Pasión Automotriz en la Bolsa de Trabajo
Desde chiquita, los carros han sido mi vicio. Ese rugido del motor, el olor a gasolina fresca y cuero nuevo, el tacto vibrante del volante en las manos... neta, es como un orgasmo mecánico. Yo, Daniela, ingeniera mecánica recién egresada del Poli, andaba batallando por una chamba decente. Una noche, navegando en la bolsa de trabajo en línea, me topé con un anuncio que me prendió el ojo: "Pasión Automotriz busca apasionados del asfalto para su equipo elite". Era una agencia de autos deportivos en la colonia Polanco, de esas que venden Ferraris y Lambos como si fueran tamales. Sin pensarlo dos veces, mandé mi CV y al día siguiente ya tenía entrevista.
Llegué puntual a las oficinas, vestida con jeans ajustados que marcaban mis curvas, una blusa blanca escotada lo justo para no parecer desesperada, y botas de tacón que resonaban en el piso de mármol. El lugar olía a lujo: madera pulida, café recién molido y un leve aroma a goma quemada que se colaba desde el taller. Me recibió Marco, el gerente de ventas. Wey, qué tipo. Alto, moreno, con brazos tatuados que asomaban bajo la camisa arremangada, ojos cafés intensos y una sonrisa pícara que me hizo apretar las piernas. "Pasa, Daniela, bienvenida a Pasión Automotriz", dijo con voz grave, extendiendo una mano callosa por tanto girar llaves.
Nos sentamos en su oficina con vista al showroom. Hablamos de carros: el torque del nuevo Porsche 911, la suspensión del McLaren, cómo el sonido del escape de un Mustang GT te eriza la piel. Él me escuchaba atento, inclinándose hacia adelante, y yo sentía su colonia amaderada invadiendo mi espacio. "
Este wey me ve como si quisiera comerme viva", pensé, mientras mi pulso se aceleraba. La entrevista fluyó natural, pero la tensión sexual era palpable. Sus rodillas rozaron las mías bajo la mesa, y no se apartó. "¿Sabes manejar uno de estos?", preguntó retador. "Mejor que tú, apuesto", respondí coqueta. Se rio, un sonido ronco que me vibró en el pecho.
Para "probar mi pasión", como dijo, me llevó al taller trasero. El lugar era un paraíso: herramientas relucientes, motores expuestos zumbando suave, el olor penetrante a aceite y metal caliente. Caminábamos entre los autos en reparación, sus hombros rozando los míos accidentalmente... o no tanto. Se paró frente a un Jaguar F-Type rojo fuego, acariciando el capó como si fuera piel. "Este bebé tiene 575 caballos. ¿Quieres sentirlo?". Mi corazón latía desbocado. Sí, quiero sentirlo todo. Asentí, y él abrió la puerta del piloto. "Sube".
Me acomodé en el asiento de piel negra, que se pegó a mis muslos como una caricia húmeda. Marco se sentó a mi lado, tan cerca que su calor corporal me envolvía. Encendió el motor: un rugido gutural que retumbó en mis entrañas, vibrando hasta mi clítoris. "Agarra el volante", murmuró, su aliento caliente en mi oreja. Mis manos temblaron al tocarlo, suave y firme. Él puso su mano sobre la mía, guiándome en un acelerón corto. El auto se sacudió, y con él, mi cuerpo entero. Gemí bajito, sin querer. Él lo notó. "Te gusta la pasión automotriz, ¿verdad?". Su voz era puro sexo.
Salimos a la pista privada detrás del taller. El viento azotaba mi cabello mientras pisaba el acelerón, el mundo borroso en una curva cerrada. Marco gritaba "¡Más!", su mano en mi muslo, subiendo despacio. Sudaba, el olor salado mezclándose con el cuero y la adrenalina. Frené en seco al final, jadeantes. Nuestras miradas se cruzaron: puro fuego. "Eres increíble, Dani", dijo, y me besó. Sus labios eran firmes, urgentes, con sabor a menta y deseo. Le respondí con hambre, mordiendo su labio inferior. Sus manos exploraban mi cintura, bajando a mis nalgas, apretando con fuerza posesiva.
¡Neta, este beso sabe a victoria en Le Mans! Su lengua invade mi boca como un turbo, y yo me derrito.
Apagó el motor, pero el nuestro apenas arrancaba. Bajamos del auto, tambaleantes, y él me empujó contra el capó aún tibio del Jaguar. El metal caliente quemaba delicioso a través de mis jeans. "Te quiero desde que entraste por esa puerta", gruñó, desabotonando mi blusa. Sus dedos ásperos rozaron mis pezones endurecidos, enviando chispas por mi espina. "Pues yo te vi y pensé este pendejo me va a hacer gritar", contesté riendo, jalando su camisa. Nuestros cuerpos chocaron, piel contra piel, sudor perlando nuestros pechos.
Me levantó sobre el capó, abriendo mis piernas. El aire fresco del taller contrastaba con su boca devorando mi cuello, lamiendo hasta mis senos. Chupó un pezón, duro y juguetón, mientras sus dedos desabrochaban mis jeans. "Estás mojada, mamacita", susurró, metiendo dos dedos en mi interior resbaladizo. Gemí fuerte, arqueándome. El sonido de mis jugos chapoteando se mezclaba con su respiración agitada. "Más, Marco, ¡dame más!". Él obedeció, frotando mi clítoris en círculos precisos, como afinando un carburador.
Lo bajé del capó y le quité el cinturón con dientes. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo su calor y el pulso acelerado. "Qué chingona", murmuré, lamiendo la punta salada. Él jadeó, enredando sus dedos en mi pelo. La chupé despacio al principio, saboreando cada vena, luego más rápido, hasta que sus caderas se movieron solas. "Para, o me vengo ya", rogó. Lo empujé contra el auto, montándolo de un tirón. Entró profundo, llenándome hasta el fondo. El capó crujió bajo nosotros mientras cabalgaba, mis tetas rebotando, sus manos guiando mis caderas.
El taller resonaba con nuestros gemidos, el slap-slap de carne contra carne, el olor almizclado de sexo impregnando el aire. Sudor goteaba de su pecho al mío, lubricándonos. "¡Más duro, wey!", grité, clavando uñas en su espalda. Él volteó posiciones, embistiéndome contra el Jaguar, cada estocada un rugido como el motor. Sentí el orgasmo construyéndose, una presión ardiente en mi vientre. "¡Me vengo!", aullé, contrayéndome alrededor de él, olas de placer sacudiéndome entera. Él siguió, gruñendo mi nombre, hasta explotar dentro, caliente y abundante.
Colapsamos sobre el capó, jadeantes, cuerpos entrelazados. El sol del atardecer filtraba por las ventanas altas, tiñendo todo de naranja. Su mano acariciaba mi cabello húmedo, besos suaves en mi frente. "Pasión automotriz en su máxima expresión", bromeó él. Reí, sintiéndome plena, empoderada. "Y esta chamba, ¿la consigo?". "Ya es tuya, Dani. Pero quiero más pruebas de manejo".
Nos vestimos lento, robándonos besos robados. Salimos del taller tomados de la mano, el eco de nuestra conexión latiendo como un V8. Esa bolsa de trabajo no solo me dio un jale; me dio fuego puro. Y sé que esto apenas arranca.