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Pasión de Gavilanes Telemundo Desatada

6938 palabras

Pasión de Gavilanes Telemundo Desatada

Lucía se recostó en la amplia cama de su hacienda, el aire cálido de la noche mexicana impregnado del aroma dulce de las gardenias que trepaban por las paredes de adobe. La televisión brillaba en la penumbra, proyectando destellos sobre su piel morena y suave. Estaba sola, o eso creía, viendo Pasión de Gavilanes en Telemundo, esa telenovela que le aceleraba el pulso con sus tramas de venganza y amores prohibidos. Los hermanos Reyes, con sus cuerpos fuertes y miradas fieras, la hacían suspirar. Esa noche, la escena de Juan y Norma la tenía al borde: sus besos salvajes, el roce de manos posesivas. Lucía sintió un cosquilleo entre las piernas, su mano bajando instintivamente por su camisón de seda.

De pronto, la puerta crujió. Miguel entró, su silueta alta y musculosa recortada contra la luz del pasillo. Llevaba la camisa entreabierta, revelando el pecho velludo bronceado por el sol de los campos. Olía a tierra fértil y a sudor limpio, ese olor que a Lucía le volvía loca. ¿Qué hace aquí tan tarde? pensó ella, pero su cuerpo ya traicionaba su fingida sorpresa.

Mamacita, ¿qué traes ahí? —dijo él con voz ronca, su acento norteño cargado de picardía—. ¿Otra vez con esa novela? Pasión de Gavilanes en Telemundo te pone bien caliente, ¿verdad?

Lucía se mordió el labio, el corazón latiéndole como tambor ranchero. Miguel se acercó, sus botas resonando en el piso de loseta. Se sentó a su lado, su muslo rozando el de ella, enviando chispas por su piel. En la tele, los amantes se entregaban a un beso profundo, y Lucía sintió el calor subirle por el cuello.

—Es que... esos gavilanes me encienden, chulo —susurró ella, girándose hacia él. Sus ojos se encontraron, oscuros y hambrientos. Miguel sonrió, esa sonrisa pícara que prometía travesuras.

La primera caricia fue sutil: sus dedos trazando la curva de su cuello, bajando hasta el escote donde sus pechos subían y bajaban con agitación. Lucía jadeó, el sonido suave perdido en los gemidos de la televisión.

Quiero que me devores como Juan a Norma, pensó ella, imaginando las escenas ardientes de Pasión de Gavilanes.

Miguel apagó la tele con un clic, pero el fuego ya ardía en la habitación. La besó entonces, lento al principio, saboreando sus labios carnosos como tamarindo maduro. Su lengua exploró la de ella, cálida y jugosa, mientras sus manos subían por sus muslos, arrugando el camisón. Lucía gimió contra su boca, el sabor a tequila de él invadiendo sus sentidos. Sus pezones se endurecieron bajo la tela, rozando el pecho firme de Miguel.

Órale, qué rica estás —murmuró él, quitándole el camisón con urgencia contenida. Su cuerpo desnudo brilló a la luz de la luna que se colaba por las cortinas. Miguel la miró como si fuera un tesoro: curvas generosas, caderas anchas listas para el vaivén, piel que olía a vainilla y deseo.

Lucía tiró de su camisa, arrancando botones con impaciencia. Tocó su abdomen marcado, los músculos tensos bajo sus palmas húmedas. Bajó la mano hasta el bulto en sus jeans, sintiendo la dureza pulsante. Es tan grande, tan mío, pensó, lamiéndose los labios. Miguel gruñó, un sonido gutural que vibró en su pecho, mientras se desvestía. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, apuntando hacia ella como un gavilán listo para cazar.

Se tumbaron en la cama, sábanas frescas contra pieles calientes. Miguel besó su cuello, mordisqueando suave, dejando rastros húmedos que se enfriaban al aire. Bajó a sus pechos, chupando un pezón rosado, tirando con los dientes hasta que Lucía arqueó la espalda, gimiendo alto. ¡Qué chingón! Su lengua danzó en círculos, el sonido chupeteo húmedo llenando el cuarto, mezclado con su respiración agitada.

Las manos de ella exploraban su espalda, uñas clavándose en la carne dura, oliendo el sudor salado que perlaba su piel. Miguel descendió más, besando su vientre suave, lamiendo el ombligo. Llegó a su monte de Venus, inhalando profundo su aroma almizclado, de mujer en celo. Separó sus piernas con gentileza, admirando la concha rosada y húmeda, labios hinchados brillando de jugos.

Te voy a comer entera, mi reina —prometió, y hundió la cara. Su lengua lamió desde el clítoris hasta el ano, saboreando el néctar salado-dulce. Lucía gritó, agarrando sus cabellos negros, empujándolo más adentro. Los labios de él succionaban su botón sensible, dedos curvándose dentro de ella, rozando ese punto que la hacía temblar. El sonido era obsceno: lamidas rápidas, succiones, sus jadeos ahogados. Olía a sexo puro, a panocha mojada y pasión desbocada.

Lucía se retorcía, caderas alzándose, persiguiendo el placer.

Como en Pasión de Gavilanes, pero real, nuestro
, pensó en medio del torbellino. El orgasmo la golpeó como relámpago, olas de éxtasis recorriéndole el cuerpo, piernas temblando, chorros calientes empapando la boca de Miguel. Él lamió todo, bebiendo su placer con deleite.

Pero no pararon. Lucía lo volteó, montándolo como amazona. Su verga entró en ella de un empujón, estirándola deliciosamente. ¡Ay, cabrón, qué rica! Gimió ella, sintiendo cada vena pulsando dentro. Cabalgó lento al principio, pechos rebotando, manos en su pecho para equilibrio. Miguel la agarraba las nalgas, amasándolas, guiando el ritmo. El slap-slap de carne contra carne resonaba, sudor goteando, mezclando sus olores en una nube embriagadora.

Aceleraron. Lucía giró las caderas, moliendo su clítoris contra el pubis de él. Miguel embestía desde abajo, gruñendo ¡Sí, así, pinche diosa! Sus ojos se clavaron, almas conectadas en el fuego. El segundo clímax de ella se acercaba, tensando su interior, ordeñando su polla. Miguel la volteó, poniéndola a cuatro patas, como animales en celo.

Entró de nuevo, profundo, golpeando su culo redondo. Manos en sus caderas, jalando cabello suave. Lucía empujaba hacia atrás, pidiendo más. Más duro, mi gavilán, suplicó. Él obedeció, martillando, bolas chocando contra su clítoris. El cuarto olía a sexo intenso, gemidos convirtiéndose en gritos: ¡Me vengo! ¡Córrete conmigo!

Explotaron juntos. Miguel se hundió hasta el fondo, chorros calientes llenándola, su concha convulsionando, ordeñándolo. Colapsaron, cuerpos entrelazados, pieles pegajosas de sudor y fluidos. Respiraciones entrecortadas, corazones galopando al unísono.

En el afterglow, Miguel la abrazó, besando su frente húmeda. Lucía sonrió, trazando círculos en su pecho. Mejor que cualquier telenovela, pensó. Afuera, grillos cantaban, la noche testigo de su pasión.

Te amo, mi pasión de gavilanes —susurró él, y ella rio bajito, sabiendo que Telemundo solo era el pretexto para su propio fuego eterno.

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