Relatos
Inicio Erotismo Lo Contrario de la Pasión Lo Contrario de la Pasión

Lo Contrario de la Pasión

6764 palabras

Lo Contrario de la Pasión

Me despertaba cada mañana con el mismo ritual en nuestro departamento en la Condesa, el sol filtrándose por las cortinas blancas como un susurro tibio sobre mi piel. Javier, mi carnal de diez años, se removía a mi lado, su mano rozando mi cadera por costumbre más que por deseo. Neta, era como un reloj: café negro, beso en la mejilla que sabía a rutina, y "nos vemos en la noche, mi reina". Yo asentía, sintiendo un vacío que no podía nombrar.

La cocina olía a tortillas calientitas y café de olla, el vapor subiendo como niebla matutina. Le servía su plato, mis dedos rozando los suyos sin chispas. "¿Dormiste bien?", preguntaba él, y yo respondía "sí, wey", mintiendo un poco. Nuestras noches eran lo mismo: luces bajas, cuerpos entrelazados por inercia, sus embestidas mecánicas, mi mente vagando a listas de supermercado. No era malo, pero era lo contrario de la pasión, una calma que ahogaba el fuego.

¿Por qué nos volvimos así? Antes éramos puro desmadre, folladas locas en la playa de Puerto Vallarta, risas y gemidos que retumbaban hasta el amanecer. Ahora, solo silencio y alivio rápido.

El día transcurrió en mi oficina en Polanco, rodeada de diseños gráficos y el bullicio de la ciudad. El tráfico de Reforma sonaba lejano, cláxones como latidos impacientes. Pensaba en Javier, en su sonrisa pícara de cuando nos conocimos en una fiesta en la Roma, bailando cumbia sonidera hasta sudar. Órale, ¿dónde quedó eso?

Al llegar a casa, él ya estaba ahí, con una cerveza en la mano y la tele prendida en un partido de las Águilas. "Ven, mi amor", dijo, jalándome a su regazo. Sus labios en mi cuello olían a sudor limpio y loción barata, un aroma familiar que me erizaba la piel por reflejo. Nos fuimos a la cama, quitándonos la ropa con eficiencia quirúrgica. Su verga dura contra mi muslo, mi mano guiándola adentro. Gemí por educación, él gruñó, y en minutos todo acabó. Sudor pegajoso, respiración agitada que se calmaba rápido. Lo abracé, pensando esto es lo contrario de la pasión pura y simple.

Pero algo cambió esa noche. Javier no se durmió de inmediato. Su dedo trazó círculos en mi espalda, lentos, como si redescubriera el mapa de mi cuerpo. "¿Sabes qué, Ana? Siento que nos estamos perdiendo algo". Su voz ronca vibró contra mi oreja, enviando un cosquilleo inesperado a mi vientre. Lo miré, sus ojos cafés brillando en la penumbra. "Sí, carnal. Es como si viviéramos en piloto automático". Hablamos por horas, confesando miedos: el trabajo que nos comía, el miedo a la rutina eterna. Sus manos no paraban de tocarme, suaves, explorando curvas olvidadas. El aire se cargó de promesas.

Al día siguiente, viernes, Javier llegó temprano con una sonrisa de chingón. "Empaca, mi reina. Nos vamos a Valle de Bravo. Necesitamos reconectar, neta". Mi corazón dio un brinco. El viaje en carro fue puro desmadre: rancheras a todo volumen, sus dedos entrelazados con los míos, paradas en taquerías de carretera donde devoramos tacos al pastor jugosos, la salsa picante quemando la lengua como un presagio.

La cabaña junto al lago olía a pino fresco y tierra húmeda, el viento trayendo el chapoteo del agua. Desenrollamos las colchas en el porche, el sol poniente tiñendo todo de naranja. Javier me besó entonces, no como siempre, sino despacio, su lengua saboreando la mía con hambre contenida. Sentí su aliento caliente, el roce áspero de su barba en mi barbilla. "Te extrañé, Ana", murmuró, sus manos deslizándose bajo mi blusa, pellizcando pezones que se endurecieron al instante.

Esto no es lo contrario de la pasión. Esto es el fuego despertando, latiendo en mis venas como tequila puro.

La tensión creció con la noche. Cenamos velas y vino tinto, el lago reflejando estrellas. Sus ojos me devoraban, y yo sentía mi panocha humedeciéndose, un pulso insistente entre las piernas. Caminamos a la orilla, el agua fría lamiendo nuestros pies descalzos, risas nerviosas rompiendo el silencio. De vuelta en la cabaña, la chimenea crepitaba, lanzando sombras danzantes sobre las paredes de madera.

Javier me empujó suave contra la cama, sus labios bajando por mi cuello, lamiendo el sudor salado de mi clavícula. Gemí de verdad esta vez, arqueando la espalda. "Qué rico hueles, mi amor", dijo, inhalando profundo mi aroma almizclado de excitación. Sus dedos separaron mis labios vaginales, resbaladizos de jugos, rozando el clítoris hinchado con círculos precisos. El placer era eléctrico, oleadas subiendo por mi espina, mis uñas clavándose en sus hombros anchos.

"Quiero comerte entera", gruñó, bajando la cabeza. Su lengua caliente y plana lamió mi entrada, saboreando mi miel dulce y salada. Chupaba mi botón con devoción, succionando hasta que vi estrellas, mis caderas moviéndose solas contra su boca barbuda. Puta madre, el sonido húmedo de su festín, mis gemidos roncos llenando la habitación. "¡Sí, Javier, así, no pares, wey!". Él reía contra mi carne, vibraciones que me volvían loca.

Lo jalé arriba, desesperada por sentirlo dentro. Su verga gruesa, venosa, palpitando contra mi muslo. "Cógeme ya", supliqué, guiándolo a mi entrada empapada. Entró lento, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena rozando mis paredes, el choque de su pubis contra mi clítoris. Embestía profundo, rítmico, el slap-slap de piel contra piel mezclándose con nuestros jadeos. Sudor goteaba de su pecho al mío, salado en mi lengua cuando lo lamí.

La intensidad subió, sus manos amasando mis nalgas, dedos hurgando mi ano por juego, enviando chispas extra. "Eres tan chingona, Ana, tan apretada y mojada para mí". Yo respondía clavando mis talones en su culo firme, urgiéndolo más rápido. El orgasmo me golpeó como avalancha: músculos contrayéndose, visión nublada, un grito gutural escapando mi garganta mientras lo ordeñaba, chorros de placer inundándome.

Él siguió, gruñendo "me vengo, mi reina", su verga hinchándose antes de explotar dentro, semen caliente llenándome en pulsos calientes. Colapsamos, entrelazados, el olor a sexo y leña impregnando el aire. Sus labios besaron mi frente, suaves, mientras recuperábamos el aliento.

Despertamos con el sol del lago, cuerpos pegajosos pero satisfechos. Javier me miró, ojos brillantes. "Ya no más lo contrario de la pasión, ¿eh?". Reí, besándolo. "Nunca más, carnal. Esto es lo nuestro, puro fuego". Caminamos de la mano por la orilla, el viento fresco secando nuestro sudor, sabiendo que la rutina se rompió para siempre. El deseo latió de nuevo, prometiendo noches eternas de éxtasis.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.