse. "Eres mi Chiva de pasion favorita, Lupita. Mañana otro partido, ¿vamos juntos?"

Sonreí, acariciando su cabello. "Órale, carnal. Pero esta vez, el gol lo metes tú en mi cancha".

La noche guadalajareña nos arrulló con sus sonidos: un perro ladrando, risas lejanas, el eco de un mariachi. Me sentía completa, empoderada, con esa pasión rojiblanca ardiendo ahora en mi alma y mi cuerpo. Las Chivas no solo ganan partidos; unen cuerpos y corazones en fuego eterno.

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