Mentiras Tuyas Pasión Juvenil
La noche en la colonia Roma bullía de vida, con el olor a tacos de suadero flotando en el aire y el eco de risas y cumbia rebajada saliendo de los bares. Yo, Ana, de veintitrés años, acababa de salir con mis cuates después de un pinche día eterno en la uni. Llevaba un vestido negro ajustado que me hacía sentir chida, como si el mundo entero me estuviera esperando. Ahí lo vi, a Diego, recargado en la pared de un antro con esa sonrisa pícara que gritaba problemas deliciosos. Sus ojos cafés me clavaron desde lejos, y su camiseta blanca pegada al pecho musculoso por el calor húmedo de la noche me hizo tragar saliva.
—Órale, güey, ¿vienes a cazar o qué? —le dije al acercarme, fingiendo desinterés mientras mi pulso se aceleraba.
Él se enderezó, oliendo a colonia barata mezclada con sudor fresco, y me miró de arriba abajo como si ya me estuviera desnudando.
—Nah, carnala, solo ando buscando a alguien que valga la pena. ¿Tú cómo ves? Soy Diego, el rey de las mentiras blancas.
Su voz ronca me erizó la piel, y reí, pensando que este pendejo iba a ser divertido. Charlamos un rato, bebiendo chelas heladas que sabían a limón y sal. Me contó que era músico, que había tocado en el Vive Latino, que había roto corazones en todo México. Neta, sonaba a pura película, pero sus mentiras me prendían como gasolina.
¿Y si este wey es el que despierte esa pasión juvenil que traigo guardada?pensé, sintiendo un cosquilleo entre las piernas mientras su mano rozaba mi brazo accidentalmente.
La tensión crecía con cada mirada. Sus dedos jugaban con el borde de mi vaso, y yo notaba cómo su pecho subía y bajaba más rápido. Caminamos por las calles empedradas, el ruido de los coches y los vendedores ambulantes de elotes como fondo. Terminamos en un parque chiquito, sentados en una banca bajo las luces tenues de faroles. Ahí me besó, suave al principio, sus labios cálidos y suaves como mango maduro, probando a menta de su chicle.
—Eres una chava que no se deja, ¿verdad? —murmuró contra mi boca, su aliento caliente en mi cuello.
—Depende de las mentiras tuyas, pasión juvenil que prometas —respondí, mordiéndome el labio, y lo jalé más cerca.
Sus manos subieron por mis muslos, firmes pero tiernas, y yo me abrí un poco, sintiendo el calor de su palma a través de la tela delgada. Era consensual, puro fuego mutuo, como si nos conociéramos de toda la vida.
La primera parte de la noche fue puro coqueteo, pero en el momento en que entramos a su depa en la Narvarte —un lugar modesto pero limpio, con posters de bandas y una cama king size que gritaba promesas—, la cosa se puso seria. La puerta se cerró con un clic que retumbó en mis oídos, y el olor a su loción invadió todo. Me quitó el vestido despacio, sus ojos devorándome, mientras yo le arrancaba la playera, sintiendo los músculos duros de su abdomen bajo mis uñas.
¿Mentiras tuyas o verdad pura? me pregunté en silencio, pero no importaba. Su boca bajó por mi cuello, lamiendo el sudor salado de mi clavícula, y gemí bajito cuando sus dientes rozaron mi piel. Me recargó contra la pared, el yeso fresco contra mi espalda desnuda contrastando con el calor de su cuerpo pegado al mío. Sus manos expertas desabrocharon mi bra, liberando mis chichis que él atrapó con hambre, chupando un pezón hasta ponérmelo duro como piedra. El sonido de su succión húmeda, mezclado con mis jadeos, llenaba la habitación.
—Qué rico sales, Ana —gruñó, su voz vibrando en mi piel.
Yo le bajé el pantalón, sintiendo su verga tiesa saltar libre, gruesa y caliente en mi mano. La apreté, sintiendo las venas pulsantes, y él soltó un ¡ah, cabrón! que me mojó más. Nos movimos a la cama, las sábanas frescas oliendo a suavizante de lavanda. Me abrió las piernas con gentileza, besando el interior de mis muslos, el roce de su barba incipiente raspando delicioso. Su lengua llegó a mi clítoris, lamiendo lento, saboreando mis jugos que sabía a miel salada.
Este wey sabe lo que hace, neta que sus mentiras tuyas encienden esta pasión juvenil que no para, pensé, arqueando la espalda mientras mis caderas se movían solas contra su boca.
La intensidad subía como la marea en Acapulco. Le pedí que se pusiera condón —siempre segura, siempre chida— y él lo sacó del cajón, rompiéndolo con los dientes en un gesto que me volvió loca. Me penetró despacio, centímetro a centímetro, su grosor estirándome delicioso, llenándome hasta el fondo. El sonido de piel contra piel empezó suave, plaf, plaf, pero pronto fue un ritmo frenético. Sudábamos, el olor a sexo crudo —sudor, fluidos, deseo— impregnaba el aire. Sus embestidas profundas me hacían gritar, mis uñas clavadas en su espalda, dejando marcas rojas.
—Más fuerte, pendejo, dame todo —le exigí, y él obedeció, volteándome a cuatro patas para entrar desde atrás, su mano en mi pelo tirando suave, dominante pero consensuado.
En mi mente, las mentiras se desvanecían. ¿Músico famoso? No importaba. Era real este fuego, esta conexión que nos tenía jadeando como animales. Sentía cada vena de su verga rozando mis paredes internas, mi clítoris hinchado rozando sus bolas con cada choque. El clímax se acercaba, un nudo en el estómago que explotó cuando él me pellizcó el clítoris. Grité su nombre, mi cuerpo temblando, contrayéndose alrededor de él en oleadas de placer que me nublaron la vista. Él se vino segundos después, gruñendo como león, su calor llenando el condón mientras se derrumbaba sobre mí.
Nos quedamos así, pegados, el corazón latiéndonos a mil, el aire pesado con nuestro aroma. Su peso sobre mí era reconfortante, sus labios besando mi hombro sudoroso. Rodamos, quedando de lado, mirándonos a los ojos con sonrisas tontas.
—Neta, tus mentiras tuyas encendieron esta pasión juvenil que no esperaba —le dije, trazando su pecho con el dedo.
Él rio bajito, su mano acariciando mi cadera.
—No eran mentiras, mija. Solo exageraciones para conquistarte. Pero esto... esto es real.
Nos duchamos juntos después, el agua caliente cayendo como lluvia tropical, jabón deslizándose por nuestros cuerpos entrelazados. Sus manos me lavaron con ternura, y yo lo enjaboné, riendo cuando su verga se paró de nuevo. Pero esa vez solo jugamos, besos lentos bajo el chorro, saboreando la paz después del huracán.
Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, nos despedimos en la puerta con un beso largo, prometiendo más noches. Caminé a mi casa con las piernas flojas, el cuerpo marcado por su pasión, sintiendo esa chispa juvenil ardiendo adentro.
Las mentiras tuyas, Diego, fueron el pretexto perfecto para esta pasión que me hace sentir viva. Y supe que no sería la última vez.