Abismo de Pasión Capítulo 112 La Sumersión en el Placer
La noche en Guadalajara caía como un manto de terciopelo negro, con el aroma de jazmines flotando desde los balcones de la colonia Providencia. Tú, Ana, acababas de llegar a tu departamento en el piso 15, el corazón latiéndote con fuerza después de esa fiesta en la casa de tu amiga Lupe. El vestido rojo ceñido a tus curvas te hacía sentir poderosa, pero era él quien no salía de tu cabeza: Marco, ese wey alto, moreno y con ojos que prometían pecados deliciosos. Trabajaban juntos en la agencia de publicidad, y desde hace meses, las miradas se cruzaban como chispas en la oscuridad.
Te quitas los tacones altos, el suelo fresco de mármol besando tus pies cansados. El sonido de la ciudad sube amortiguado: cláxones lejanos, risas de vecinos. Sirves un tequila reposado en un vaso ancho, el líquido ámbar quemándote la garganta con su sabor ahumado. ¿Y si lo invito? piensas, mientras el calor sube por tu pecho. Tus pezones se endurecen bajo la tela delgada, recordándote lo viva que te hace sentir su presencia.
El timbre suena, suave pero insistente. Miras la pantalla: Marco, con su camisa blanca desabotonada en el primer botón, sonrisa pícara. Abres la puerta, y su colonia fresca, mezcla de sándalo y cítricos, te envuelve como un abrazo prohibido.
Neta, Ana, no podía dejarte ir sola esta noche. Esa fiesta estuvo chida, pero tú... tú eres el verdadero fuego.
Su voz grave te eriza la piel. Lo dejas pasar, cerrando la puerta con un clic que suena a promesa. Se acerca, su mano roza tu brazo, enviando ondas de calor directo a tu entrepierna. Esto es el abismo de pasión capítulo 112, piensas, recordando cómo han contado sus encuentros secretos como episodios de una telenovela interminable, llena de deseo reprimido.
Se sientan en el sofá de piel suave, el tequila pasando de mano en mano. Hablan de la fiesta, de los pendejos borrachos, pero sus rodillas se tocan, y el aire se carga de electricidad. Sientes su mirada bajando por tu escote, deteniéndose en el valle entre tus senos. Tu pulso acelera, el corazón martilleando como tambores en una fiesta de pueblo.
—Wey, no me mires así o no respondo —dices riendo, pero tu voz sale ronca, traicionera.
Él se inclina, su aliento cálido en tu cuello.
—¿Y si no quiero que respondas? ¿Y si quiero que te rindas?
Sus labios rozan tu oreja, y un gemido escapa de tu garganta. El beso llega como una tormenta: hambriento, lenguas danzando con sabor a tequila y menta. Sus manos grandes recorren tu espalda, bajando hasta tus nalgas, apretándolas con firmeza. Sientes su verga endureciéndose contra tu muslo, gruesa y caliente a través del pantalón. Qué rico se siente, piensas, mientras tus caderas se mueven instintivamente.
La tensión del día se disuelve en ese beso eterno. Lo empujas hacia atrás, montándote a horcajadas sobre él. Tus dedos desabotonan su camisa, revelando el pecho moreno, músculos definidos por horas en el gym. Lo besas ahí, lamiendo el sudor salado, oliendo su piel masculina que te marea de lujuria. Él gime, —Ay, mami, qué chingona eres, y sus manos suben tu vestido, acariciando tus muslos suaves, hasta encontrar tus bragas húmedas.
El mundo se reduce a sensaciones: el roce áspero de su barba en tu clavícula, el sonido de su respiración agitada mezclándose con la tuya, el sabor de su piel en tu lengua. Lo levantas, guiándolo al cuarto. La cama king size te espera, sábanas de algodón egipcio frescas contra tu piel ardiente cuando caes sobre ellas.
Acto dos: la escalada. Marco te quita el vestido con reverencia, como si fueras una diosa azteca. Quedas en lencería negra, tetas llenas desbordando el encaje. Él se arrodilla, besando tu ombligo, bajando lento, torturándote. Sientes su aliento caliente sobre tu panocha, ya empapada.
Esto no es solo sexo, es nuestro abismo, Ana. Capítulo 112 donde caemos más hondo.
Sus palabras te derriten. Sus dedos apartan la tela, rozando tu clítoris hinchado. Gimes fuerte, arqueando la espalda. —Sí, cabrón, ahí. Lame despacio, lengua plana lamiendo tu humedad salada, chupando con succión perfecta. El placer sube en olas, tus manos enredadas en su pelo negro, tirando suave. Huele a tu excitación, almizcle dulce mezclado con su saliva. Tus muslos tiemblan, el colchón cruje bajo tus movimientos.
Lo jalas arriba, desesperada por sentirlo dentro. Le bajas el pantalón, su verga salta libre: venosa, cabezona, goteando precum. La agarras, piel aterciopelada sobre acero, masturbándolo lento mientras él te besa el cuello, mordisqueando. —Chíngame ya, Marco, no aguanto.
Se pone condón —siempre responsable, ese pendejo sexy— y te penetra de un empujón suave pero profundo. ¡Ay, Dios! Llenándote por completo, rozando ese punto que te hace ver estrellas. Empieza lento, caderas girando, saliendo casi todo para entrar de nuevo. Sientes cada vena, cada pulgada estirándote delicioso. El slap-slap de piel contra piel llena la habitación, sudor perlando sus abdominales, goteando sobre tus tetas.
Cambian posiciones: tú encima, cabalgándolo como reina. Tus caderas ondulan, moldeando su verga dentro de ti, clítoris frotándose contra su pubis. Él aprieta tus nalgas, —Qué rica panocha, Ana, neta te comes mi alma. El orgasmo se acerca, tensión en tu vientre como cuerda de guitarra a punto de romperse. Gritas, —Me vengo, wey, no pares, y explotas: contracciones milking su verga, jugos corriendo por sus bolas.
Él te voltea, perrito style, embistiéndote fuerte. Sus manos en tu cintura, jalándote contra él. El espejo del clóset refleja todo: tu cara de éxtasis, tetas rebotando, su culo musculoso flexionándose. Huele a sexo puro, sudor y placer. Uno más, piensas, mientras otro orgasmo te sacude, piernas temblando.
Finalmente, él gruñe, —Me vengo, amor, y se vacía dentro del condón, cuerpo convulsionando contra el tuyo. Colapsan juntos, respiraciones jadeantes sincronizadas.
El afterglow: yacen enredados, piel pegajosa enfriándose. Su mano acaricia tu cabello, besos suaves en la frente. El skyline de Guadalajara brilla por la ventana, testigo mudo.
—Esto fue épico, como el clímax del abismo de pasión capítulo 112 —murmura él, riendo bajito.
Tú sonríes, corazón lleno. No es solo carnalidad, es conexión. En sus brazos, el abismo ya no asusta; es hogar. Mañana volverán al trabajo, fingiendo, pero esta noche, son libres. El deseo satisfecho deja espacio para ternura, promesas susurradas de más capítulos por venir. Duermes con su calor envolviéndote, sabiendo que el placer verdadero nace del alma.