Películas Sobre La Pasión De Cristo En Nuestra Piel Ardiente
Era una noche de Semana Santa en la Ciudad de México el aire cargado de incienso de las procesiones vecinas se colaba por la ventana entreabierta. Ana y Luis estaban solos en su depa chido de la Condesa las luces bajas y una botella de mezcal a medio terminar sobre la mesita. Habían decidido ver películas sobre la pasión de Cristo para entrar en el mood religioso pero algo en el ambiente ya olía a deseo puro. Ana con su piel morena brillando bajo la luz parpadeante de la tele se recargaba en el pecho de Luis su mano descansando juguetona en su muslo.
Qué chido estar así pensó Ana con este pendejo que me pone como moto. Luis la miró de reojo su aliento cálido rozándole el cuello. La película empezó las imágenes crudas de La Pasión de Cristo llenaron la pantalla el sonido de los latigazos retumbando como truenos en el cuarto. Ana sintió un escalofrío no de miedo sino de algo más profundo una humedad traicionera entre sus piernas.
—Órale mi amor —murmuró Luis su voz ronca como grava— esto está bien intenso ¿no? Me hace pensar en lo que uno aguanta por amor.
Ana giró la cara sus labios rozando los de él apenas un roce eléctrico. El olor a sudor y mezcal se mezclaba con el aroma de su perfume de vainilla. En la pantalla Cristo cargaba la cruz los gemidos de dolor se fundían con el pulso acelerado de sus corazones. Luis deslizó la mano por la cintura de Ana bajo su blusa ligera sintiendo la piel suave caliente como brasas.
Quiero que me azote así pero con placer se dijo Ana imaginando las correas en su espalda no como castigo sino como caricia prohibida.
El primer acto de su noche apenas comenzaba la tensión creciendo como la procesión que marchaba afuera con tambores lejanos.
La película avanzaba los clavos hundiéndose en carne el grito ahogado de Jesús resonando. Luis besó el hombro de Ana lento succionando la sal de su piel. Ella arqueó la espalda un jadeo escapando de su garganta. Sus dedos se enredaron en el cabello de él tirando suave instándolo a más. El cuarto se llenaba de sus respiraciones pesadas el mezcal olvidado mientras sus cuerpos se pegaban como imanes.
—Neta carnal —susurró Ana mordiéndose el labio— esta pasión me está poniendo bien caliente. ¿Tú no sientes lo mismo?
Luis gruñó afirmando su erección presionando contra el trasero de ella. La quitó la blusa despacio revelando sus senos firmes pezones duros como piedras preciosas. Los lamió con la lengua plana saboreando el dulzor salado el gemido de Ana fue música mejor que cualquier banda de rock. En la tele la corona de espinas goteaba sangre pero aquí solo había sudor perlas brillantes rodando por el valle de sus pechos.
Se tumbaron en el sillón grande Ana a horcajadas sobre él frotándose contra su verga dura a través del pantalón. El roce era tortura deliciosa tela áspera contra clítoris hinchado. Luis metió las manos en su falda encontrándola empapada sin calzones el jugo de su excitación chorreando por sus muslos.
Es como si esta película nos estuviera follando a nosotros pensó Luis el dolor se vuelve placer puro.
Ana se inclinó besándolo con hambre lenguas danzando en un duelo húmedo. Le desabrochó el cinturón liberando su verga gruesa venosa palpitando al aire fresco. La tomó en la mano masturbándolo lento el prepucio deslizándose revelando el glande rosado reluciente de precúm. El olor almizclado de su sexo invadió el espacio mezclándose con el humo de copal de la calle.
La intensidad subía paso a paso como los pasos de la cruz. Luis la volteó poniéndola de rodillas en el sillón falda arriba nalgotas redondas expuestas. Le dio una nalgada suave el sonido seco ecoando con los azotes de la película. Ana chilló de gusto arqueando más pidiéndole otra.
—Más pendejo —rogó ella— hazme sentir viva.
Él obedeció alternando caricias con palmadas leves la piel enrojeciéndose hermosa como un atardecer en el Popo. Luego hundió la cara entre sus piernas lengua explorando pliegues jugosos lamiendo el clítoris con círculos precisos. Ana gritó saboreando su propia excitación en el aire el sabor ácido dulce en la boca de él cuando la besó después.
Esto es mi pasión mi cristo personal reflexionó Ana sufrir y gozar al mismo tiempo.
El medio de la noche ardía sus cuerpos enredados en un ritual propio la película ya fondo solo excusa para su frenesí.
Ya no veían la pantalla el clímax de la película coincidía con el suyo. Luis la penetró de una embestida profunda ella empalada en su verga gruesa llenándola hasta el fondo. El estiramiento ardiente delicioso paredes vaginales apretándolo como guante húmedo. Ana cabalgó salvaje senos rebotando sudor volando el slap slap de carne contra carne ahogando los lamentos de la cruz.
—¡Ay wey qué rico! —gritaba ella uñas clavándose en su pecho dejando surcos rojos como estigmas.
Luis la volteó misionero piernas de ella sobre sus hombros follando profundo cada estocada rozando el punto G enviando ondas de placer eléctrico. El olor a sexo crudo impregnaba todo almizcle sudor mezcal. Sus gemidos se sincronizaban crescendo como tambores de muerte en la procesión.
Ana sintió el orgasmo venir como una ola del Pacífico contrayéndose alrededor de él ordeñándolo. Luis no aguantó más eyaculando chorros calientes pintando sus entrañas el calor inundándola. Colapsaron jadeantes piel pegajosa corazones martillando al unísono.
La película terminó créditos rodando en silencio. Afuera los cohetes de la iglesia estallaban anunciando resurrección. Luis besó la frente de Ana suave ahora tierno.
—Gracias por esta pasión mi reina —dijo él acunándola.
Las películas sobre la pasión de Cristo nos unieron más que cualquier misa pensó Ana en el dolor y el placer encontramos nuestro cielo.
Se durmieron así envueltos en sábanas revueltas el mezcal terminado el amanecer tiñendo el cielo de rosa. Su noche había sido redención propia un éxtasis terrenal que perduraría más que cualquier película.