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La Pasión de Cristo Según San Juan

7195 palabras

La Pasión de Cristo Según San Juan

La lluvia caía a cántaros sobre el balcón del departamento en Polanco, ese golpeteo constante contra el vidrio que hacía el aire más pesado, más cargado de promesas. Yo, Juana, estaba recostada en el sillón de terciopelo rojo, con la Biblia abierta en mis manos temblorosas. El pasaje que leía era La Pasión de Cristo según San Juan, esas palabras antiguas que hablaban de sufrimiento y entrega total. Pero esa noche, en mi mente retorcida por el deseo, se transformaban en algo carnal, prohibido. Sentía el calor subiendo por mi pecho, mis pezones endureciéndose contra la blusa de seda fina, y un cosquilleo húmedo entre las piernas que me hacía apretar los muslos.

¿Por qué carajos me excita esto? pensé, mientras el aroma a jazmín de mi perfume se mezclaba con el olor terroso de la tormenta. San Juan describía cómo Pilatos presentaba a Jesús flagelado, coronado de espinas, y en lugar de piedad, yo imaginaba cuerpos sudorosos, piel marcada por uñas y besos fieros. Me mordí el labio, el sabor metálico de mi propia sangre despertando más fuego en mí. Entonces, la puerta se abrió con un chirrido, y entró él: Cristo, mi Cristo particular, con el cabello mojado pegado a la frente, la camisa blanca traslúcida marcando cada músculo de su torso moreno.

Órale, Juana, ¿qué onda con esa cara de pecadora? —dijo con esa voz ronca que me eriza la piel, quitándose los zapatos embarrados. Sus ojos oscuros me recorrieron como una caricia, deteniéndose en mis piernas cruzadas y en el libro abierto.

Me incorporé despacio, sintiendo cómo mi falda se subía un poco, revelando el encaje negro de mis panties. —Estaba leyendo La Pasión de Cristo según San Juan, wey. Pero neta, me puso... caliente. Imagínate, tanta entrega, tanto dolor mezclado con éxtasis.

Él se acercó, oliendo a lluvia fresca y a ese jabón de sándalo que usa. Se arrodilló frente a mí, como en el pasaje bíblico, y puso sus manos grandes en mis rodillas. El toque fue eléctrico, su piel áspera contra mi suavidad. —Cuéntame, mi santa. ¿Qué te excita de eso? —preguntó, su aliento cálido rozando mis muslos.

El corazón me latía como tambor en Semana Santa, y el deseo se acumulaba en mi vientre como una tormenta lista para estallar. Le conté, susurrando, cómo veía en esas páginas no crucifixión, sino cuerpos entrelazados en pasión salvaje. Él sonrió pillo, ese hoyuelo en la mejilla que me derrite, y empezó a subir sus manos por mis piernas, lento, torturándome.

Esto es pecado, pero qué chingón pecado, pensé, mientras él besaba el interior de mi rodilla, su lengua dejando un rastro húmedo y caliente.

Acto seguido, me levantó en brazos como si no pesara nada, y me llevó al cuarto. La cama king size nos esperaba con sábanas de algodón egipcio, suaves como caricia de amante. Me tiró con gentileza, y se desnudó frente a mí. Dios, su cuerpo: pectorales firmes, abdomen marcado, y esa verga gruesa ya semierecta, palpitando al ritmo de su pulso. El olor a hombre excitado llenó la habitación, mezclado con mi aroma dulce de excitación.

Me quité la blusa, liberando mis tetas llenas, y él gruñó de aprobación. —Eres mi Virgen María, pero cachonda, murmuró, trepando sobre mí. Sus labios capturaron los míos en un beso hambriento, lenguas danzando, saboreando el tequila que había tomado antes. Sus manos expertas amasaron mis senos, pellizcando los pezones hasta que gemí contra su boca. Bajó, lamiendo mi cuello, el sudor salado, hasta chupar cada teta con devoción, succionando fuerte como si quisiera marcarme para siempre.

Yo arqueé la espalda, mis uñas clavándose en su espalda musculosa, dejando surcos rojos que él adoraba. Como las espinas, pensé fugazmente, recordando el pasaje. Mi panocha ardía, empapada, y él lo sabía. Deslizó una mano entre mis piernas, rasgando las panties con un tirón juguetón. —Estás chorreando, puta santa —rió bajito, metiendo dos dedos gruesos en mi cuca resbaladiza.

¡Ay, cabrón! El placer me atravesó como rayo, sus dedos curvándose para tocar ese punto que me vuelve loca, el sonido chapoteante de mi jugo llenando el aire. Gemí alto, ¡Sí, Cristo, fóllame con los dedos! Él aceleró, su pulgar frotando mi clítoris hinchado, mientras su boca devoraba mi ombligo, bajando más. Lamidas largas en mis labios mayores, saboreando mi miel salada y dulce, hasta que su lengua invadió mi entrada, chupando mi botón con maestría.

El mundo se redujo a sensaciones: el roce áspero de su barba en mis muslos sensibles, el calor de su aliento, mis caderas moviéndose solas contra su cara. No aguanto más, pensé, el orgasmo construyéndose como ola gigante. Él lo sintió, metió la lengua profundo y frotó más rápido. Exploté gritando su nombre, temblores sacudiendo mi cuerpo, chorros de placer mojando su barbilla.

Pero no paró. Me volteó boca abajo, besando mi espalda, mordiendo suave mis nalgas redondas. El olor de mi corrida impregnaba todo, embriagador. Su verga, ahora dura como piedra, rozó mi entrada desde atrás. —Dime si quieres mi cruz, Juana —susurró, juguetón, refiriéndose al pasaje que tanto me había prendido.

Sí, pendejo, métemela toda —rogué, empujando contra él. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. ¡Qué fullness! Su grosor llenándome, pulsando dentro. Empezó a bombear, lento al principio, cada embestida rozando mi pared sensible, sus bolas golpeando mi clítoris.

El ritmo subió, sudor goteando de su pecho a mi espalda, mezclándose. Sonidos obscenos: piel contra piel, mis gemidos roncos, sus gruñidos animales. Esto es la pasión verdadera, divagué, mientras él me jalaba el pelo suave, arqueándome más. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como amazona, mis tetas rebotando, sus manos guiando mis caderas. Lo miré a los ojos, vidriosos de lujuria, y recité entre jadeos: —En sus manos entregó el espíritu... pero en lugar de muerte, era vida pura, éxtasis compartido.

Sus dedos encontraron mi clítoris otra vez, frotando en círculos mientras yo rebotaba más fuerte. El clímax nos golpeó juntos: él hinchándose dentro, corriéndose en chorros calientes que me llenaron, yo convulsionando, leche escurrriendo por mis muslos. Grité ¡Cristo!, clavándome en él, mientras él rugía mi nombre.

Colapsamos, entrelazados, el corazón latiendo al unísono. Su semen goteaba tibio entre mis piernas, su brazo rodeándome protector. La lluvia seguía, pero ahora suave, como bendición. Besé su pecho salado, oliendo nuestro sexo mezclado.

Neta, esa Pasión según San Juan nos voló la cabeza —murmuró él, riendo bajito.

Yo sonreí, satisfecha, el cuerpo pesado de placer. En ese momento, entendí: la verdadera pasión no era sufrimiento, sino esta unión carnal, voluntaria, ardiente. Nos quedamos así, piel con piel, hasta que el sueño nos venció, con el eco de aquellas palabras sagradas transformadas en himno de nuestros cuerpos.

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